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Poner el dolor en palabras
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Poner el dolor en palabras

Por Juan Sklar

-Tenemos que hacer algo con todo esto-, me dice Cristal, tirada en la cama, con los puntos a la vista.      Las costras de sangre se confunden con el hilo de la sutura y el Pervinox. Estamos en una habitación de hospital. Al lado nuestro, en una cuna de acrílico, duerme nuestro hijo Goran. Tiene tres horas de vida.
-¿Hacer qué con qué?
-Quiero que escribamos algo sobre la cesárea. Sobre lo que pasó.

Por un momento, me quedo en silencio. Cuando Cristal me contó que la anestesia no había tomado, que había sentido cómo la abrían, cómo le cortaban la piel, la grasa, cómo le desgarraban el músculo y, finalmente, cómo le sacaban el bebé, pensé “tengo que escribir sobre esto”. También pensé que ella no iba a querer, o que iba a tener que convencerla.

-Dale. A la noche cuando se van las visitas me contás todo lo que sentiste.

Después de comer, saco el teléfono y me pongo a grabar.
-Contame. ¿En qué momento te diste cuenta de que algo andaba mal?
Cristal se queda callada. Inspira.
-Mejor empecemos por cuando te abrieron la piel-, propongo.
De nuevo, silencio. Cristal mira por la ventana, al patio interno del hospital.
-¿Estás cansada? ¿Preferís que lo hagamos mañana?
-No, no es eso. Es que si me acuerdo, el dolor vuelve.

Tres días después de la cesárea, nos dieron el alta. Volvimos a casa, recibimos a amigos y familiares. Una semana me llevó convencerla de que me contara lo que había vivido en el quirófano. Al final, una tarde sin visitas, con el bebé durmiendo, logré que sentara frente al grabador.

-Contame, ¿cuándo te diste cuenta de que algo andaba mal?
-Cuando me desgarraron el músculo.
-¿Por qué te desgarraron?
-Es parte del procedimiento. Después de que abren la piel y la grasa, los cirujanos se encuentran con el músculo. No lo cortan con el bisturí. Se ponen uno de cada lado, meten los dedos entre las fibras, se enganchan y a la cuenta de tres, tiran. Varias veces.
-¿Ahí fue cuando vi volar sangre?
-Suena a carnicería, pero en realidad es lo mejor para el paciente. El cirujano podría abrir el músculo con el electro-bisturí, pero ese corte no sigue la anatomía de las fibras. Las corta en dos. Cuando vos desgarrás, abrís siguiendo la forma del músculo. Imaginá un paquete de fideos. Es mejor separar los fideos que cortarlos al medio. El tema es que para hacerlo, los cirujanos tienen que hacer fuerza. Mucha fuerza.

Cristal sabe de lo que está hablando. Es médica anestesióloga. De guardia en un hospital público puede llegar a hacer tres cesáreas en un día. Hace dos guardias por semana.

-¿Qué sentiste cuando te desgarraban?
-Un dolor que me superó por completo.
-¿Podrías describírmelo?
De nuevo, como en el hospital, Cristal se quedó callada.

-¿Te angustia un poco recordar la cesárea?
-Sí.

La entiendo, pero no deja de sorprenderme. Como cualquier pareja, hablamos mucho de nuestros trabajos. Parte de lo que me gusta de ella es escuchar historias de quirófano. Cuando empezamos a salir me contó cómo le masajeó el corazón a un paciente. Era un pibe chorro que había llegado al hospital baleado por la espalda. Los cirujanos lo abrieron. Estaba perdiendo mucha sangre. Entró en paro cardíaco. El corazón le latía fibrilado. Dentro de un quirófano, el encargado de las reanimaciones es el anestesiólogo. Cristal se puso los guantes y empezó a masajearle el corazón, a apretar ella misma los ventrículos. Un último intento de hacerlo latir con las manos. A pesar de todo, el paciente se desangró. Historias así tiene miles. Ella sabe que a mí gustan los relatos de motoqueros con el cráneo abierto, de guardiacárceles acuchillados en el penal Florencio Varela, de albañiles con la mano amputada por una amoladora. Pero ahora el dolor es de ella. Siempre cuesta un poco más cuando son de uno los intestinos que están abriendo al medio.

