Revista Colibri | Soldado argentino sólo conocido por Dios
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Soldado argentino sólo conocido por Dios

Por Nicole Martin

Las guerras no se ganan. Los que sobrevivimos quedamos muertos en vida. Y los que no, ni siquiera. Mi nombre es Gustavo y tengo 52 años. En la guerra sólo hay dos caminos a seguir: matar o morir. El arma que me habían dado mis superiores no funcionaba, así que sólo me quedaba esperar a que algún par de ojos me mire por última vez. Caminé con las mismas medias mojadas durante 65 días a la par de la muerte. Incluso una tarde me pasó por arriba de la cabeza.

En abril de 1982, estaba parado encima de una loma cuando escuché el ruido del primer avión. Todavía no había empezado oficialmente la guerra. El zumbido provocó una psicosis general. Yo sólo pensé en mi padre, sufriendo en casa. Por mí, por él. Por todos los pibes de veinte años que nos estábamos consumiendo del frío en un pozo de zorro, debajo de la tierra, esperando la muerte. La tragedia no era esa, sino que no habíamos vivido ni un cuarto de nuestras vidas y ya rezábamos para que se termine. Así se iba a ir el frío y la incertidumbre de no saber cómo iba a terminar esta mierda.

Observé cómo un avión averiado descendía en mi dirección a doscientos metros. Las balas lo cruzaban y le hacían agujeros por todos lados. Era como un tren que bajaba en picada directo a mi nariz. No me moví. Quería que me partiera la cabeza al medio. Que me rebane las mismas tripas a las que no les quedaba fuerza para crujir de hambre. Que se muera conmigo la sensación de no saber cuándo iba a comer otra vez.

Pero no. El avión pasó por encima de mí y cayó en un arroyo a cien metros. El piloto no eyectó. Todos esperamos atentos a que un helicóptero o alguna lancha inglesa vinieran a rescatar a sus tripulantes. Pero tampoco.

El piloto se llamaba Gustavo Argentino García Cuerva y se murió esperando que su país lo rescate. El suyo fue el primer avión derribado en Puerto Argentino. Era de los nuestros. Hundido por nosotros.

La muerte del piloto argentino asesinado por argentinos me afectó considerablemente más porque el pendejo llevaba mi nombre. No quería estar ahí viendo llorar a mis compañeros por el avión que habíamos tirado. Quería volver a quinto año del secundario y estar con mis amigos. No quería conocer a la muerte de tan pibe. Quería estar vivo un ratito más. Pero no.

La justicia no existe. Antes de conocer Malvinas suponía que las cosas sucedían según un extraño pero justo orden de las cosas. En que cada uno recibe lo que se merece y ya. Suponía que si estaba sacrificando mi juventud para servir al país, iban a darme de comer y a servir como a un soldado de la justicia. Pero no, tampoco. Ahí descubrí que las vidas de mierda son asignadas al azar por el dedo gordo y sano de los hijos de puta que manejan el mundo.

 

La mitad de los caídos en Malvinas lo hicieron en el crucero General Belgrano. Se hundieron como una piedra en el mar. Seguro había más de un Gustavo ahí. Hice el servicio militar obligatorio en el Regimiento de Infantería de La Tablada. Por puro azar. Si en vez del ejército, me hubiera tocado luchar por la patria al servicio de los militares en el cielo o agua, sería un fiambre. Uno sin nombre, porque no me dieron chapa identificatoria. Sería otro soldado argentino sólo conocido por Dios, como dictan las lápidas del cementerio de Darwin. Así descansan la mitad de los 237 compañeros que se quedaron debajo de la tierra de las islas.

El 14 de junio de 1982 volví de Malvinas -o capaz no, que se yo-. Lo que más me dolió fue perder la adolescencia. Esa sensación de tener el futuro agarrado tan fuerte que incluso te podes hacer el boludo, vivir el presente sabiendo que el futuro está entre las piernas de cualquier mina que te dé bola. Porque eso es lo único que te importa.

Cuando volví quería ser invisible para el resto de la humanidad. Para mis viejos, que querían imponerme el olvido como podían. Para mis compañeros de escuela, que me daban palmadas en la espalda creyendo que era un héroe por haber matado a un inglés.

Para mí mismo, que no me daban los huevos para decirles que había estado metido en un pozo bajo la tierra 65 días. No pude matar a nadie.

Para el resto del país, que no paraba de hablar del mundial, de Maradona, de la crisis y de más mierda. Y yo que pensaba que al volver, el dolor nos lo iba a sanar nuestra patria. Esa por la que estuvimos cagándonos de hambre y de frío, y ahora quería que escondiéramos la vergüenza de haber sido derrotados como ratas. Como zorros debajo de la tierra.

Pero no, tampoco.

 

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