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Patriarcado y militarizacion: el crimen que se vuelve sistema
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Patriarcado y militarizacion: el crimen que se vuelve sistema

Por Amára De La Serna

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Pancarta del Congreso Nacional Indígena

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Las Abejas de Acteal organizan una conmemoración a la memoria del pueblo el 22 de cada mes. Fotos tomadas en el aniversario de septiembre de 2017

Hoy, como hace veinte años, el terror sigue al pie del cañón. La historia se repite, sin ser casualidad, sino un perfecto plan sistemático que arrebata nuestras tierras y nuestras cuerpas. El 22 de diciembre se cumplieron 20 años de la masacre de Acteal-Mexico, en otro marco de ocultamiento y silencio, es necesario abrir la trinchera de la información y generar periodismos feministas que den batalla contra el machismo y la militarización.

 

 

Ya cansadas de datos de archivo y de capítulos aparte, me pregunto, nos preguntamos, ¿dónde estamos nosotras? Atacar el lenguaje del macho y gritar que “esta información no nos representa”. El horror se homogeniza, pensamos que todes la sufren igual, pero, ¿qué pasa cuando las cuerpas son despojadas igual que los territorios? Mejor hablar de ciertas cosas, porque nos mata el que nos asesina, pero también el que ignora nuestra muerte.

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El 22 de diciembre de 1997 se desató una desenfrenada masacre por grupos paramilitares del gobernador Mario Castillo, en la comunidad de Acteal, Chiapas, donde 45 personas fueron asesinadas, entre ellas 5 mujeres embarazadas. Esta matanza a la vida digna se había dado años atrás, cuando el 1 de enero de 1994 se inició de manera explícita el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

A partir de este proceso revolucionario anti-capitalista, Las Abejas de Acteal, organización conformada en 1992, se mostró simpatizante a la lucha zapatista en sus demandas pero no en los medios, mostrando su carácter pacifista y solidario entre los pueblos. El 10 de enero de ese mismo año la lucha armada se detuvo dando lugar a las mesas de diálogo, que fueron un claro engaño de la clase dominante. Las Abejas participaron de los cordones de seguridad y de las mesas de diálogo en los encuentros pactados.

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Mientras se dialogaba la “paz”, el ejercito planificaba la muerte, empezando la estrategia contra-insurgente llamada “guerra de baja intensidad”. En 1995 se crearon los grupos paramilitares, primero en el Norte de Chiapas al estilo laboratorio, y luego con el engrosamiento de las filas zapatistas, los paramilitares llegaron a la zona de Los Altos.

En 1997, el conflicto se agravó: lo que para los pueblos eran trincheras y conquistas, para el sistema, focos grandes de peligro. En ese año se crearon los Comites de –la no– Seguridad Pública en las comunidades de Chenalo-Chiapas, grupos anti-zapatistas que impusieron su régimen del terror. Meses previos a la masacre, los grupos paramilitares protegidos y armados por autoridades civiles y militares empezaron a crear conflictos de tierras, políticos y religiosos para justificar las intervenciones, y poner el pueblo contra sí mismo.

Así comenzaron la guerra del desgaste contra grupos zapatistas y simpatizantes, quemando casas, saqueando, amenazando como sucedió en Majomut y Chimix de la mano del Movimiento Indígena Revolucionario Anti-Zapatista (MIRA) y grupos priistas. A través de programas de construcción de viviendas, los paramilitares marcaban las casas que debían ser quemadas.

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A partir del temor-terror desencadenado, hubo mas de 9.000 personas desplazadas de sus comunidades hacia otros pueblos simpatizantes en búsqueda de compañerismo y protección. La escalada del conflicto llevo a que ese 22 de diciembre, grupos paramilitares armados por la policía federal entrasen a la mañana a la comunidad de Acteal, donde locales y desplazades estaban en ayuno y oración en la capilla pidiendo por la paz. El saldo de la cruel represión fueron 18 mujeres asesinadas (5 embarazadas), 16 jóvenes, 7 hombres y 4 niños: toda una comunidad destrozada.

El secretario ejecutivo del Consejo de seguridad, José Hernández Aguilar, borró las huellas de la masacre logrando que no haya autores materiales procesados y que para el 2009 todos los paramilitares encarcelados queden en libertad. “Incluso les dieron un buen premio: dinero, tierra, casa y hasta un buen vehículo”, comenta un sobreviviente. La impunidad se hizo estandarte, no sólo por la historia narrada en sangre si no también porque el presente no para de sangrar.

