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Muelle Pesquero
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Muelle Pesquero

Muelle Pesquero.                                                                                           Fotografías y texto por Pedro Funes

Si se observa este muelle plasmado en un mapa se ve como el perfil de una pipa. Se adentra unos 250 metros en el Río de la Plata y forma el canal de ingreso y egreso al puerto de Olivos. En la parte más alejada de la costa se ve un árbol pelado que sirve de referencia para las pequeñas embarcaciones, las cuales amarran cerca pero distantes. Un destacamento de prefectura lo antecede justo donde se desprende de la orilla compuesta por residuos plásticos y tierra. Los efectivos toman mate desde adentro y devuelven los saludos de manera vergonzosa, con razón.

Las barandas oxidadas y los faroles rotos se suceden sobre una pasarela relativamente estrecha. El corredor que se forma pareciera estar siendo atravesado por una brisa eternamente longeva y erosiva. Eventualmente alguien le da sentido a paso lento, como resistiendo lo que ya es viento invernal.

Al aproximarse al final de la larga piedra con metal corroído, se advierte que el pulmón, lo que sería el extremo donde combustiona una pipa promedio, no está compuesto por un árbol sino por tres de éstos que crecen no muy alejados entre si. Sus hojas se desprenden de a una, tapizando la tierra junto con más o menos basura. Las que aún no caen se agitan temblorosas en su destino, y las ramas cada vez más desnudas sirven de apoyo para distintas aves circundantes.

La sorpresa del primer avión y sus turbinas hace voltear a cualquiera, recordando que un sin fin de vidas se agolpan en el ya no tan recordado entramado urbano. Al rato otro. Descienden de una forma progresiva en la que se aprecia todo el proceso de aterrizaje. Se podría fantasear a la aeronave estrellándose contra los edificios empresariales que parecen atravesar el cielo. Resulta tortuoso escriturar la extensa costa en el sentido que evidencia la metrópoli. La polución espesa cubre la imagen con un velo gris. Ahora un avión emerge de esa confusión y se va.

Cuatro escalones desparejos devuelven la mirada al frente, más precisamente al cemento que contiene la tierra en forma de gota; como un yin o un yang sin bueno o malo, solo sucio y seco. Se puede rodear toda la forma ovalada y volver al punto de partida, las escaleras, sin pisar la tierra y sin tocar los árboles.

El límite con el río lo imponen bloques de hormigón que hacen de soporte para cuerpos y humildes cañas de pescar. Contienen a entusiastas de la pesca deportiva que compiten con moscas descoloridas por ninguna premiación, y a veces a otros acompañados por sus familias, que preferirían cocinar sus presas respondiendo a una necesidad vital.

Quienes no están conformes con estos límites descienden, cuando es posible, a una sucesión de escalones. Ahí se golpea el agua marrón, blanca al salpicar. Parejas, oficinistas almorzando, o bien gente solitaria que aún en su hastío busca la mejor imagen para compartir en su perfil virtual. Se ahuyentan por igual cuando la marea devenida en oleaje les profiere una amenaza.

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