Revista Colibri | Batallas de rap entre la cultura y la mercancía
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Batallas de rap entre la cultura y la mercancía

Por Franco Marani

Es una tarde tranquila de sábado. Estalla, desde el otro lado de la plaza, un grito prolongado. En realidad, se trata de gritos que son uno, están perfectamente sincronizados. Todas las atenciones son captadas. Más allá, hay una muchedumbre congregada alrededor de dos personas que se miran desafiantes. Es un mano a mano, pero nadie se golpea. Una tercera persona compone una base rítmica utilizando su boca como único instrumento, es el colchón sonoro sobre el cual descansan las rimas de les competidores, que agitan las manos al tiempo que se gritan. Cuando conectan un buen remate (o punchline) desatan el clamor de les espectadores. Un jurado conformado por tres personas define quién se lleva el duelo, les competidores se saludan amistosamente y dejan pasar a les siguientes participantes.

 

El contenido de las batallas y la cultura

El rap es un género musical que, históricamente, ha sido capaz de interpelar a los sectores de clases subalternas. La descripción de la vida en los barrios, las desigualdades socio-económicas y el antirracismo han sido tópicos recurrentes tanto en el rap norteamericano como en el de habla hispana. Con la rima como instrumento, diferentes artistas han construido un discurso marcadamente contestatario y anti-sistema.

Si bien están circunscriptas a este género, las batallas de gallos representan una vertiente con particularidades sustanciales, en tanto que no abordan como temática prioritaria la crítica social. Les participantes se limitan a exaltar las propias virtudes en la improvisación, y a intentar reducir al contrincante. Una condición física, un traspié en la improvisación del adversario o el recuerdo de alguna batalla perdida en el pasado se transforman en blancos perfectos de los cuales sacar provecho.

Aunque no es lo único que evalúa un jurado en una competencia de este estilo, es fundamental para sobreponerse al adversario lograr su humillación. Tales intenciones no son parte, sin embargo, de lo que se denomina como la cultura hip-hop. Este es un concepto muy abarcativo cuyos principios podrían ser concebidos como contradictorios a aquellos que rigen la  dinámica de las competencias. Los valores del hip-hop son la unión y el respeto, expresa Brido en diálogo con Colibrí Revista. Cabe aquí cuestionarse, ¿por qué quienes comparten esa cultura se dedican por minutos a denostarse?  ¿Qué significado tiene el hecho de que nos parezca atractivo que lo hagan?

Es, a su vez, paradigmático que no se contemple la posibilidad de un empate. Hay uno que pierde en la medida en que hay uno que gana, pero eso sí, ninguna ofensa debe persistir una vez finalizada la contienda. Como dice el rapero de La Paternal: “uno compite, se baja y está todo más que bien, queda ahí”.

El freestyle como producto

La escena underground es de suma importancia para la propagación del freestyle, pero la masividad conseguida hoy es consecuencia del florecimiento de competiciones a nivel mainstream. Es fundamental resaltar el papel que cumplen compañías que se interesaron por el género y su difusión. Año a año, desde 2005, “Redbull” patrocina la competición de rap en habla hispana más importante del mundo, en la que participan 16 freestylers. “Nike” es otra empresa que comenzó a poner interés en estos eventos, el  12 de diciembre de 2017, organizó la “Nike Battle Force” en Vorterix convocando a una gran cantidad de competidores de renombre.

¿Qué atributos atraen a los gigantes empresariales? es difícil imaginar que en un evento organizado por una multinacional opere una lógica distinta que la comercial. Podría pensarse, por un lado, que esta atracción confirma el crecimiento que han venido teniendo las competencias los últimos años, algo en ellas puede ser vendido de manera eficiente. Hay, en la producción de estos eventos, una estética similar a la del boxeo como show. En el duelo final de la “Redbull Batalla de los Gallos 2017” desarrollada en México se ve de forma clara: un conductor sostiene las manos de los dos finalistas y grita el nombre del campeón previo a que se desate una lluvia de papeles sobre el escenario que, a su vez, puede ser asimilado como un ring en el que no se pone en juego la destreza física sino la improvisación. El evento es ostentado, publicitado y vendido como un show.

Por otro lado, es posible que las compañías vean con buenos ojos el hecho de que estas batallas no sean, salvo algunas excepciones, terrenos de denuncia al sistema vigente. Si bien perdura en la cultura cierto espíritu contestatario, en la competencia no se suele poner en juego.

Si lo que se pretende es explicar las razones por las cuales las competencias de freestyle lograron tal masificación no pueden obviarse las redes sociales. En YouTube se suelen transmitir las principales competiciones en streaming y se publican las batallas al rato de su culminación. Algunas de ellas superan, al día de hoy, las 15 millones de reproducciones.

Quizá aprovechando los parámetros sobre los cuales se rige el consumo en las nuevas o no tan nuevas generaciones, algunas cuentas de Instagram publican segmentos acotados de las batallas, lo que significa que ni siquiera es necesario consumir toda una competición para ver, a priori, los mejores momentos de una competencia.

El lugar de la mujer

Brido, rapero, afirma que “las mujeres vienen haciendo mucha fuerza en la cultura”, pero considera que “sigue habiendo muchas diferencias”. Se refiere, por un lado, al lugar que tienen en los eventos. Si bien existen raperas que compiten frecuentemente, muy pocas logran participar de eventos importantes. Kim, campeona nacional de la Redbull 2007 en Venezuela, es la única que accedió a una “RedBull Batalla de los Gallos” internacional, lo que demuestra cuán acotado es el espacio que tienen las mujeres.  Esto está posiblemente ligado a que, en una disciplina en la cual la reducción de quien se encuentra en frente es el objetivo prioritario, las mujeres son insultadas mucho más por su condición de mujer que por sus técnicas en la improvisación. Brido, por su parte, manifiesta que “a la hora de competir una chica y un chico, es inevitable que se tiren cosas sexistas”.

Una batalla paradigmática fue la que enfrentó en el 2014 a “La Joaqui” y “Papo”, dos raperes de mucho renombre que habían sido pareja años atrás.

 

-Papo: “Nena vos te vas, ya llenaste las valijas,
qué lejos que llegaste por chuparme la pija”

-La Joaqui: “No sé qué te pasa a vos, gordo careta
antes de tocarte de nuevo me coso la cajeta”

La efusión de la gente luego de aquellos remates es prueba cabal de que, en ese ámbito, es legítimo insultarse de esa forma. Urge, sin embargo, preguntarse si el hecho de que la competencia pondere la agresividad habilita a que se pueda decir cualquier cosa. Valentín Oliva (“Wos”), el subcampeón de la RedBull internacional, en diálogo con APUtv (de Agencia Paco Urondo) afirmó que “te obliga cierto marco a sentir que tenés que decir esas cosas para ganar” pero que “con las nuevas generaciones y con la nueva difusión que hay se está cambiando de a poco”.

Según Brido, se puede evitar la reproducción de las desigualdades “aplicando la utilización de conceptos al rapear, de esa manera el jurado se vería obligado a valorar más al que utiliza mejor el recurso y no cae en el bucle clásico de siempre”.

La organización de las competencias en tanto show a ser consumido, su difusión desde las redes sociales, la posibilidad que tienen de desarrollarse también a nivel underground, y el atractivo que de por sí llevan son las razones que invitan a concluir que las batallas de gallos llegaron para quedarse.  El desafío sería comprender qué cuestiones hacen a su atractivo e intentar que el valor esté puesto en la técnica de la improvisación y fijar los límites de validez de ciertos insultos sin, por esto, eliminar el espíritu competitivo que las caracteriza.

 

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