Actualmente, de la mano del buen priista Enrique Peña Nieto, Presidente de México, se está dando un conflicto muy similar al ocurrido hace 20 años: ante la avanzada organizativa del zapatismo y de los pueblos indígenas en el marco del Consejo Nacional Indígena y por la candidatura de la vocera María de Jesús Patricio para las elecciones del 2018, los paramilitares siguen teniendo sus armas.

Le sacaron polvo al conflicto territorial entre Chenalo y Chalchihuitan, dos de los municipios mas pobres de México y con alerta de violencia de genero, para justificar su violencia en las comunidades. Hace 45 años hay una disputa de 365 hectareas entre ambos municipios ya que al parecer fueron entregadas “mal”.

Este conflicto volvió a salir a flote cuando Rosa Pérez Pérez, Presidenta municipal del grupo Verde Ecologista inició un bloqueo carretero que impide el paso de los habitantes de Chalchihuitan a Chenalo con retenes (civiles armados), una forma de sitiar y controlar a la población, que impide el ingreso de vehículos para abastecer con alimentos, medicamentos e insumos.

A partir de ahí, la historia ya conocida, grupos paramilitares que entran a quemar casas, cafetales, tirar piedras, amenazar, tirar disparos durante la noche. Hoy hay mas de 6000 desplazades en total de ambas comunidades y 11 muertes por las nefastas condiciones donde viven escapando de sus hogares. Duermen bajo los arboles, cuevas, milpas con temperaturas bajo cero, sólo tienen la ropa con la que se escaparon. Hay una total indiferencia y mediocre manejo institucional y gubernamental que evidencia el desprecio profundo hacia los pueblos originarios.

La militarización es causa y consecuencia del heteropatricapitalismo, al mismo tiempo que queman casas, conquistas tierras y desaparecen dirigentes, se queman mujeres, conquistas cuerpas y desaparecen dignidad.

La base ya es de plano patriarcal, dado que las comunidades indígenas sostienen vínculos de poder muy marcados rigiéndose de sus “usos y costumbres”. Sin embargo, no se puede dejar de mencionar la avanzada organizativa de mujeres que se están generando en algunas comunidades a pesar de las barreras que se les presentan.

En varias comunidades, las mujeres tienen escasos lugares en las asambleas y espacios de organización, no pueden salir elegidas como delegadas, no pueden acceder a el titulo de una propiedad, deben cocinarle a los compañeros, entre una lista bastante extensa de desigualdad económica, política, social, religiosa y cultural.

Según el Centro de Derechos de la Mujer de Chiapas, en los últimos ocho años hubo mas de cien casos de despojo de tierra a mujeres que la heredaron u obtuvieron por su cuenta. Dichos despojos se dan de manera violenta por parte de esposos, hijos, suegros, cuñados, autoridades, basándose en la costumbre de que la mujer no puede tener propiedad.

Es una contradicción indignarse por la toma de la tierra por parte de los militares y hacer oídos sordos a los arrebatos de las tierra por parte de los civiles de la comunidad. En normas patri-lineales, todo se reproduce bajo la inmunidad de los “usos y costumbres”.

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Aun así las bases no son las mismas, el miedo, tampoco. Necesitamos hacer una reflexión profunda de la relación militarización-patriarcado.

Pensar es altamente femenino, mientras que la composición filosófica de “las fuerzas de seguridad” corresponden a un orden patriarcal, respondiendo a jerarquías, relaciones de poder y violencia constante, dentro y fuera de ellas. En consecuencia, las mujeres somos el primer blanco fácil de la cadena alimenticia. Con la llegada de la militarización, la prostitución es mas propensa, sobre todo con mujeres de temprana edad, dejando no sólo marcas emocionales y psíquicas, si no también embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual.

En situaciones de represión, la mayoría de los asesinatos y agresiones son hacia mujeres, cometiendo violaciones de la máxima perversión y ejerciendo su poder sobre nuestras cuerpas. De 45 asesinatos en Acteal, 34 son de mujeres, 5 de ellas embarazadas.