-¿Querés que paremos? -pregunté.
-No. Sigamos.
-Está bien. Quiero que, en la medida que puedas, me describas lo que sentiste cuando te desgarraron los abdominales.
-Un engranaje cuadrado triturándome el cerebro.
-¿El cerebro o la panza?
-El cerebro. Lo que sentía en la panza no lo puedo describir. En anestesia trabajamos con descripciones de dolor tipificadas. “Punzante”, “sordo”, “tipo cólico”, etc. Ninguna categoría me sirve para describir lo que sentí en la panza. No hay categorías para “cirugía sin anestesia”. Lo que trato de describirte es lo que me pasaba por el cerebro. Era un dolor tan alto, tan intenso, que me alteraba la manera de pensar.
-Sé más específica.
-Sentía el cráneo tomado por engranajes cuadrados que hacían crack-crack-crack. Sentía que el cerebro mismo funcionaba mal, que estaba por perder el control.
-¿Por qué no gritaste?
-¿“Por qué no grité”?
-Fue el dolor más intenso de tu vida. ¿Por qué no gritaste? Ni siquiera te vi hacer gestos de dolor.
-No me viste porque no me miraste.
Esta vez el que se quedó callado fui yo.
-Vos estabas mirando cómo me abrían. La que estaba conmigo era la partera. Ella vio que me estaba muriendo y me agarró de la cara. Yo lloraba y ella me decía “respirá, respirá, ya sale, ya sale”.
-Algo me acuerdo de eso. Te daba besos en la frente, ¿no?
-Sí.

Las parteras son la prueba irrefutable de que los roles de género no está atados al sexo de las personas. La partera es firme. Da respuestas y órdenes. Cuando te dice aguantá, vos aguantás. La nuestra, y todas las que conocí, son un falo andante. Las puericulturas, por su parte, son todas pacientes, suaves, delicadas. Hablan bajito, sugieren, se adaptan. Todas, las parteras y las puericulturas, son mujeres.

