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Cuando el horror se vuelve familiar
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Cuando el horror se vuelve familiar

por Santiago Carrillo

Las agujas del reloj indican que son las cinco de la tarde; empieza la serie Supercampeones, un dibujo animado sobre unos futbolistas japoneses que sigue Mariano todos los días mientras toma una leche chocolatada. Pero hoy el animé solo es un ruido del ambiente, porque tiene la atención puesta en los dibujos que realiza en su cuaderno, los que más tarde corregiría y calificaría como de costumbre su abuelo Pico, a veces con comentarios motivadores y otros más severos. Pico es lo que se conoce por un hombre correcto, con una voz firme que acaricia su delicado y fino bigote, y una prolija calvicie con cabellos blancos a los costados. Se acerca sigilosamente a su nieto y lo llama para mostrarle unos papeles que guarda hace varios años.
Mariano deja caer con suavidad sus delgados brazos sobre la hoja y levanta su cabeza de pelo casi rapado y se acerca, con una sonrisa amistosa y contagiosa, parecida a la de un perro que mueve la cola cuando se reencuentra con su dueño. Cuando se para, el abuelo piensa que es bastante alto para sus 11 años.

 

“FUERA CORBACHO DE LA FAU” –Juventud Universitaria Peronista-;

 

 

“TE VAMOS A EXPLOTAR IGUAL QUE A TU AUTO” –Montoneros-.

 

-¿Qué es esto, abuelo?-
-Son las amenazas que me mandaban cuando era decano de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires, allá por 1976-, contestó Héctor Corbacho con manifiesto orgullo de lo que había hecho. Pero, ¿Qué habrá hecho el abuelo? se pregunta a sí mismo Mariano.
En las palabras de Pico hay aires de victoria, y no solo porque sobrevivió a las dos bombas que atentaron contra su vida: una en el ascensor de uso exclusivo y otra en su auto, el cual utilizaba todos los días para trasladarse el kilómetro que separa la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (Fau) de la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma). Pero lo más importante es que desde su posición jerárquica, como asociado civil de la dictadura, ganó la batalla ideológica: la arquitectura debía ser un lugar de prestigio, donde las construcciones no tendrían que resolver que la gente no tenga donde vivir, pero sí proyectos multimillonarios como el Nordelta.

 

Mariano se queda callado y con la mirada fija en el montón de papeles, los que cuentan que había gente que quería matar a Pico, su abuelo. Levanta la cabeza y lo observa con admiración, contrastando el heroísmo que sentía en sí mismo Pico. Pero continúa en silencio y se pregunta ¿Por qué lo quisieron matar?
Esa duda quedó sembrada en el interior de Mariano, que a medida que pasaron los años fue creciendo como una dama de noche, que aumenta su tamaño con cada lluvia. Con la madurez de un joven comprendió el horror de la represión y la tortura que gobernó el país durante la dictadura. Pero, ¿Qué tenía que ver su abuelo en todo el asunto? Primero se acercó a sus hermanos, más grandes que él, y luego a su madre. Pero ninguno tuvo las respuestas que buscaba.
Por la sensibilidad del tema se acercó a Juan Pablo Díaz, un eterno amigo del barrio porteño de Barracas y que además es historiador de la Universidad de Buenos Aires. En paralelo sucedió además que mientras cursaba en el Instituto de Arte Cinematográfico de Avellaneda (IDAC), donde se recibió en 2012, surgió hacer un trabajo de reelaboración de archivo. Mariano Corbacho optó por sus dibujos de la infancia y los cruzó con los ataúdes que le dibujaban a su abuelo, Héctor Corbacho. En el grupo de trabajo académico también estaba Martín de Dios.
Con sus compañeros advirtió que tenía en su poder un material de archivo periodístico de gran magnitud y que en el marco de su búsqueda personal tendría que conversar con las personas que habían conocido a su abuelo en aquella época. Ambas aristas se transformaron no solo en la tesis de su carrera universitaria, sino que también en una película documental inédita sobre el momento más terrible de la historia política argentina: “70 y pico”, que todavía no tiene fecha de estreno en el país pero ya está recorriendo festivales internacionales. Mariano Corbacho fue el director, Martín de Dios se encargó del montaje y Juan Pablo Díaz coordinó la investigación y fue el guionista.
 

