Revista Colibri | ¿Cuánto más vamos a esperar?
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¿Cuánto más vamos a esperar?

Por Gabriel Bianco

El reloj del celular marca las seis y media de la tarde mientras el termómetro de la Capital Federal se mantiene cerca de los 33º afuera del local de comida saludable del barrio de Caballito. Miriam Lewin, periodista de investigación, escritora, sobreviviente de dos campos de concentración -como les dice ella a los Centros Clandestinos de Detención-, dueña de unos ojos claros en los que podes reflejarte y de un cabello rojizo como el fuego, está terminando su almuerzo-merienda. El grabador de voz está encendido.

“Putas y guerrilleras” se titula el libro que escribieron Lewin y su compañera Olga Wornat para mostrar cómo las mujeres además de ser prisioneras fueron un botín de guerra. Así, putas y guerrilleras, llamaban los torturadores a las mujeres cuando ingresaban a los distintos Centros Clandestinos de Detención. El libro se construyó con losrelatos de varias sobrevivientes.

—¿Cómo fue recibido el libro al momento publicarse?
—Hubo reacciones encontradas y contradictorias, gente que lo tomó muy bien y compañeras que aun habiendo aprobado el texto hasta el último momento previo a la publicación después recularon, tal vez por miedo a la exposición. Algunas lo vieron como una ofensa, una invasión a su intimidad. Creo que no aciertan a colocarse en el lugar de víctimas, se da cierta coincidencia con lo que les pasa a las víctimas de trata que tienen una identificación con sus explotadores y que sienten que ellas ejercían su libre albedrío. Cuando llegan a comprender que esto no fue así, que fueron forzadas, que su subjetividad estaba arrasada… a veces una hermana, un tío, o una madre, les señalan que no, que podían garantizar que ellas estaban contentas de mantener relaciones sexuales en ese contexto.

—Afirmas que Putas y Guerrilleras nació de la necesidad de entender, ¿crees que como sociedad se llegó a comprender que en los Centros Clandestinos de Detención las decisiones las tomaban los torturadores?
—Yo creo que falta mucho, nadie puede hablar si no estuvo en un campo de concentración. Acepto todos los cuestionamientos, puedo debatir y tratar de convencer a esas personas que en la situación de total aislamiento y avasallamiento de todos tus derechos, que te acerquen un abrigo, un plato de comida, que siendo una mamá joven te permitan que te contactes con el lugar donde supones, porque no estás segura, que está tu hijo, que te prometan que ese chico va a estar bien; hace que te encuentres en una situación en la que el abuso sexual es posible.

¿Y ese cuestionamiento tiene que ver con la imagen que se construyó sobre el abuso sexual?
—Mucha gente piensa que la violencia sexual en los campos de concentración se asimila a la idea errónea y clásica que tenemos de la violación: un hombre, casi siempre desconocido, que te asalta en un callejón y que te pone un cuchillo en el cuello o una pistola en la cabeza. En general no ocurre de ese modo. De la misma forma, la violencia sexual dentro de los Centros Clandestinos de Detención no se daba siempre igual, hubo situaciones en las que se ejercía violación con violencia y con empleo de la fuerza, y otras en las que existió un manejo extorsivo. A mí me lo dijo claro un fiscal especialista en esto, Pablo Parenti, aunque la víctima diga que hubo consentimiento, aunque diga “yo lo amaba, estaba enamorada de él” o “era el hombre de mi vida”, no se puede hablar de consentimiento en un campo de concentración, porque no sos vos, porque estás alienada y esto es lo que las compañeras y buena parte de la sociedad aún no entiende.

Miriam tenía 19 años cuando el 17 de mayo de 1977 la secuestró un grupo armado de la Fuerza Aérea. Fue llevada al Centro Clandestino Virrey Cevallos donde permaneció alrededor de diez meses y medio hasta ser trasladada a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Estuvo desaparecida hasta 1979. En 1981 le permitieron salir del país.

En tus libros Ese Infierno (2006), Putas y Guerrilleras (2014) y Skyvan (2017) haces referencia a ser sobreviviente, al por qué se sobrevivió, ¿escribir estos libros te sirvió como respuesta a esa pregunta?

—Yo creo que hay una obsesión por la justicia y la igualdad que me inculcó desde muy chica mi papá. Él era un gran tipo, un autodidacta que murió leyendo las obras completas de Shakespeare en ingles. Me compraba libros anarquistas, a los ocho o nueve años me enseñó a hacer instalaciones eléctricas porque decía que la mujer no podía ser una inútil. Era muy especial. Me parece que todo eso que absorbí de chica primero lo volqué en la militancia y luego cuando sobreviví, en mi profesión, que la tomé como la militancia por otros medios.