-Lo que no entiendo es, si el dolor era tan alto, tan intenso, ¿por qué no gritaste?
-Porque no podía descontrolarme. Descontrolarte no libera tensión. Gritar no alivia el dolor. Por el contrario, intensifica el acmé. Si me descontrolaba, el dolor se iba a volver intolerable.
-¿No era intolerable?
-Tenía un bloqueo parcial. Sin ningún tipo de anestesia no te bancás ni el bisturí en la piel. Estaba parcialmente anestesiada. El dolor era muy intenso, pero lo podía soportar.
-Te dieron una cantidad de anestesia tal que sentiste un nivel de dolor altísimo, pero tolerable. Con más dolor te hubieras desvanecido. Con menos dolor, no hubieras sentido nada.
-Por eso no gritaba. Porque me sentía en el borde de la pérdida de conocimiento. Tenía que controlarme.
-¿Cuán importante fue la partera?
-Mucho.
-¿Cuán importante fue mi presencia?
-No sé. No estabas.
-Nunca me di cuenta de que esto estaba pasando. Estaba esperando la salida del bebé.
-No me mirabas. De hecho, la partera te tuvo que decir “dale la mano a tu mujer”.
-…
-…
-No sé. Yo tenía la idea de que en una cesárea no hay dolor. No estaba atento a vos. Estaba atento al bebé.
-Bueno, es como sos vos.
-¿Cómo soy yo?
-Le prestás atención a lo que te interesa y el resto del mundo te importa un carajo.
-…
-¿Esto lo vas a poner en el texto?
-¿Qué cosa?
-Esto, que no me diste bola.
-…
-Ponelo. Si vas a escribir de nosotros, poné todo. No solo lo que te conviene.
-Está bien. Lo pongo. Sigamos. Después del músculo, ¿qué abrieron?
-El útero.
-¿Sentiste cómo te abrían el útero?
-No. Los órganos tienen otra inervación. Otras vías de dolor. No duele de esa manera. En toda la cirugía hubo dos momentos en los que sentí que perdía el control. Uno fue el desgarramiento. El otro, cuando sacaron al bebé. En las cesáreas no solo meten la mano en el útero, también pasa que los cirujanos se te suben arriba de la panza y empujan para que el chico salga por presión.
-No entiendo.
-Primero abren el útero. Después el cirujano mete la mano y busca el cuello. Hace una V con los dedos y lo agarra de la nuca. Así lo trae hasta la apertura del útero. Pero la fuerza del cirujano tirando no es la única que saca al bebé. Los ayudantes, para que el chico salga, hacen presión externa sobre el abdomen de la madre. Como si estuvieran reventando un grano. Ahí, cuando los ayudantes se me subieron, volví a sentir un dolor inexplicable. Los engranajes cuadrados volvieron a triturarme. Sentí chispazos adentro del cerebro, como si entrara en cortocircuito. Pensaba que me iba a volver loca. Encima me tenía que quedar quieta y sin gritar.
-¿Por qué te aguantaste tanto dolor?
-Si yo gritaba, me dormían. En ese punto de la cirugía no hay modo de parar ni de dar marcha atrás. El bebé tiene que salir sí o sí. Si yo no podía tolerar el dolor me iban a hacer anestesia general.
-¿Cuál era el problema con que te dieran anestesia general?
-En la anestesia general, a diferencia de la neuroaxial (la peridural o el subaracnoideo), las drogas anestésicas van por sangre. La misma sangre que va a la placenta y al bebé. Si me dormían a mí, las drogas que son depresoras del sistema respiratorio también iban a pasar a Goran. Cuando te duermen, no respirás. Hay una máquina o un anestesiólogo que respira por vos. A veces cuando duermen a la madre, el bebé nace deprimido. No respira por sí mismo. Un neonatólogo tiene que ir y reanimarlo. ¿Te acordás de que en el curso de preparto había una embarazada sin brazos?
-Sí.
-Bueno, ella contó que tenía problemas de columna y que por eso iba a tener que recibir anestesia general. Cuando esa chica tenga su hijo, puede suceder que un neonatólogo lo tenga que reanimar. Es una complicación más para el bebé. Yo no quería que mi hijo pasara por eso. Lo ideal es que el bebé nazca y llore. Hay una escala de lucidez con la que los bebés salen del útero. Lo mejor es que salgan despiertos, vigorosos, con ganas de respirar. En ese momento, lo único que me importaba era que Goran naciera despierto.
-Goran salió y cantó como un gallo.
-Y yo fui feliz.

Son las tres de la tarde. Hace más de una hora que hablamos sobre la cesárea. Goran sigue durmiendo. Tiene diez días de vida. Está más gordo, los ojos le cambiaron de color. Ayer lo bañamos por primera vez. Todo lo que un hijo te quita es fácilmente enumerable. Sueño, tiempo, libertad, sexo, plata, comodidad. Lo que te da es imposible de poner en palabras.

-¿Me perdonás por no haber estado atento a vos en la cirugía?
Cristal se ríe.
-Sí, te perdono.
-¿Por qué no te enojaste conmigo?
-¿Después del nacimiento?
-Sí.
-Qué sé yo… Porque ahora sé lo que siento por mi hijo y me imagino que estabas conectado con eso, y no conmigo. Yo también siento que Goran es más importante que vos.

