Revista Colibri | A parir al matadero
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Por Luz Rodríguez


“Mi título universitario es de Obstétrica pero decidimos hacernos llamar parteras, que es lo que comunmente se llamó siempre a la mujer que acompaña a otras mujeres en el embarazo, en el parto y después del parto; como nos confunden con médicos (y no somos médicos) decidimos tomar esa identidad de nuestras ancestras.

Alejandra Mazzeo es partera. Mejor dicho, practicante del parto humanizado y fiel militante contra la violencia obstétrica.

-¿A qué te dedicas y cómo se vincula lo que haces con el parto respetado?

Hice la formación de partera y mis practicas fueron en un hospital público donde prácticamente no se intervenían los partos, con lo cual mi formación fue de mucho respeto por la fisiología: aprendí de los tiempos, del acompañamiento, del cuerpo a cuerpo con las mujeres en el trabajo de parto, de recibir a los bebés y devolvérselos a su mamá rápidamente. 

En un momento me crucé con una colega que estaba con la inquietud de atender partos en casa, una partera francesa que venía de una formación de su país (porque en Francia los partos en casa son a elección libre de las familias) y estaba buscando una partera compañera; nos encontramos en un foro y ahí arrancamos hace 20 años, más o menos, a atender partos domiciliarios.

Las parteras, fuera del sistema, tienen un trabajo de acompañamiento a las mujeres en sus necesidades singulares: tiene que ver con su historia, su salud, su familia, su ámbito, donde viven y desarrollan su vida y su actividad; trabajan en ámbitos alejados de las grandes ciudades, donde no tienen acceso al sistema de salud. Después están las parteras u obstétricas que trabajan en el sistema de salud bajo protocolos médicos. Yo soy una, trabajo en el sistema de salud, desarrollo mi actividad en CABA y en la provincia de Buenos Aires. El 90% de los partos que acompaño y asisto son en domicilio.

Alguna vez alguna pareja viene con la inquietud, con esto de querer hacer el trabajo de parto en casa pero parir en una institución; y así ocurre: acompañamos en casa y en algún momento decidimos irnos a la institución, internarnos y que el bebé nazca, pero no bajo el protocolo estricto de las institución.

 

-¿Qué es el parto respetado y qué propone? ¿Qué diferencia hay con el parto “clásico”?

-Actualmente se habla de parto respetado casi como si fuese una técnica y me parece terrible porque en realidad todos los partos deberían ser respetados: acompañados con la singularidad, la necesidad de cada mujer y cada familia. El respeto a los tiempos, el descanso, tomar la posición que necesiten en cada momento, sea que puedan moverse, comer, tomar líquido, estar acompañada por las personas que ella elija. Pero eso no ocurre en el parto intervenido. Las mujeres son todas encerradas en protocolos médicos -muy rígidos, cada vez más-, tienen un tiempo de gestación equis: los protocolos médicos de hoy hablan de internar a la mujer en la semana 38/39 para inducir el nacimiento.

Alejandra comenta que, a la hora de intervenir en la asceleración del nacimiento, a la mujer se la acuesta y -con suero de por medio- se la conecta a lo que se conoce como Monitor Fetal, para poder visualizar los latidos del feto durante la aplicación de la hormona Oxitocina, aquella que aumenta las contracciones y “genera ciertas modificaciones del cuello del útero para lograr la dilatación y la rotura de la bolsa”.

La Ley N°25.959 de Parto Respetado, sancionada en el 2004 y reglamentada en el 2015, establece el respeto biológico y psicológico de los tiempos de la parturienta y el ser considerada persona sana. “Si bien hay una ley, tiene dificultades de aplicación. Ediliciamente el sistema de salud no está preparado para que la mujer trascurra el trabajo de parto en intimidad, porque son salas grandes con varias camas y el personal de médicos y parteras no esta entrenado para el trato personalizado” afirma Mazzeo.


-¿Qué sucede en los casos de aquellas mujeres que deciden u optan por un parto medicalizado?
-La mujer no está debidamente informada para poder elegir, ese es el punto. Muy pocas mujeres pueden confrontar al obstetra y decir “Yo no quiero esto”. La mayoría de las mujeres que no están informadas no pueden elegir, entonces el parto es medicalizado y conducido por el médico que las atiende durante todo el embarazo. “No te preocupes, de eso me voy a ocupar yo, vos sólo vas a hacer como yo te diga”, le dicen. Si la mujer estuviese informada, de que primero tiene derecho a decidir cómo quiere parir y de cuáles son las opciones, menos elegirían tener una cesárea programada.

Las famosas cesáreas de urgencia terminan siendo la consecuencia del estrés vivido por las futuras madres a raíz de todas las maniobras y presiones que sufren durante el parto institucionalizado: toparse con profesionales que no saben, no recibir indicaciones claras sobre cómo se va a proseguir y qué puede suceder y que se les apliquen drogas sobre sus cuerpos sin consentimiento. Según la OMS en Argentina, el 50% niños nacen de cesárea, cuando el porcentaje ideal debería ser entre 10% y 15%.

-¿Qué medidas legales existen para protegerse de los abusos del protocolo existente?
Existe lo que se llama el Plan de Parto, donde la mujer expresamente puede pedir que no se haga ninguna de estas intervenciones -salvo que sea necesario por cuestiones de salud de ella y el bebé- y que ellos pueden firmar y presentar en la institución. De ahí a que esto se cumpla hay un abismo porque el que termina teniendo el poder de decidir es el médico. Y hay lugares donde se pueden denunciar: un Observatorio de Violencia Obstétrica, donde cada vez más mujeres denuncian violencia tanto física como emocional. Pero también son pocas las mujeres que logran darse cuenta que todas estas intervenciones, tanto en el cuerpo de ellas como en el de los bebés, son violentas, no necesarias, causan un daño a la salud. Básicamente más información: las mujeres tienen que tener más espacios donde escuchar, hablar, preguntar, leer, informarse, saber que es su cuerpo, su proceso, que es su hijo el que va a nacer.

 

 

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