Somos las que sufrimos los abusos y violaciones sexuales, nunca faltan, como en la represión de Atenco en el 2006, cuando los militares reprimieron luego de un conflicto vecinal dejando 2 personas muertas, 207 detenides y 24 mujeres violadas. Con denuncias de violación oral, vaginal y de objetos. “¿Qué hice en estos diez años? Supongo que sobrevivir”, relatan.

Al igual que Inés Fernández y Valentina Rosendo, mujeres indígenas violadas por militares en el 2002 o la violación de las siete esposas de dirigentes en 1992 como “castigo”. Y sólo se pueden contar las que han sido desocultas, pero la lista podría continuar. El dato de color es que en muchas comunidades cuando la mujer es violada y embarazada, siendo fieles a las simpáticas usos y costumbres, es separada del marido y/o estigmatizada en el pueblo.

La llegada de los para/militares nos anuncian la desintegración de la composición familiar y el tejido social de las comunidades. Siendo estas manejadas por una cultura patriarcal, el asesinato, desaparición o coptacion de los maridos (muchas veces dirigentes o líderes varones) conlleva a que ellas tomen la cabecera económica de la familia, y se vean doblemente marginadas, ya que los trabajos renumerados para mujeres suelen ser escasos y en pésimas condiciones, produciendo así la feminización de la pobreza. También se desintegra con la violencia sexual, los embarazos no deseados, la prostitución y reclutamiento de les mas jóvenes de la familia, a cambio de drogas o bebidas.

A las mujeres las usan como botines de guerra, como mulas para transportar armas, drogas o información y los mismos paramilitares las obligan a que sean sus novias para sacarles información y sexo.

Siempre que hay militarizacion y despojo de las tierras es poque hay intereses del MegaProyecto por seguir chupando sangre. México es una de las tierras mas biodiversas del mundo, que no nos sorprenda entonces, que sea otra de las mas explotadas y militarizadas. Los MegaProyectos traen también consecuencias devastadoras para las comunidades, atacando la naturaleza, la autonomía, las costumbres ancestrales, inyectando todos sus tóxicos y con ello generando enfermedades muchos mas graves en las mujeres, ya que contamos con más grasa para albergar los productos químicos.

Pero cuando la violencia toca fondo, muchas comunidades como, en este caso, Chenalo y Chalchiuitan son desalojadas y se refugian en bosques, montañas, cafetales en las peores inimaginables condiciones. Los desplazamientos tienen un efecto devastador en tanto identidad grupal como individual. En primer lugar tienen que soportar temperaturas bajo cero, lluvias, enfermedades, hambre, sobrevivir sin casa ni lugar para sembrar. Perdieron lo de esta cosecha, por lo que se deviene una crisis alimentaria. De les 6000 desplazades actualmente, mas de 110 son embarazadas, y varias ya tuvieron a sus bebés en esta situación de abandono donde han sido despojades también de su medicina tradicional, plantas y lugares sagrados.

Aunque hay algunas organizaciones sociales y ONGs llevando víveres y medicamentos, eso no puede remediar la intensidad de la situación. El gobierno manda algunos suministros de alimentos procesados, lo cual genera problemas gastro-intestinales y diarreas porque no es la comida acostumbrada. La impunidad con la que actúan las autoridades genera aun más depresión y desgaste colectivo.

De las muertes que hay, la mayoría suelen ser niñes y mujeres. Hoy ya llevan cuatro niñes muertos en el conflicto, lo que repercute directamente en la vida emocional y psíquica de las mujeres, quienes son las que se hacen cargo diariamente de les más pequeñes. Mientras los hombres se organizan para tomar decisiones frente al conflicto, las mujeres se quedan con les niñes. De las entrevistadas por organizaciones sociales, todas demostraron temor, preocupación y enojo porque son totalmente excluidas de las decisiones de resolución del conflicto.

¿Podemos entonces llamar a esto vida? ¿O la vida nos la quitaron cuando se decidió someternos a la triple explotación por nacer mujeres, pobres e indígenas?

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Esta masacre de las mujeres es parte del exterminio de los pueblos originarios. Hace 20 años fue Acteal, hoy es Chenalo y en el medio cientos de atropellos que sólo se han vuelto públicos, porque el silencio también es una forma de exterminar.

Acá nos están matando.

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Las Abejas de Acteal organizan una conmemoración a la memoria del pueblo el 22 de cada mes. Fotos tomadas en el aniversario de septiembre de 2017

 

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