Cuando Cristal y yo nos enteramos de que ella estaba embarazada llevábamos nueves meses saliendo. No vivíamos juntos. Estábamos enamorados, sí, pero no teníamos ninguna certeza de que eso que sentíamos fuera a durar para siempre. Ni siquiera de que fuera a durar nueves meses más. Ella ya me había dejado una vez. Yo ya había fracasado en cualquier intento de vínculo amoroso que no fueran mis amigos y mi familia. En medio de la vorágine de la noticia, de los poemas sobre ser padres, de la ecografía, de la alegría desbocada, del pánico, del miedo, nos fuimos una semana la costa. Era invierno. Los días eran lindos. Con un poco de abrigo se podía estar en la playa. Hablábamos mucho del embarazo, de lo que estaba pasando y de lo que se estaba por venir.

-No te elijo -dijo Cristal- porque crea que vayamos a estar juntos para siempre. A veces siento que va a ser así. A veces siento que queremos cosas diferentes. Te elijo porque sé que lo vas a querer a él, como vos querés a tu papá, como él te quiere a vos. Tener un hijo no es un pacto de amor eterno entre nosotros. Es un pacto ante el otro de estar siempre con el hijo.

En el living de nuestro departamento, el niño duerme. Hace unos movimientos extraños. Tensa el cuerpo y larga un sonoro pedo. Cristal y yo nos reímos. La noche anterior, a eso de las 3 de la mañana, me tocó cambiarlo. Lo agarré de las patas para pasarle el algodón con óleo calcáreo y, mientras lo hacía, me cagó. Expulsó un chorro de mierda líquida que voló cuarenta centímetros, desde su cuerpo hasta mi remera. Como en una película de zombis clase B, el chorro de caca dibujó una recta perfecta y contundente. No sé qué es la paternidad, pero sí qué es lo que hace. Te transforma en una persona orgullosa de ver mierda voladora estamparse contra tu ropa.

Quisiera que esto fuera solo una trivialidad. Otro chiste de un padre sobre la caca de su hijo.

Hace algunos años, las cosas simples dejaron de hacerme feliz. La búsqueda de satisfacción se volvió cada vez más compleja. Deseos cada vez más grandes, más retorcidos, más ambiguos. Una necesidad constante de estar excitado por lo que viene. Un impulso demoledor por diferenciarme de los demás. Cada vez más esfuerzo y más angustia para obtener cosas que no me daban verdadero placer. Cuyo goce no era vivirlas, sino narrarlas.

Mi hijo no tiene nada de especial. Es igual a todos los otros bebés de la Tierra. No es narrativo. No es saliente. No es espectacular. No hace nada. Solo es. Mi trabajo es asegurarme de que siga vivo. Eso me alcanza y yo le alcanzo a él.

De vuelta en el living, Goran, ahora aliviado, seguía durmiendo.

-¿Y en ese momento? En el quirófano, ¿por qué no te enojaste conmigo?
-Porque no pensaba en nada. El dolor me había anulado el cerebro. De hecho, ahora que recuerdo ese momento me da pena no haber estado un poco más lúcida. Cuando vi al bebé por primera vez seguía anulada.
-Apenas nació te lo apoyamos en el pecho. ¿Te acordás?
-Sí. Pero el cerebro no me funcionaba del todo. Me da pena. En ese momento las mamás suelen tener un momento increíble, lloran, les hablan a sus hijos, dicen cosas hermosas. Yo estaba grogui. Ni me acuerdo qué dije.
-“Lindo, lindo”.
-¿Eso dije?
-Yo tampoco me acuerdo muy bien de toda la cirugía. Tengo flashes. Desde que entré hasta que sacaron al bebé no deben haber pasado más de 6 o 7 minutos. Después me fui con Goran a neonatología, le dieron la vitamina K, lo limpiaron, lo pesaron y lo midieron.
-Y yo le dije al anestesiólogo “me estoy muriendo, dame con toda”. No sé qué drogas me hizo, pero el dolor bajó.
-¿Qué sentiste cuando te drogaron?
-Un calor y una paz como nunca antes había sentido.
-¿Para vos el anestesiólogo se equivocó?
-Yo hubiera hecho otra cosa.
-¿Se equivocó?
-Después de que te llevaste a Goran, me empezaron a coser. Hay cirujanos que para cerrar el útero, lo externalizan. Lo sacan, te lo apoyan en el abdomen y ahí cosen el agujero por el que salió el bebé. Yo sentía un peso en la panza. Ahí lo miré al anestesiólogo y le pregunté si me estaban poniendo una compresa. “No, no, externalizaron el útero”. Cuando me dijo eso le vi la cara de preocupación. Como si estuviera pensando “no puede tener este grado de discernimiento táctil”. Ahí me di cuenta de que quizás él también pensaba que se había equivocado.
-¿Cómo sabés que la anestesia tomó mal? Digo, vos siempre decís que la experiencia del dolor es subjetiva. ¿No pudo haberte tomado y que todo esto haya sido tu vivencia del dolor?

