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No soy yo, somos todas
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No soy yo, somos todas

Por Celeste Lambert

No soy víctima. Pero víctimas somos todas. Porque nunca me discriminaron. A tal punto de censurarme y limitarme. Al punto de silenciarme. Al punto de apartarme. Pero si me enteré, que para los padres de algunas de mis compañeras del secundario,  yo era mala junta. Tenían algunos preconceptos sobre lo que implicaba ir a mi casa. Se ve que era considerado un territorio peligroso. Por ser diferente, por escaparse de la norma. Por funcionar con reglas propias, decididas, alzadas, enaltecidas.

No soy víctima. Pero víctimas somos todas. Porque no sufrí nunca bullying. Pero si recuerdo mis primeros día de clase en una escuela nueva en séptimo grado. Recuerdo a un grupito de varones que vinieron a prepotearme y preguntarme si a mi me gustaban las mujeres, si era lesbiana. A esa edad, apenas entendía lo que eso significaba. Recuerdo cuando volví a mi casa angustiada. Recuerdo contarle a mi vieja, y que ella me diga “no es por vos, es por mí”. Y no entender, hasta mucho tiempo después de que se trataba.

No soy víctima. Pero víctimas somos todas. Porque mi cuerpo no es una casa de violencia de mí contra mí. No en el presente inmediato al menos. Pero si recuerdo la alabanza a la delgadez. El rechazo del estar fuera de línea. La presión de la imagen. El ideal inconcluso, inalcanzable. La presión interior en consecuencia de la anterior. El sentimiento de estupidez al caer en estas exigencias absurdas. Recuerdo el maltrato hacia mí misma. No poder mirarme al espejo. No tener ganas de salir. No tener ganas de disfrutar. No tener ganas de divertirme. No tener ganas de comer. O morir de ganas de comer, hacerlo y sentir culpa. Anotarme mil veces en actividades físicas que no deseaba hacer con tal de encontrar algo de paz. Hacer dietas. Dejar las dietas. Renegar de mí. Odiarme.

No soy víctima. Pero víctimas somos todas. Porque nunca me violaron. Nunca me pegaron. Nunca me agredieron con tanta violencia cómo para abrirme una herida que no cierre nunca más. Pero si recuerdo a machitos que trataron de ponerme una mano encima. Recuerdo sentirme desprotegida por una jefa que dijo que la culpa era mía. Recuerdo la sensación de inseguridad al caminar por una calle  sola bien entrada la noche. Recuerdo tener que avisar cada vez que llegaba a mi casa sana. Recuerdo tomar una botella de vidrio y pensarla cómo arma para que me acompañe en mi recorrido por sentir a un extraño siguiéndome. Recuerdo a un auto manejando muy lento mientras yo corría. Una ventanilla bajándose. Y una amenaza.  Recuerdo tener que cambiarme la ropa porque era inapropiada, porque distraía, porque molestaba. Recuerdo que me dijeran “puta”, “zorra”, “perra”, “trola”, “gorda”, “fea”, “turra”, “mala”. Recuerdo que tuvieran la cachetada lista en la mano. Los ojos encendidos de odio. De celos. Recuerdo viajar sola y estar alerta. Recuerdo sentirme que podía pasarme lo que sea. Recuerdo ese miedo. Recuerdo esa impotencia. Recuerdo ese dolor.

No soy víctima. Estoy viva, estoy sana. Tengo esa suerte. Tengo ese tesoro.

Pero me crecí siempre al borde. Al borde por todas aquellas que conozco que sí lo son. Las que fueron calladas. Las que fueron negadas. Las que fueron abusadas. Las que fueron violentadas. Las que fueron violadas. Las que fueron asesinadas.

Yo soy una porción ínfima de ese todo. Ese hermoso y gigantesco todo que somos las mujeres. Mientras haya, tan sólo una mujer que sea víctima, sólo por haber nacido mujer, en cualquiera de sus formas, por su sexo biológico, por identificación de género, por cómo sea: todas, absolutamente todas las mujeres somos víctimas.

Y nuestro escape a ese condicionamiento, el escape a esa estructura de poder. El escape a ese círculo vicioso. El escape a ese sufrimiento histórico. El escape a esa carga genética. A esa impresión de violencia. A esos siglos de dolor. Ese salida, esa fuga, esta en la unión. En la transformación. En la palabra que invita a sanar. En la mirada comprensiva, empática, compasiva. El escape está en el grito catártico. En la movilización colectiva. En el sueño conjunto. En las ansias de justicia. En la sed de amor.

El escape esta en nosotras. En dejar de entendernos como una, para abrazarnos por fin como todas. En salvarnos. Y con esa salvación, de a poco curarnos.

 

Fotografía: Candelaria Deferrari

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