Revista Colibri | “Segun(dos)” – Vuelos de emergencia
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“Segun(dos)” – Vuelos de emergencia

Por Nicole Martin

¿Cuántos mundos caben en un instante?

Suena la chicharra del camión de bomberos. Vos estás sentado en la puerta de una Iglesia y me miras. Yo te veo a varios metros, pero cuando me doy cuenta de cómo me estás mirando ya estoy casi al lado tuyo. En teoría, te tengo que tener miedo, pero me producís algo distinto. Yo conozco esta iglesia, ¿sabes? La iglesia San Jorge está frente a mi parada de colectivo. Pasé tantos minutos observando su inscripción que ya se me ha tatuado en el recuerdo: San Jorge. Me llaman la atención las iglesias porque me recuerdan a la muerte. A esa sí que no le tengo miedo, siempre estuve segura de eso. Sí le siento una sana curiosidad. Algo parecido me pasa con vos, ahora que lo pienso.


Mi cuerpo me dice que te tengo que tener miedo, porque cuando tus ojos se cruzan con los míos y ahí mismo, se detienen, tus pupilas se agrandan, enormes, tanto que podrían morderme. Me paralizo. Camino más lento y también me detengo en vos. Estás todo sucio. Bajo los ojos te cruzan dos surcos negros (sólo dos) y te dibujan una expresión de atención, como si estuvieras muy cansado, pero usando toda tu fuerza para mantenerte despierto. Bajo la nariz aguda, una barba oscura, no negra, porque el tiempo ya empezó a pintarla de plateada. Lo suficientemente tupida como para no dejarme ver tu boca. Disimuladamente, lo intento con ganas: ahí donde está la expresión que no se puede ocultar.

Tu rostro está afinado por el hambre, puedo verte las pecas que te dejó el sol sobre los pómulos bien marcados. No me atrevo a observarte de cuerpo entero porque no puedo desviar los ojos de los tuyos. Y porque vos no miraste mi cuerpo ni una sola vez. Con las manos sobre las rodillas, seguís mis ojos. No te conozco ni vos me conoces, no sabes que vengo de trabajar, que antes de que te me cruces y tenses mi cuerpo, estaba cantando una canción bajito, o capaz que sí sabes, escuchaste cual era o leíste mis labios. No sabes que tengo olor a cigarrillo, porque cuando trabajo en el bar la noche se me impregna en la ropa y en la piel. No sabes qué pensamiento de los tantos que se me pegotean en la mente estaba cargando hasta que pasé por la puerta de la iglesia. Y yo tampoco sé de vos.

Si pudiera tener un poder ahora mismo, elegiría poder leerte la mente. Quisiera ver tu historia, no que me la cuentes. Quisiera saber qué es lo que te enamora, qué te da curiosidad. Quisiera saber dónde te sentís protegido y cuales son los lugares en donde elegís estar. Te preguntaría por tus miedos, por lo que crees que alimenta tu ser, por las personas que más queres. Pero primero quisiera saber de donde venís, o a donde crees que vas. Y es que siempre pienso en eso, en que una sólo puede saber con certeza lo que cree que va a llegar por el camino que elige estar tomando. Pero, ¿y si lo importante no fuese aquel destino si no algo que pasó frente a nuestros ojos mientras creíamos estar yendo hacia lo importante? Quisiera saber qué es lo importante para vos.

Esta sensación es tan distinta al miedo, pero aún fascinante. Me estás mirando como si fueras a comerme con los ojos, como si no tuvieras nada que ocultar. El momento controla las agujas de todos los relojes que giran hacia la derecha en este enorme mundo. Creo que en tus ojos puede caber todo eso y más. Todos los paisajes y los árboles milenarios, todos los pensamientos que se cruzan fugaces en el infinito espacio donde piensan los seres humanos, el deseo y el dolor, todos los posibles infiernos y aquellos pequeños cielos encerrados en la memoria, el frío calando hondo en los huesos y el abrazo más cálido sobre un pasto sin fin.

Todo puede caber en esas dos pupilas negras que me siguen mientras paso frente a vos, sentado en la iglesia San Jorge. En el primer parpadeo, dejo de mirarte por una milésima de instante donde tu expresión cambia, se relaja. Y ahora no sé cual es el gesto que viene primero, no sé si fuiste vos o yo quien se reflejó en el otro, pero los dos sonreímos con una sonrisa chiquita, con los labios apretados, los puños que se me cierran magnéticamente pero entre la vergüenza y la emoción, levanto la mano y te saludo, justo antes de ver como la tuya hace lo mismo. Como un hechizo, los relojes vuelven a su ritmo normal. Y mientras cruzo a mi parada, pienso infantilmente que siempre vas a estar en la puerta de San Jorge, petrificado, con tu mano levantada y la sonrisa chiquitita, saludándome como a un compañero de viaje al que presentís no volver a ver. Pienso en que estos segundos bastaron para no olvidarte más. Te conocí desde el enorme abismo de un instante y ahora, te quiero. Sí, te quiero. Llega mi colectivo.

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