Revista Colibri | ¡Vuelen corpiños al viento!
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Cuando cumplí once años mi mamá llegó a casa con un regalo. Entusiasmada lo abrí, sin embargo  me desilusioné al encontrarme con un corpiño blanco, sin aro pero con un duro elástico que al probarlo sentí que me cortaba la respiración.

A veces no lo usaba, realmente me molestaba y cuando no lo hacía me marcaban que se me iban notando “las tetitas” y eso no estaba bien, empecé a sentir vergüenza de mis pezones. Pezones de púber, porque más adelante cuando mis tetas ya estaban desarrolladas, comenzaron a ser “deseables” y  la televisión afirmaba que cuanto más se me marquen, más le iba a gustar a los hombres. Entonces me puse el corpiño y no me lo saqué más. “Mejor así no se te van a caer”, “El corpiño combate las estrías”, “Cuanto más armado es el corpiño mejor te las va a agarrar y no se te van a mover para todos lados”. Y si se me caen, ¿qué? Y si tengo estrías, ¿qué? Y si se me mueven ¿no es acaso natural?

Hoy , con tetas que superan los 90 cm, aquella supuesta norma ideal, dejé de usar corpiño. A la mierda las imposiciones, me dije. Pero no fue tan fácil, dejar de usar corpiño es enfrentarse a este sistema patriarcal, que no acepta tetas que no sean para eroticidad y consumo masculino.

En nuestra vestimenta diaria, en nuestro deseo, y hasta en nuestro propio cuerpo. En cada parte del territorio que somos se manifiesta una intensa batalla. El patriarcado intenta reforzar su dominio una y otra vez. Impone desde que nacemos leyes, normas, reglamentos, conductas y la mayoría disfrazadas de supuestos cuidados.

La historia de Bianca la sentimos todas de cerca, sancionada en su escuela,  por llevar sus tetas libres del dominio del corpiño, prenda que la propia mujer debería decidir si utilizar o no. Si el objetivo de la sanción fue dar una enseñanza, fue clara la justificación: no distraer a los varones -¿ni a la rectora?-. Pero se opacó la verdadera lección que se podría haber dado, que pasaba por el respeto. A todes sin importar la elección de vestimenta que hagamos, ni el género implicade.  En vez de enseñar a las mujeres a evitar abusos o violaciones, deberíamos enseñar como sociedad a los hombres a no abusar ni violar.

A su vez, las respuestas y las reacciones que vinieron luego son también una muestra clara de lo que hay que derribar y volver a construir. “Entonces yo dejo de usar calzones”, se escuchó en la radio. Parece mentira que aún hoy en día tengamos que aclarar que las tetas no son genitales y que no es lo mismo un pezón que un pene o una vagina.

En cada pequeño ámbito de la vida diaria hay grandes revoluciones por hacer.  Tantas cuestiones para enterrar con alegría a las sociedades rancias y su pulcritud.  Y las pibas lo sabemos. Y nos bancaremos las sanciones o lo que venga. Porque son transformaciones que se juegan en nuestro cuerpo. Y en ese territorio ya no deciden les demás.

Foto: Verónica Ape

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