El 23 de noviembre de 2015, un día después de que Mauricio Macri fuera electo presidente, el diario La Nación publicó el editorial “No más venganza” en el que casi se le exigía al nuevo Gobierno que revisara “el vergonzoso padecimiento de condenados procesados e incluso de sospechosos de la comisión de delitos cometidos durante los años de la represión subversiva y que se hallan en cárceles a pesar de su ancianidad. Son a estas alturas más de trescientos los detenidos por algunas de aquellas razones que han muerto en prisión, y esto constituye una verdadera vergüenza nacional”. El texto fue criticado por sectores políticos, periodísticos y gran parte de la opinión pública. Sin embargo para Miriam no fue ninguna sorpresa.
“Yo creo que hubo un pacto que se ve, se percibe. Lo que el actual Gobierno le prometió a los represores antes de asumir, en esas reuniones que estoy segura de que existieron, es lo que está pasando ahora y se hace de manera encubierta y con cuentagotas. Porque en prisión domiciliaria no están solo Miguel Etchecolatz y Norberto Bianco, sino que lo están la mitad de los represores, y en la Argentina la prisión domiciliaria se parece demasiado a la libertad. No hay obligación de que lleven tobillera, el único control es el control social, que el vecino lo filme saliendo de su casa o que los chicos de H.I.J.O.S hagan una guardia y lo “pesquen”.

—¿A nivel Justicia crees que el editorial tuvo algún tipo de influencia?
—Mi visión de la justicia es bastante escéptica. Yo creo que va para donde la lleva el viento de la política. Aquellos jueces que se mostraron muy comprometidos con la cuestión de los derechos humanos dudo mucho que lo hayan hecho por una profunda convicción, sino que lo hicieron, más bien, porque precisamente para allí iban los vientos. Vientos que con el cambio de época empezaron a soplar hacia la derecha y por eso se les empezó a conceder a los represores visitas al dentista o meses de vacaciones en la costa.

—La Diputada Elisa Carrió pidió “justicia para esos militares que con ochenta años se están muriendo en la cárcel”, ¿pensar de esa manera es devolverles su forma humana?
Nadie está pidiendo que se los torture, ni la pena de muerte, ni ninguna de las Madres o las Abuelas de Mayo, durante los 20 años de impunidad que rigieron las leyes de perdón, hicieron justicia por mano propia, que no hubiese sido justicia porque nunca puede ser por mano propia. Sí hubo casos muy aislados donde algún represor se ligó una trompada en un semáforo o alguno que fue increpado en algún restoran, nada más. Se los llevó a juicio y fueron incontables los testimonios que los incriminaron, pudieron explayarse durante horas y horas en su defensa, tuvieron acceso a defensas privadas y defensores públicos, ya está. La Argentina se constituyó en referente en políticas reparatorias y punitivas en el mundo,  nunca nadie llegó tan lejos. Esto debería ser un orgullo y transformarse en una política de Estado, como el mismo Mauricio Macri dijo. Ahora parece que están intentado borrar aquello que prometieron en campaña porque en aquel entonces les parecía políticamente correcto. De todas maneras es evidente que esto hizo carne en la gente, incluso en algunos votantes de Macri, porque la manifestación contra la aplicación del 2×1 fue muy grande.

—En la misma línea que Carrió, el Diputado Nicolas Massot declaró: “Con los años setenta hay que hacer como en Sudáfrica y llamar a la reconciliación”, ¿crees que sería posible?
La reconciliación fracasó en Sudáfrica. Yo estuve en un seminario en Kabul donde me tocó exponer junto con un abogado que había trabajado con Nelson Mandela y diseñado ese proceso de reconciliación. Ahora es un alto Funcionario de Naciones Unidas. Después de que yo hice mi exposición, al pie del escenario, me tomo las manos, me miró a los ojos y me dijo “yo le pido perdón, nosotros hicimos lo que pudimos”, me estaba admitiendo que nuestro proceso de no reconciliarnos si no hay arrepentimiento, si no hay justicia primero, era lo ideal, y que ellos, por una correlación de fuerzas determinadas o por miedo a que se derramara más sangre, eligieron otro camino que finalmente no les resultó.

Para Miriam es fundamental “reescribir la verdadera historia”, por eso, “escribimos junto a otras cuatro sobrevivientes de la ESMA ‘Ese Infierno‘, que hasta hoy sigue siendo un clásico de referencia y como ya está agotado lo subimos a la web para que esté a disposición de todo el mundo. Nuestro objetivo desde que se publicó fue que las nuevas generaciones pudieran leerlo cuando nosotras ya no estuviéramos. Lo mismo con Putas y Guerrilleras, escrito junto a Olga Wornat, porque si después de treinta años no podemos contar la verdad de lo que pasaba puertas adentro de los campos de concentración, ¿cuánto más vamos a esperar?”.

