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Sin vida
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Sin vida

Por Noelia Abad

Fuente: El cuaderno azul

Dieciséis meses y  tres semanas. Llevaba la cuenta, no podía olvidarla porque ella se encargaba de recordársela. El dolor era cada vez más agudo, un cuchillo que penetraba lentamente la carne. Dejarlo atrás era aún peor. Había días en los que ella solo iba desde su cama hasta la cama de Facundo. Era una coreografía cuidadosamente ensayada. Él trabajaba, se ocupaba de sus hijas, la obligaba a bañarse, a comer. A cada movimiento, a cada intento por alivianar la situación le correspondía el conteo del tiempo que había pasado. ¿Para qué lo repetía? ¿Por qué pensaba que él podía olvidarlo?

Esa tarde, al escucharla sollozar desde la calle a través de la ventana que daba a la habitación, sintió que la odiaba. Por primera vez no sintió culpa ni remordimiento. Solo odio, profundo, amargo. Su cuello se ensanchó de golpe, la cara purpura, los puños apretados. No recordaba nada bueno con ella. Si alguna vez había sentido otra cosa no sabía cómo volver a hacerlo. A pesar de todo nunca había pensado seriamente en dejarla. Nadie se lo perdonaría. Se sabía capaz de hacerlo, irse lejos y empezar de nuevo. Fantaseaba con otro nombre, con cambiar su historia. Relataba en su cabeza hechos y anécdotas inventadas. Deseaba más que nada salir corriendo, no podía. Pensaba y se ahogaba frente a la posibilidad de que alguien lo viera caminando, comiendo en un bar, en alguna esquina y se diera cuenta de que él era él.

Se quedó parado. Cada sonido que ella hacía era espectral. El odio se mezcló con un intenso asco y una puntada en la boca del estómago. La casa era una cripta abandonada. Vio el pasto desparejo invadiendo el límite entre la reja y la calle. Vio el color amarillo negruzco de las cortinas. Descubrió una muñeca rota atrás de una maceta. No pudo contenerse y vomitó sobre el buzón corroído. Intento disimular su estado al ver a la señora que vivía enfrente. La saludó con la mano y asintió con la cabeza mientras la mujer desaparecía por la esquina. Tembló. Tembló al quedarse de nuevo solo. Caminó hacia la cochera. Corrió completamente el portón que daba a la calle para que entrara algo de aire. Era el lugar más oscuro de toda la casa. Contra la pared estaba la bicicleta de Facundo con las ruedas desinfladas. Contempló el auto arrumbado. Nunca habían tenido el valor de arreglarlo. Estaba ahí desde el día en que la policía lo había devuelto. Casi igual a como lo había dejado el accidente. El parabrisas roto, estallado en mil pedazos. Las luces, también rotas, colgando con el paragolpes. Se aflojó la camisa y con su mano tocó el baúl lo acarició de a poco hasta que pudo recorrer las puertas. Se detuvo para arrancarse la corbata. Rascó frenéticamente su barba. Quiso gritar pero no lo hizo.

Sentado de nuevo, frente al volante, de un auto que ya no podía llevarlo a ninguna parte, recordó ese día. Todavía estaba la foto de los cinco agarrada en el parasol. Le pareció increíble lo que puede hacer la humedad, era poco tiempo para que casi se hubiese borrado. Era poco tiempo. Tomó el teléfono y le pidió a su hermana que fuera a buscar a las nenas al colegio, que se las llevara a la casa. Le dijo que todo estaba bien que solamente necesitaban una noche. Le pidió que no llorara, que no pasaba nada grave. Que cuidara a las chicas.

Entró al comedor. Caminó y recorrió la casa como si fuera la primera vez. Fue hasta el baño, se lavó la cara, los dientes. Se peinó y acomodó su ropa. Caminó por el pasillo y se detuvo frente a la puerta. Todavía lloraba. Llenó los pulmones de aire y entró. 

Dejá de llorar y vestite, le dijo. Vamos a salir ahora. Ella respondió que no quería, que para qué la molestaba, que la dejase en paz. No te pregunté si querías, levantate y vestite ahora. Tenía la mirada fría, opaca. No pudo contradecirlo y se puso lo primero que encontró. Terminó de calzarse con él empujándola. Casi sin saber cómo, de repente estaban los dos parados al lado del auto.

La mancha en el parabrisas es la sangre de Facundo. El agujero es el lugar por donde pasó su cuerpo. El golpe de adelante es el impacto contra la parrilla del camión. El golpe de atrás y la marca blanca son del auto en el que iba la mujer que ayudé mientras Facundo se moría. Pensé que la señora estaba peor. Facundo dijo que él estaba bien. Lo último que dijo fue “andá pa, andá que estoy bien”. Hoy terminamos con esto, decidí vos cómo se sigue.

 ¿Qué significa eso? ¿Qué querés qué haga? Tenía que haber manejado yo ese día, tenía que ir buscarlo yo. Yo, no vos. Nunca lo vas a entender. Por lo menos no se hubiera muerto solo.

La miró fijo, la miró como si fuera la última vez. La miró con culpa y la miró juzgándola. Ella empezó a empujar el auto hacia la calle. Cayó al piso y se levantó mientras él se quedó quieto. Empujó, y empujó más fuerte. Logró moverlo apenas unos pocos centímetros. Fue suficiente para que la trompa pasara el portón. Empezó a pegarle patadas a la puerta. Golpeaba con los puños el metal como si pudiera atravesarlo. Eran sus manos las únicas lastimadas. Mientras, él permanecía inmóvil observando. Ella levantó una baldosa floja y la estrelló contra lo que quedaba de parabrisas. Los vidrios cayeron dentro del auto y el hueco ensangrentado desapareció. El silencio violento y ensordecedor llenó el lugar. Se quedó congelada un instante. Giró sobre sí misma, volvió sobre sus pasos. Lo vio parado en el mismo lugar, lo vio contemplar la escena. Vio a un extraño.

Tenes razón hoy tiene que terminarse. Vos vas a poder seguir adelante. Él escuchó y permaneció quieto mientras ella se alejaba. No se detuvo, ni volvió a mirarlo. Caminó unos metros y antes de entrar de nuevo a la casa, con la voz ahogada le dijo, esta noche me voy.

 

Ilustración: Rick Beerhorst

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