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Licencia para matar
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Texto por Paula Colavitto

Cuando era chico, mi papá me enseño bien clarito y conciso (porque él era un tipo conciso) quienes eran los buenos y quienes los malos. Crecí mirando películas yanquis que pasaban por TELEFE (teníamos una casa humilde sin cable). En las pelis se veía claramente esto que papá me señalaba: el policía era el bueno, el héroe de la familia, quien procuraba el orden y la seguridad de todos. Los negros eran los malos, «los vende droga», los que mataban a desmadre, «los sin valores» ni educación.

Los buenos en las películas yanquis siempre terminaban por atrapar a los malos, a los  «negros secuestradores», a los traficantes. Los poli los encerraban y llevaban a la justicia pero eso sí, si la cosa se ponía brava se abría paso a una batalla campal de tiros, donde siempre, la policía «ganaba» matándolos a todos. Me sorprendía la radical diferencia entre los buenos y los malos: los buenos de las pelis, los poli: tenían licencia para matar.

Frente a mi casa vivía Laureano, compañero de colegio y amigo mío, él era negro, no negro como los de las películas yanquis sino con rasgos indígenas. Papá no me dejo verlo más, decía que su familia era «chorra», que se notaba por que hacían cosas de » negros de mierda». Entonces aprendí lo que era ser un «negro de mierda» o en realidad quienes lo eran y quienes no. Con el tiempo deje de  insistir por su amistad y en el colegio o en el barrio dejé de darle bola. La realidad es que probablemente su familia no era chorra, pero de seguro  a veces le faltara para comer y vaya a saber que hacían para conseguir, pero robar para mí  siempre, siempre, estuvo mal.

Papá no era policía, pero conocía bien a todos los policías de la zona, a veces venían al barrio a controlar que todo esté bien o encerrar algún que otro «perejil» como decía mi viejo, es decir alguno que anduviera robando, o algún a «pasadito» (en el barrio donde vivía de chico, siempre había «pasaditos») . Los poli amigos de papá que venían a casa seguido a hablar  de negocios (sobre los cuales nunca indagué) me explicaron que los «pasaditos» eran los perejiles más fáciles de convencer,  que siempre era mejor tener «infiltrados» . Más tarde comprendí de lo que hablaban.

Yo los miraba con admiración y  aunque no eran muy parecidos a los de las películas (sino que eran más bien gordos, no tan blancos ni tan rubios hasta algunos bien morochos, pero no, no me atrevería a decir negros) , yo de todas formas los respetaba. Era fantástico como se sacaban el cinto donde llevaban el arma, era fantástico para mí ver con que soltura la cargaban, como si se tratara de un pedazo más de su brazo, de sí mismos. En las fiestas (porque al viejo lo invitaban a todas las fiestas) a cierta hora des-fundaban su revólver y disparaban a cielo… ¿Era eso la licencia para matar?

A mis 18 años entré a la escuela de cadetes de la policía federal,  convencido que  aprendería a combatir el mal pero en vez de eso recibí golpes, tantos tantísimos golpes  que casi ya no los recuerdo. Años después ya era parte de las Fuerzas de Seguridad, dónde debo confesar que tuve que hacerme mi lugar, también a los golpes. Y menos mal que los soporté y  aunque nos hemos aguantado mucho, de vez en cuando con los compañeros, en alguna que otra ronda nocturna nos desquitábamos con algún perejil que andaba en alguna, otra no nos quedaba, de otra forma no hubiésemos sobrevivido.

Aun no tenía bien claro cuál era nuestro «deber», nuestro trabajo.  El  viejo me arengaba y se llenaba de orgullo al ver mi placa pero yo aún no me sentía James Bond ni Bruce Willis y no tenía idea lo que era la «licencia para matar»,  no hasta el 24 de Octubre de 2011.

24 de Octubre de 2011:  nos habían llamado de urgencia a muchos novatos; en una calle en San Telmo se había dado lugar a un allanamiento. Al parecer, en una de esas casas antiguas de la zona funcionaba un aguantadero y vendían drogas. Entramos y  aunque me temblaban las piernas me sentía ansioso por encerrar a algún tranza.

Pero el panorama fue distinto: sólo había pibes, pibes y pibes por todos lados, por el piso, por las escaleras, tirados, absolutamente todos drogados  y al menos para mí, ninguno parecía muy ofensivo. Sin embargo, los superiores no opinaban igual y nos ordenaron que los sacáramos a todos a la calle, que no importaba cómo, si a las patadas o de «un tiro en las bolas».

Uno por uno los revisamos y aparte de la cara de negros de mierda no portaban armas blancas y ni siquiera drogas. Antecedentes tenían algunos, otros eran muy chicos. Había uno que yacía en el piso, bastante joven, con su gorrita me recordó a Laureano, mi vecino de la infancia. Estaba recontra dado vuelta, no paraba de pedir ayuda a los vecinos y gritar que lo iban a matar, ¿que lo iban a matar? Si pobre larva no había hecho nada…

El comisario Gutiérrez se hincho las bolas, se acercó y le dio de forma muy cautelosa una patada en el pecho. El pibe siguió agitándolaputeando al comisario. Vinieron  otros y  nos pidieron que nos acerquemos algunos más mientras el resto custodiaba a los otros pibes. Rodeamos al pibe, llamémoslo «Laureano», y el comisario le volvió a pegar.

De reojo pude ver como de la casa de al lado salía un viejo corpulento, se me hacia tan familiar, por un momento me recordó a papá. Él viejo le guiñó un ojo al comisario Ayala que custodiaba el patrullero y se perdió entre las calles. Y los pibes seguían contra la pared.

-¿Por qué no agarran a los narcos? ¡Dejen a los menores, los estoy filmando!- , gritó una vecina desde el edificio de enfrente, intenté mirar de qué departamento provenía el grito pero no pude distinguirlo.  -Callate puta-,  le contestó un compañero y todos rieron. Rieron mientras tenían agarrado de las rodillas a Laureano, mientras el comisario insistía pegándole en el pecho.  – Mejor adentro, agregó Gutiérrez, y se llevaron detenido al pibe, que sangraba un poco, que ya no gritaba y que apenas podía caminar.  Para finalizar el operativo, a los más nuevos nos ordenaron continuar la revisión, «asustarlos un poco y dejarlos ir».

Un poco atrevido, al día siguiente consulte al subsecretario de la comisaría qué había pasado con el menor: -¡Cómo lloró ese perejil! Pendejo maleducado, no va  a faltarle el respeto a nadie más-, contestó altanero e impune.

Entonces entendí, con total impotencia y empapado en vergüenza , que no éramos James Bond y que  eso no existe en ningún lado. No éramos James Bond pero, aún así, teníamos licencia para matar.

 

Ilustración: Rick Beerhorst

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