—En 1985 cuando declaraste en el Juicio a las Juntas la democracia todavía se estaba construyendo. Teniendo en cuenta que los militares seguían siendo poderosos, ¿tuviste miedo?
Cuando declaré no fue miedo lo que sentí, sino cierta duda, la democracia era muy reciente y veníamos de una larga historia de movimientos pendulares entre gobiernos civiles débiles y dictaduras militares. En ese momento, todos declarábamos con el bolso preparado y el pasaporte en el bolsillo porque no sabíamos qué iba a pasar. En cambio ahora, si se avecina una época donde uno empieza a tener miedo porque no hay un Estado que nos respalde, que este de nuestro lado, o ni siquiera un Estado imparcial. Por el contrario, el Estado está definitivamente encolumnado con los violentos.

21 años después del Juicio a las Juntas a Jorge Julio López lo desaparecieron por segunda vez en su vida. La primera fue en 1976, la segunda el 18 de septiembre de 2006, un día antes que se dictara la condena a prisión perpetua para el torturador Miguel Etchecolatz. Un día antes que el ex policía, mirando hacia el sector donde estaban Estela de Carloto y familiares de desaparecidos, escribiese en un papel Julio López.

“Julio López no fue un hecho totalmente aislado, podemos decir que hubo otros intentos de generar otros Julio López” afirma Miriam y agrega: “Ahora están empoderando a los sectores más oscuros y autoritarios, no solo mandando a la casa a Etchecolatz, sino recibiendo a un policía –Luis Chocobar- que en el mejor de los casos se excedió en sus funciones asesinando a un chorro. Lo que yo veo en el vídeo, que tendrá que ser analizado, es un pibe totalmente indefenso en el piso y un tipo que le dispara a quemarropa. Para mí eso es un asesinato. Las fuerzas de seguridad, que deberíamos llamar de inseguridad, están siendo envalentonadas, los alientan a que ejerzan esta violencia descontrolada e ilegal”.

Miriam estudió periodismo en la Escuela de Periodismo del Instituto Grafotécnico. Su profesor de Técnica Periodística, Eduardo Suarez, además de ser docente era militante de Montoneros. Él sostenía que en la Argentina no existía la objetividad periodística y que no había libertad de prensa sino libertad de empresa. Esa frase quedaría grabada en la cabeza de Miriam ella coincide en que “la objetividad periodística es una fantasía”, porque “todo el mundo tiene su ideología, yo no miro la realidad con el mismo cristal con que lo mira Baby Etchecopar, Marcelo Bonelli, ni siquiera con el que lo mira Víctor Hugo Morales, cada uno tiene su propio punto de vista. Se cree que el periodista puede transformarse en una suerte de científico que registra los hechos y no les pone una carga. Esto no es así, cada vez que uso un artículo, un adjetivo, pongo un punto o edito una nota, la estoy ideologizando y por más aséptica que parezca hay un pensamiento atrás”.

—Se suele decir que el periodismo está en crisis a nivel mundial, ¿cuál es tu mirada sobre la profesión en nuestro país?
Hay un empobrecimiento de la agenda producto de la época de confrontación en la que vivimos. Hay un montón de cuestiones que cada una de las facciones estima que son urgentes y de esa manera se relegan cosas que son importantes. Lo urgente y la conveniencia política están obturando cuestiones como: ¿qué pasa con los agrotóxicos en la Argentina? ¿qué pasa con la minería en nuestro país? ¿qué oculta el uso de las redes sociales en cuanto a producción de información para los Servicios de Inteligencia? Son temas que nadie toca. Lo que importa es el lavado de dinero de Ángelo Calcaterra de un lado, y las maniobras de Lázaro Baez y Cristóbal López del otro. Si ahora en una investigación periodística no hacés “caer” un ministro, no sirve, mientras que nosotros en Telenoche Investiga, que yo considero como la época de oro del periodismo argentino, hacíamos notas que tenían que ver con la corrupción, con fenómenos sociales, con la contaminación, con la educación, con un montón de cosas. Ahora todo eso no existe sumado a que el nivel de prueba que tienen muchos de los programas de investigación es muy cuestionable.

—Si pudieses volver el tiempo atrás, ¿qué le dirías a esa Miriam Lewin adolescente que trabajaba en la fábrica de lamparitas?
(Miriam se toma unos segundos para contestar) Le diría: “no te inmoles y procura por todos los medios de que tus compañeros y amigos no se inmolen tampoco”. Somos una generación que se prendió fuego, que se inmoló cuando la correlación de fuerzas era absolutamente desfavorable. Tendríamos que habernos protegido de otra manera.

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