Revista Colibri | El puente – “Vuelos de Emergencia”
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El puente – “Vuelos de Emergencia”

Por  Nathan Tagino

Imagen por Marina González Eme

El baño de mi casa es normal, ni muy grande ni muy chico. A medida, digamos, justo.
Nunca lo había notado pero es un lugar en el que se puede pensar y deducir cosas que estaban en el aire e imposible de agarrar y descifrar. Una ventana de 30×30, una cortina a cuadros, un inodoro sin bidet, un lavamanos celeste, una toalla negra de puntos blancos y una puerta hueca hecha de cedro.
Soy un mal hijo. No sé si es culpa mía, de mi educación o de mi familia pero debo hacerme cargo y lo voy hacer, me echo la culpa, reitero, me hago cargo. Toda responsabilidad la expropio y la adhiero, ahora es mía. Quizás sea el principio de psicopatía, falta de empatía, de que me importa muy poco las demás personas, pero es innegable —ya lo han hecho ciertas filosofías— el instinto de individualidad. Quiero dejar por escrito el amor profundo que le tengo a mis hermanos, el lazo mas horizontal que existe en el sistema familiar, y a pesar de que tengo cuatro, mi hermano segundo se ganó mi corazón, por haber vivido a mi lado casi toda mi vida y espero que los otros tres sepan perdonarme y entenderme. No hay nada que hacer. Él ha sido mi fiel compañero y espero que de él aprendan todo, o lo que les sirva.
Mis padres nunca me planearon, eso no impidió que me criaran y me brindaran calor, aunque la maternidad y paternidad no se trata sólo de alimentar y dar frazada, pero reprochar está de más, ya que ya vine al mundo y en él deba quedarme. Pero tengo un espíritu desafiante y no me importa más nada, todo lo que venga es tan solo un acto de rebeldía, de insurrección no tan pensada. Pero así debe ser, como todo impulso, debe ser escuchado y llevado a puño y letra, que se vierta la sangre y que se tome en copa, gusto metálico, indescriptible. La vida es un tirón, una obligación, un porvenir que tiene fin, un fin que no acepto ni pienso aceptar jamás, lo creo injusto, inexplicable. Me voy a sacar un peso de encima poniéndome mucho peso, ¡ vaya paradoja!
Es como encarcelarme a mi mismo, un sacrificio poco grato, pero entendible.
No necesito el fuego de los dioses porque ya estoy quemado. Caminando por la cuerda floja quizás me caigo, es lo que quiero. Lo que estoy buscando. No hay vuelta atrás ni tiempo para arrepentimientos, cuando una bomba explota, explotó… solo queda el llanto —si es que se quiere.
Es de noche, hace un frío que pega en los huesos. Una nota desafinada puede quedar bien según su melodía.
Busco piedras, de las mas pesadas. De esas que no se pueden maniobrar ni agarrar. El final está cerca.
Me siento en el borde. Veo el cielo, contaminado. Veo el agua, contaminada por tantos deshechos industriales. Me ato los cordones, pero me los ato de manera que las dos zapatillas queden unidas para siempre, y sobre ellas me ato todas las piedras inmaniobrables que encontré. Las ato bien atadas. Me doy un respiro. Me doy un tiempo para presenciar y admirar el puente que une a La Boca con el Docke, huelo su podredumbre. Me encanta, no hay mejor perfume. Y sin vueltas, sin ninguna duda, confirmo que el peso esté asegurado y me tiro hacia adelante. Respiro profundo, es mi último respiro. Digo adiós, nos veremos pronto.

BIO: Poeta para morir y renacer.

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