Revista Colibri | El amor, la identidad y otros detalles vitales
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El amor, la identidad y otros detalles vitales

Por Ana Gabriela Iriarte

Título original: Lady Bird. Año: 2017. País: Estados Unidos. Director: Greta Gerwig. Guion: Greta Gerwig. Elenco: Saoirse Ronan, Odeya Rush, Lucas Hedges, Lois Smith, Timothée Chalamet, Laurie Metcalf. Música: Jon Brion. Fotografía: Sam Levy. Montaje: Nick Houy. Producción: Eli Bush, Evelyn O`Neill, Scott Rudin Género: Drama. Duración: 93 minutos. Fecha de estreno: 01-03-2018. Apta para mayores de 16 años.

 

 

 

Hermana Sarah Joan: Se nota cuánto amas Sacramento
Lady Bird: Supongo que le presto atención
Hermana Sarah Joan: ¿No crees que es lo mismo?

La ópera prima de la realizadora indie Greta Gerwig nos cuenta una historia sencilla: una adolescente de Sacramento, el lado menos glamoroso de California, transita su último año en un colegio católico a principios de los 2000, en el seno de una familia con problemas económicos. Sin embargo, Lady Bird, quien se ha dado a sí misma este nombre, no es un personaje tan sencillo, ni ésta es la clásica coming of age movie, ese género cinematográfico que muestra el crecimiento de un personaje desde la juventud a la madurez y que Hollywood tanto explota en sus películas.

El personaje de Lady Bird, interpretado por la talentosa Saoirse Ronan (nominada por tercera vez al Oscar), se nos presenta en todos sus matices y contradicciones: con momentos de rebeldía brillantes (como cuando discute con una oradora antiabortista en su colegio), otros de una fragilidad intensa (que es mejor no spoilear), y muchos agridulces, de esos que conforman una vida cualquiera (como casi todas las escenas con su madre). Son esos momentos las pequeñas piezas que van conformando ese mosaico que es Lady Bird.

Como la identidad no es algo que se construya en soledad, uno de los grandes aciertos del film es la honestidad con la que explora los vínculos que dan forma a la vida de la protagonista. Sí, hay mucho amor, pero poco tiene que ver con lo heteronormativo (de hecho, las relaciones de Lady Bird con sus dos novios resultan bastante decepcionantes). El amor real que experimenta la joven es el que siente por su mejor amiga y compañera en la marginalidad, Julie, con sus propias idas y vueltas; por su severa y exigente madre, una implacable Laurie Metcalf, con la que comparte una relación tan intensa como conflictiva; por su querido Sacramento, la ciudad que tanto conoce y que se gana un lugar propio como un personaje más del film.

Otro acierto es que, contrariamente a muchas coming of age movies, Lady Bird no es naíf, pero tampoco roza jamás el cinismo o la amargura; incluso aquellos personajes que en algún momento de la trama hieren a la joven, encuentran eventualmente algún detalle o gesto de redención: como su primer novio, a quien descubre engañándole con otro chico, y con el que luego protagoniza una de las escenas más originales y conmovedoras del film. Podríamos decir que Lady Bird sobrevuela constantemente las convenciones del género, sí; pero no se deja cortar las alas.

La mirada de Gerwig al Sacramento de su propia infancia y adolescencia, a la vez despiadada y nostálgica, otorga a la película una intimidad inusual que consigue movilizar al espectador. A esto contribuyen un trabajo edición preciso y un acompañamiento musical acertado, que potencian un guion cuidadoso y atento a los detalles: un gesto real de amor, como señala el diálogo del film que inicia esta reseña. Como Lady Bird  no se alzó con ninguna de las cinco estatuillas para las que estuvo nominada en los últimos Oscar, corre por cuenta del boca en boca que no caiga en el olvido en unos pocos meses.

A modo de maridaje cultural, sugiero acompañar Lady Bird con:

  • Persépolis, novela gráfica. Porque Marjanne Satrapi, en un contexto muy distinto, nos ofrece su propia y desgarradora historia acerca de la búsqueda de su identidad, entrelazada a la historia de su Irán natal, y es imposible salir ilesos de ese viaje.
  • Horses, la ópera prima de Patti Smith. Nadie mejor que una pionera del punk intelectual y comprometido para recordarnos la importancia de la afirmación de nuestro yo: “My sins my own, they belong to me, me” (Mis pecados son míos, me pertenecen a mí, a mí).
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