Cristal me mira con un poco de bronca. No le gustan los llorones. Sobre todo, no le gusta que le digan llorona a ella.

-Un bloqueo subaracnoideo que toma bien te deja paralizada de la cintura para abajo por tres horas. Yo salí de la operación moviendo las dos piernas.
-¿Te parece mala praxis?
-De ninguna manera. El anestesiólogo tomó un decisión, a mí criterio equivocada, pero dentro del rango de las decisiones posibles en un quirófano. Un médico tiene responsabilidad de medios, no de fines. La única práctica médica con responsabilidad de fines es la cirugía estética. Ahí el médico se compromete a que las cosas salgan de tal o cual manera. En el resto de la medicina, el médico se compromete a hacer lo mejor posible con las herramientas que tiene a su alcance. Si yo sufrí dolor es porque tomé la decisión, como paciente y como médica, de que no me durmieran, para que mi hijo no corriera el riesgo de nacer anestesiado. Pero recibir anestesia general en un parto es algo completamente normal y posible.
-¿Te enojaste con el anestesiólogo?
-En ese momento el dolor era todo. Después de la cirugía se acercó a pedirme disculpas. Ahí yo ya estaba drogada y no me importaba nada. Ahora tampoco estoy enojada. Simplemente tengo un poco de bronca porque sé qué es lo que se podría haber hecho diferente para que yo no sufriera. Tendría que haberme hecho el bloqueo de nuevo. Yo movía las piernas al momento de largar la cirugía. Sentía el frío del Pervinox. Esos son indicadores de que la anestesia no tomó. Pero el cirujano quería largar y el anestesiólogo creyó que estaba en la etapa de latencia, que eventualmente el bloqueo iba a hacer efecto.
-Yo entiendo que todo esto puede pasar. Pero vos, como paciente, ¿no estás enojada con los médicos?
-Es difícil responder. No soy solo paciente.
-Hacé el intento.

Cristal se quedó un momento en silencio. Miró por la ventana. En el patio interno de nuestro edificio crecen tres árboles de palta. Se tomó un rato largo para pensar la respuesta.

-A los quince años me sacaron un teratoma del ovario. Un tumor benigno. A los treinta y uno me hicieron una miomectomía: me sacaron una bola de músculo que me había aparecido en el útero. De esa operación me quedó la cicatriz por la que no puedo ir a trabajo de parto. Yo fui sietemesina. Mi mamá tenía el útero dividido en dos y por eso me tuvieron que sacar por cesárea antes del término del embarazo. Vos tuviste apendicitis y de chico una infección urinaria. Si no fuera por los médicos, vos y yo estaríamos muertos. Y aunque hubiéramos vivido, Goran nunca hubiera podido nacer. Esta familia existe gracias a la medicina. Me cuesta un poco estar enojada con los médicos.

Goran lloró. Me paré y fui a verlo. Le cambié el pañal. Después se lo di a la madre. Le dio media hora de teta. Lo llevé de nuevo al huevito y otra vez se puso a llorar.

