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Eso es explotación
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Eso es explotación

por Santiago Carrillo

En un local bailable de la localidad bonaerense de Ramos Mejía, sobre la Avenida Rivadavia, el cliché de las mujeres argentinas en una despedida de soltera está por comenzar como todo sábado por la noche: El show de striptease. No solo lo definen los gritos ensordecedores de ellas, ni el presentador que recita los nombres ficticios de los corpulentos hombres que están por moverse al compás de una danza brasilera. Las luces hablan por sí solas: la tonalidad tenue de color rojo ilumina la lujuria, despierta deseos sexuales y alumbra el marco propicio al frenesí, mostrando una cara de la moneda del comercio sexual masculino.
Estas mismas luces de color rojo, también estaban encendidas en el departamento “B” del quinto piso ubicado en el edificio con numeración 1438 de la Avenida Corrientes, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Allí vive David, que tiene 35 años, combina el color castaño oscuro entre sus ojos y cabello, que no tiene pelos en la barba y mucho menos en la lengua para afirmar, con total serenidad y naturalidad, que ejerce su propio negocio en el ámbito de la prostitución en su domicilio.
Aunque hoy en día su casa cuente con diferentes comodidades, desde dos habitaciones completamente equipadas hasta el televisor LED de treinta y dos pulgadas enfrentado al sillón estilo futón en el living, recordó un pasado repleto de carencias materiales. “Hubo navidades que no teníamos para comer con mi familia”, remató David mientras apoyaba un vaso de agua sobre una mesa de vidrio, donde no entrarían más de tres personas, y haciendo énfasis en cada “s” que utilizaba en sus palabras cuando quebraba la muñeca hacia atrás.
Su padre, porteño, y su madre, santiagueña, lograron asentarse en una casa muy humilde en la localidad bonaerense de Merlo, antes de que David naciera y luego de trabajar a puro pulmón. “Mis padres son personas ignorantes que no tienen formación académica y lo poco que tuvimos fue gracias a la labor con la fuerza”, dijo David refiriéndose a su crianza en medio de la pobreza junto a sus dos hermanas mayores. Como él se autodefinió como un artista, aunque sin especificar la especialidad, nunca pudo realizar trabajos que implicaran el esfuerzo humano y es por ello que se ganaba la vida como modelo promotor de la marca Gillete.
Hasta el año 2001, cuando ocurrió la crisis financiera argentina, durante el mandato presidencial de Fernando de la Rúa, David se quedó sin trabajo al igual que gran parte de la población. Como necesitaba costear los gastos para sus estudios de masajista deportivo, empezó a buscar avisos en los diarios y vio una publicación sobre prostitución. Automáticamente, despertó su fantasía por descubrir de qué se trataba aquel mundo donde mantenía relaciones sexuales con personas que no conocía y, además, podría obtener ese dinero tan indispensable para él. “No tenía donde caerme muerto”, remató.
Gracias a un amigo suyo, encontró una pensión donde vivían varones que ejercían la prostitución. Para poder trabajar en ese lugar, primero tuvo que mantener relaciones sexuales con el administrador del local a modo de prueba y abonarle un sesenta por ciento de las ganancias por los servicios prestados. Además, “si a esa persona le gustabas, tenías que revolcarte en la cama todas las veces que quisiera”, sentenció.
“Eso es explotación”, dijo en este sentido Chantal Stevens, coordinadora de la Oficina de Monitoreo de Publicación de Avisos de Oferta del Comercio Sexual en el Ministerio de Derechos Humanos de la Nación, porque es un “aprovechamiento” de una situación de total vulnerabilidad.
A pesar de que estaba inmerso en un contexto tragicómico, David consideró que el sitio donde se encontraba era “bastante tranquilo” porque era gestionado por una pareja de varones homosexuales. Sin embargo, estas personas que él las define como “regentadores” se conocen entre sí e intercambian a los hombres para que no acostumbren al cliente, ni viceversa. David resolvió que no quería estar en ese ambiente, pero no le sería tan fácil irse si no tenía un sustento económico.
Entonces, trabajó más de la cuenta para poder alquilar un departamento y dedicarse a la prostitución independientemente, promocionándose en el portal “soytuyo.com”. En ese instante le ocurrió algo inesperado; sintió un escalofrío en la boca del estómago como si estuviese en caída libre en una montaña rusa, palpó las inseguridades y se encontró con un sentimiento capaz de inmovilizar a cualquiera o hacerlo actuar a puro instinto: el miedo.
Cuando comenzó a recibir clientes y podía tener un trato más personalizado con ellos, David fue receptor de historias donde el temor reinaba. “Por lo general me hacen muchas preguntas, porque la persona no sabe dónde se está metiendo”, dijo David refiriéndose a aquellos departamentos donde además de comercializar con hombres, ofrecen personas transexuales y mujeres, donde los casos de robos y violencia sexual son corrientes.
Él también fue protagonista del pánico: sus turnos laborales eran de mañana y tarde, pero un día quiso conocer como era el ambiente de la noche y dejó su celular prendido en espera del primer llamado. Una vez solicitado, se dirigió a un departamento desmantelado, repleto de cajas que guardaban libros, artículos de cocina y ropa. “Daba la sensación de que se estaban mudando”, describió David. Allí se encontró a dos hombres masturbándose mientras tomaban whisky y aspiraban cocaína, que le practicaron sexo entre los dos siendo “sumamente ordinarios”. Esa única experiencia le alcanzó para definir al ambiente de la noche como “turbio” y nunca más prender su teléfono a esas horas.
Chantal Stevens
“Los hombres son quienes consumen prostitución”, afirmó David contando con los dedos de una sola mano las veces que recibió llamados femeninos. El cliente no es discriminado: van desde varones homosexuales, hasta personas casadas, con hijos y sin ninguna edad específica. Estos suelen ser respetuosos, aunque contó que cierta vez tuvo un altercado con una persona: David le abrió la puerta al hombre, que al instante quería comenzar el intercambio sexual.
-No es así- dijo David, antes de informarle que primero debía pagarle.
-Tomá, acá tenés la plata. Ahora que te pagué, tenés que hacer lo que yo te diga- respondió el hombre.
Luego de una discusión de varios minutos donde David le repetía que “eso no era así”, el hombre le pidió que le devolviera el dinero diciéndole que solo de esa manera se retiraría.
En este contexto, Mercedes Monjaime, activista en derechos humanos y trabajadora en el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI), explicó que en la construcción de la masculinidad existen algunos condicionamientos dentro de los varones que son proyectados sobre algunos preconceptos establecidos: “Pagar por el cuerpo de otro indica un lugar de superioridad, pero además ubica a esa persona en la posición de objeto”, dijo Monjaime refiriéndose que la prostitución es un modo de “acceder a la posición hegemónica” por mostrar la fuerza del pagar: El poderoso sería quien tenga la billetera más grande.
David, al ser sometido, sería el último en el escalafón basado en la lógica del poder por tenencia de dinero, porque aunque afirmó que comenzó a ejercer la prostitución en modo de transición hasta conseguir estabilidad económica y “un trabajo normal”, también sostuvo que no le es tan fácil dejarlo por “estar atado” a las condiciones de vida que el dinero le permite.
Hoy en día sigue publicitándose en portales de internet, y su familia hace solo cuatro años que está al tanto de su profesión, algo que no le fue difícil esconderlo porque coincide con Stevens en que la prostitución masculina es un tema oculto por el estereotipo machista vigente, y que el estigma del comercio sexual va de la mano con una persona desempoderada. “Esto impide ver que también hay varones en circuitos prostibularios”, remató Stevens.
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