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El poder y la violencia, Villa 21-24
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El poder y la violencia, Villa 21-24

Texto por Nicole Martin
Obra de León San

“El Estado vela por la seguridad pública: de los otros servicios, ya se encargará el mercado; y de la pobreza, gente pobre, regiones pobres, ya se ocupará Dios, si la policía no alcanza”-Eduardo Galeano, Patas Arriba

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Repudiamos la tortura policial a Iván Navarro (15 años), quien denunció que lo torturaron más de diez prefectos, sobre la vera del Riachuelo, en la Villa 21-24. Parece que la misma injusticia que nos golpea en la cara en los barrios es inexistente para los ojos de los grandes medios de comunicación, fabricantes universales de la opinión del pueblo.

La Villa 21-24 se extiende entre los barrios porteños de Barracas y Pompeya. Desde la década del 60, los habitantes de la zona, específicamente de la Villa, sufren un proceso de exclusión permanente. El gobierno de facto de 1966, instauró la zona como lugar de tránsito ( Núcleo Habitacional Transitorio) sin tener las propiedades de un lugar digno de permanencia. Esa transitoriedad se volvió permanencia, ya que las propuestas de viviendas asentadas nunca llegaron por parte del Gobierno militar. Durante la última dictadura, la exclusión se acrecentó mediante un proceso de desalojo forzado y sumamente violento.

La televisión no tiene tiempo para mostrar la historia de Iván, está muy ocupada convirtiendo demandas superficiales en necesidades básicas y adoctrinando que la nueva calidad de vida está regida por la cantidad de las cosas. Y eso que el crimen es el espectáculo más exitoso de la pantalla chica, será que los policías no pueden ser criminales. Como los ladrones de buen nivel -como dice Galeano-, llamados cleptómanos. Quizás la televisión no tenga tiempo para hablar de Iván, porque está muy ocupada señalando a los pibes de los barrios como la principal amenaza para la seguridad de las buenas familias, aquellos pibes que juegan con pistolas de plástico, hasta que la policía les de una de verdad.

El que debe ocuparse de ellos, por sentido común, es el Estado. ¿Cómo? A mano dura, disciplina que instaure quien tiene el poder, como si eso alguna vez estuviera en duda. La desigualdad, inherente al orden natural de la humanidad para unos, negocio preciado para otros. El mismo sistema que regala inseguridad es el que vende el remedio milagroso: la policía, al servicio de la justicia.

Pero la justicia es como las serpientes, sólo muerde a los descanzos -dijo alguna vez Monseñor Óscar Arnulfo Romero-, más claro, echale agua, ¿aún más? A Iván le tomaron la denuncia en frente de uno de los policías que lo había torturado. Y quizás tenía la culpa, ¿no? Culpable por ser pobre. A sabiendas que para la cultura de la meritocracia, la pobreza es el justo castigo que los vagos merecen, o mejor dicho, los ineficaces, dicho en términos de empresa, el nuevo idioma universal que el capitalismo se encargó de imponer.

El mismo poder que habla de los derechos humanos como si fueran caridad pública, la salud y la educación como un favor para la sociedad, es el que financia la vida en cuotas. Después, nos queda agradecer. A Iván, dice mi abuela, le queda agradecer que vivió para contarlo.

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