-¿Qué quiere?
-No sé, Juan.
-Otra teta no le vamos a dar.

Me paré, lo levanté, lo acuné. Al principio siguió llorando. Después de un rato, paró. No se durmió, simplemente dejó de llorar. El cachorro humano, aún saciado, aún limpio, aún sin frío, ni calor, ni ninguna otra molestia, llora. Mucho y fuerte. La existencia misma le duele. A los días de vida nada lo calma, salvo otros humanos. Los necesita para sobrevivir, pero también para tolerar el mundo. Con Goran en silencio, volvimos al relato de la cesárea.

-¿Existe alguna manera de que cosas así no pasen? -pregunté.
-Todos los procedimientos quirúrgicos tienen errores asociados. Si alguien te dice que una operación no tiene riesgos, te está mintiendo. Si alguien te dice que nada puede salir mal, te está mintiendo. Siempre hay riesgos. A veces son más altos, a veces son más bajos.
-¿Los pacientes saben esto?
-No siempre.
-¿Por qué?
-¿Vos tomaste Tafirol alguna vez?
-Sí.
-¿Sabías que puede causar falla hepática aguda?
-No.
-Es infrecuente pero, incluso con dosis bajas, puede pasar. Los pacientes no saben cuáles son todos los riesgos asociados ni a los medicamentos que toman ni a los procedimientos a los que se someten. En general, no preguntan y los médicos tampoco les cuentan. Si yo te leo la lista entera de cosas que te pueden pasar en una apendicetomía, que es un procedimiento más bien simple, ni entrás al quirófano. El tema es que son muy infrecuentes y, por supuesto, el riesgo de morirte por un riesgo asociado a la apendicetomía es infinitamente menor a morirte de peritonitis. En el curso de preparto del hospital una madre preguntó si la anestesia peridural en el parto vaginal tenía riesgos. La partera dijo que no, que era 100% segura. Mentira. La anestesia tiene riesgos. Son muy infrecuentes, pero existen. La peridural es una inyección que se aplica dentro de la columna vertebral. Puede causar meningitis. De nuevo, es infrecuente: 1 caso cada 100.000. También puede causar daños nerviosos temporales y permanentes, incluyendo parálisis. La parálisis es extremadamente infrecuente: 1 de cada 250.000. La anestesia tiene riesgos. Pero sin anestesia no se puede hacer cesárea y sin cesárea mi hijo no hubiera nacido. Si me hubieran mandado a trabajo de parto, la herida que tengo de la cirugía del 2011 podría desembocado en rotura uterina. En ese caso el bebé deja de recibir oxígeno y yo me desangro.