 

-Desde el retorno a la democracia, en 1983, se han producido muchos materiales audiovisuales con respecto a la dictadura cívico-militar. ¿Qué aspectos originales tiene “70 y pico” que se diferencien del resto?

 

-El trabajo tiene la particularidad de una visión personal, en este caso la mía, a la generalidad de un contexto donde muchos ven a mi abuelo como actor determinante para el destino de sus vidas, por las más de 115 víctimas de represión. Todos ellos eran militantes políticos, lo que deja pensando algo. Nosotros nos corremos de la tortura y el horror, que se ha hablado bastante, para analizar los proyectos políticos, la batalla ideológica y cultural. Además de ser un aporte más para problematizar el período, no hay película de un familiar directo que se pare en oposición como tampoco existe un documental que tome al movimiento estudiantil como protagonista dentro del proceso.

 

-Aunque el peronismo fue un actor determinante durante a la dictadura, ¿entrevistaron a otras organizaciones?

 

-El peronismo tuvo un rol institucional enorme y de movilización de masas. Pero no eclipsemos a las demás corrientes marginándolas al olvido. El Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) tenía una capacidad de organización de 2500 personas ¿Y porque nadie habla? Entrevistamos a todas las fuerzas que intervenían en la Facultad, incluso a los radicales. El único que se negó fue la Federación Juvenil del Partido Comunista.

 

-Tu abuelo fue partícipe civil de la dictadura y vos, ideológicamente hablando, te encontrás en la vereda de enfrente. ¿Cómo abordaste las conversaciones con él, tanto en aspectos personales como en las grabaciones?

 

-Mi abuelo siempre supo que estaba siendo filmado en las entrevistas, por lo que era consciente de las respuestas, aunque también fue esquivo en algunas cuestiones. Por otro lado, no lo demonizamos porque hay un vínculo y yo siento un cariño muy fuerte por él. No quise presionarlo y tenía miedo de enemistarme con él, pero sí quería entender porque hizo lo que hizo, de su boca. La pregunta a responder es ¿Quién era mi abuelo antes de ser mi abuelo?

 

 

 

-¿Qué significa para vos que Pico no llegó a ver la película, debido a que murió mientras realizaban el montaje?

 

Ante todo vale aclarar que por mi abuelo sentí siempre un enorme afecto. La película construye la relación con mi abuelo desde un lugar familiar clarísimo. Yo hablé de Pico durante cuatro años de su vida reconstruyendo su participación en la Facultad entre 1966 y 1983. Su gestión pública es poco equiparable a como él se comportó conmigo y mis hermanos en el ámbito privado. Él hecho que no pueda ver el material terminado me lleva a sensaciones contradictorias. Por algunos momentos es complejo poder explicar cabalmente lo que puede llegar a sentir el ser humano, y por otros las palabras están de más. Igualmente puedo asegurar que varias noches no dormí preocupado por este tema. Hay un choque cultural muy jodido.

 

-¿Cómo se tomó tu familia la realización de la película?

 

-Siempre estuvieron al tanto y nunca hubo un cuestionamiento al respecto. Pero tuvieron más una posición de acompañarme que de querer saber. Ellos, algunos por negación, no tuvieron las inquietudes que me motivaron a movilizarme.

 

-En la sinopsis de su página web (http://setentaypico.com/), dicen que la intención es entender los proyectos políticos. ¿Pudiste comprender la participación de tu abuelo?

 

-Sí, completamente. Cumplió un rol como asociado civil que fue funcional a un proyecto político que se solventaba a partir de la represión para implementar un modelo económico, que es ahí donde la dictadura encontró los aliados fundamentales, como la Iglesia, grupos económicos y la burocracia sindical. Había un contexto internacional –la Revolución cubana, la guerra de Vietnam y el Mayo Francés- que generaron la toma de consciencia hacia una perspectiva social. La dictadura vino a romper esas relaciones y erradicar las ideas de izquierda con el terrorismo de estado.

 

-¿Hacia qué público va dirigida la película?

 

-Tenemos una intención masiva, si se mantiene solo en los círculos académicos sería una lástima verdaderamente. Lo mejor que puede pasar es que sea un disparador que desarrolle el pensamiento crítico. Un documental aislado no va a cambiar la vida, pero se suma a un aparato cultural en determinada línea de pensamiento

 

 

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