Cristal me cuenta de los riesgos asociados a la anestesia y yo la escucho atento. Hay un tipo de belleza muy específica que emana de escucharla hablar sobre lo que sabe. No es solo admiración. La percibo físicamente más atractiva. Es más linda cuando es médica.-Lo que me pasó a mí le puede pasar a cualquiera. A veces se aplica la anestesia, se la aplica bien, y en el medio de la operación alguno de los estímulos es demasiado doloroso para la mamá. Ya está abierta y no se le puede volver a colocar en posición para darle la peridural. En ese caso, se la duerme con anestesia general. No es una decisión que pase por la madre. Yo también fui responsable de lo que me pasó. Yo elegí seguir soportando el dolor. Si yo me hubiera quejado, me dormían. Tomé una decisión como paciente, pero con una cantidad de información que los pacientes nunca tienen.
-Si vos fueras la persona que da los cursos de preparto, ¿darías la misma información que nos dieron a nosotros?
-Yo sería un poco más realista. Los pacientes tienen, en general, la sensación de que el médico es responsable de fines. De que puede asegurar el éxito de una operación. Esto no es así. Todos los procedimientos tienes riesgos asociados. Los pacientes ven a la operación como un producto que se les ofrece y que si el médico es bueno “su satisfacción está garantizada”. Y no es así. Aunque es infrecuente, las cosas pueden salir mal. Yo creo que los pacientes deberían estar más informados y entender que hay riesgos. Con esa información, cada uno debería decidir a qué someterse y a qué no. Ojo. La lógica de la venta y el consumo no solo alcanza a los pacientes. El paciente elige al médico que lo deja tranquilo. ¿Quién te deja tranquilo? ¿El que te enumera todos los riesgos asociados o el que te dice “no va a pasar nada”? El médico entonces también entra en la lógica del consumo y sale a venderse.
-¿Vos creés que los pacientes están preparados para que les den toda la información sobre los procedimientos?
-El problema no son los médicos ni los pacientes. El problema es que en la toma de decisiones se impone la lógica del consumo. Muchos pacientes compran una garantía de satisfacción que no existe. El médico sale a vender eso y dice “te aseguro que todo va a salir bien”. ¿Quién quiere ir a un curso de preparto donde te dicen que con una peridural podés quedar permanentemente paralítica? El hospital, desde su curso de preparto, vende “todo va a estar bien”. Se impone la lógica de la responsabilidad de fines. La medicina se transforma en una versión de la cirugía estética.
-¿Te parece que nuestro obstetra se maneja así?
-No. Pero yo soy médica y entre nosotros hablamos diferente. Todo es más frontal.
-¿Te operarías de nuevo con el mismo anestesiólogo?
-Sí. ¿Por qué no?
-¿Te operarías de nuevo con el mismo obstetra?
-También. Quirúrgicamente es excelente. Al bebé lo sacó perfecto en 7 minutos.
-¿Te operarías en el mismo hospital?
-Sí.
-¿Llamarías a la misma partera?
-Por supuesto.
-¿Elegirías al mismo papá?

Cristal hizo una pausa. Después se rio.
-Sí. Lo elegiría.

Cristal se para y me da un beso. Camina hasta Goran, le revisa el pañal. Está limpio. Mira el reloj. Son las cuatro pasadas.

-¿Te quedás con Goran mientras me baño?
Asiento.
-Después voy al súper y vos lavás los platos.

Vuelvo a asentir. Cristal se va y yo me quedo con el bebé. Por ahora está tranquilo. Lo alzo. No se despierta. Me acuesto en el sillón y me lo acomodo entre la panza y el pecho. El peso, el calor del bebé durmiendo arriba mío me produce un placer tibio, contante y tranquilizador. El niño me acuna. Si alguien me preguntara, ¿cuánto dolor podrías tolerar para que tu hijo esté bien? Contestaría mucho. Si tuviera que hacer una elección consciente entre mi dolor y el de mi hijo, elegiría el mío. La pregunta es si lo haría como un acto reflejo. Si ante la irrupción de la tortura yo reaccionaría sin quejido, sin descontrol. Veo en Cristal, desde que nació Goran y todos los días, un acto reflejo de protección que funciona en un campo previo a la moralidad. Si estornuda, cierra los ojos. Si se mete los dedos en la garganta, vomita. Si el chico llora, se despierta. Yo no me despierto, a menos que ella me codee. Yo también hago pequeños sacrificios por mi hijo. Pero me lleva 2 o 3 segundos convencerme de que eso es lo que tengo que hacer. De que tengo que levantarme a cambiarlo y no seguir durmiendo. Siempre termino haciendo mi parte, pero casi nunca como acto reflejo. A cada paso tengo que pensar ahora soy padre. Pero a medida que pasan los días el reflejo de protección aparece más seguido. El tiempo que me lleva decidir hacer lo correcto, se achica. La cantidad de veces que tengo que pensar en hacer lo correcto para hacer lo correcto, es cada vez menor. Empiezo a entender la paternidad como el proceso de reeducación de mi cuerpo. Lo que antes de que naciera Goran me parecía algo complejo ahora lo veo más simple. Ser mejor padre es ser más Cristal.

 

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