Revista Colibri | Lo insostenible de la incoherencia
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Lo insostenible de la incoherencia

Por Luz Rodríguez y Micaela Petrarca

“A mí lo que me preocupa es la coherencia en la vida, que vos descubras que lo que yo te digo es verdad, que sepas que mi vida tiene que ver con esto que te digo, que no salgo y soy otro tipo. Eso es lo que me preocupa”,  Omar Pacheco – 25/7/2017, Revista Colibrí

Luego de haber sido acusado de abuso, estafa moral y económica, humillación, precarización laboral y del escrache público, Pacheco se suicidó. Su miedo sale a la luz, sus alumnas lo visibilizan, dan cuenta de su incoherencia, de la hipocresía en sus palabras. De la violencia de sus acciones, del abuso de poder. Muestran públicamente la cara real de Omar que durante 37 años de trayectoria buscó ocultar con su metodología de trabajo inestable. Su suicidio fue una acción que refleja lo insostenible de su incoherencia.

   Existe un esquema víctima-victimario: relaciones de poder desiguales, dentro de las cuales un grupo o persona ejerce poder sobre otro grupo o persona, en palabras de Marcela País Andrade, doctora en Antropología Social e investigadora del CONICET, en diálogo con Colibrí Revista. “En este caso concreto, por un lado, uno podría pensar que está la víctima, que son las pibas que denuncian, y el victimario que es Pacheco. El suicidio vuelve a aparecer como el hecho moralizante, culpabilizador, que muestra que hay algo en la sociedad que no funciona, que toca lo íntimo, y que también pone al suicida como víctima en un sistema que lo oprime, y en este caso lo que hizo Omar fue reproducir ese sistema, que cuando se vio atrapado se terminó matando”, explica.

   El centro no está allí. El mensaje debe estar en la voz que sale y visibiliza experiencias y realidades para que la violencia no se vuelva a ejercer, para que la manipulación no sea dominante de la sensibilidad, ni de las emociones, ni se adueñe de cuerpos que buscan expresar belleza. Y para seguir resignificando las diversas formas que existen de abuso, violencia y poder.

“Nosotras seguimos enfocadas en nuestro afán de que esto no vuelva a suceder. Estamos seguras de que en este momento les está pasando a otras mujeres, en otra colectiva artística. Porque la cuestión de la sensibilidad y la vulnerabilidad en el arte es real y es verdad que es necesaria para producir, entonces ¿cuántos hay que se están aprovechando de eso?”, expresa Luciana C, ex-miembra del último grupo de teatro de La Otra Orilla.

 

-¿En qué consistía la metodología de trabajo?
-Nosotros trabajábamos con una metodología muy desde el cuerpo, que planteaba que nosotros tenemos internamente una gran verdad (en lo que yo creo, en lo que una persona sensible cree) y que tenemos que hacer un proceso para desprendernos de toda la educación formal que tenemos, en el sentido de que no te conecta con la sensibilidad. Con una fuerte crítica hacia la iglesia, trabajábamos mucho desde el despojo de nuestros hábitos más mundanos, y había una marcada diferencia entre el adentro y el afuera: el adentro era donde vos podías confiar, donde te podías vulnerar, abrirte lo máximo para poder encontrarte con vos mismo. Una cuestión muy ritualica se podría decir. Esas críticas tienen que ver con nuestra ideología, entonces desde ahí el abordaje del método.

-Proponía entonces cierta docilidad…
-Absolutamente. Al principio tenés algunas charlas con él, pero te plantea que no quiere tener mucha información de vos porque la descubre en tu cuerpo. Él te va haciendo diagnósticos personales sobre lo que vos tenías que trabajar. Hacía una relación entre cómo nos desempeñábamos en las producciones y el trabajo en los talleres. Un gran ojo presente y todo lo que pasaba ahí adentro era no solo artístico sino también personal, filosófico. Él tenía muy construido un discurso ligado a lo ideológico: dejarse vulnerar a pleno, entender que acá uno puede confiar plenamente y que acá está “cuidado”. Había muchas cosas que a nosotras nos interpelaba, desde lo estético, lo humano. “Nosotros estamos acá para contenernos, para acompañarnos, porque el afuera es muy hostil”.

La vulnerabilidad era un eje central de su metodología. ‘Vos te podés vulnerar, podés trabajar; si no, no podés acceder a esa verdad, no podés comunicar’”

-¿Se sintieron estafades?
-Desde todos los frentes: emocional, usando información que le proporcionábamos para manipularnos. No importaba los años que estés, vos tenias la misma limitación, no crecías nunca. Y económica: nosotros sosteníamos el teatro, limpiábamos, nos encargábamos de los trámites, el mantenimiento de los objetos y el espacio, viernes y sábado, sin excusa, teníamos función. Sostener no sólo las obras sino todo un proyecto que implicaba seguir dando talleres. Todo el tiempo estaba detrás nuestro el peso de que éramos los sostenedores del proyecto pero a su vez a nosotros nos martillaba con que no estábamos a la altura: nunca entregábamos lo suficiente, cualquier cosa que se pudiera entender como un error y una debilidad ya era porque no estábamos entendiendo. Tampoco se nos reconocía. Hacíamos todo lo que hubiera que hacer, relegando muchas veces nuestro crecimiento artístico por sostener un proyecto que no iba a ser para nosotros.

Además, hubo una estafa con la compra, en el 2001, del teatro “La Otra Orilla”, ubicado en el barrio de Once. Lugar que se compró con la inversión del dinero que recibieron hijos e hijas de desaparecides como indemnización. Con el paso del tiempo, aquellos que habían invertido su dinero comienzan a irse del teatro por las mismas prácticas de Omar que hoy se hicieron visibles, y él se termina quedando con el lugar, expulsando desde lo legal a las compañeras que habían puesto el dinero.

-¿Cómo empezaron a visibilizar y compartir los abusos y las violencias?
-Había dos de nuestro grupo que se mostraban más contestatarias. Estas compañeras habían tenido un vinculo sexo-afectivo con el, entonces estaban muchas veces cargadas violencia, pero detrás estas personas conocían una cara del tipo que nosotras no. En ese medio empezó un desgaste muy particular con una, en el que ya había un hostigamiento: se le marcaba lo individualista y lo mucho que le costaba vulnerarse. Ella empieza a tomar la muy difícil decisión de dejar el espacio y cuando la toma se da cuenta de que no podía ser que se fuera como el resto: dando un portazo y sufriendo sola, tenía que abrirle los ojos a otras personas. Le empiezan a cerrar un montón de cosas y se decide a hablar con esta otra compañera, le cuenta que había tenido una relación en los inicios del proceso, y la otra se da cuenta que a ella le pasó lo mismo.

Luciana sigue relatando que estas dos compañeras, vinculadas a Omar en un principio, empezaron a ubicar las fichas en el tablero con su misma experiencia y relacionando, con una trayectoria de 37 años, a cuántas más les había pasado, contando con un dato no menor: una cantante muy conocida en el ambiente del tango (que supo formar parte de La Otra Orilla) se puso en contacto con ellas para testimoniar un abuso, a raíz de una denuncia en una cuenta de instagram llamada “Detrás de Escena”.

“El movimiento de mujeres en nuestro país hace que estas pibas, que tenían naturalizada la relación de desigualdad, hoy la puedan ver como eso; les da las palabras, la legitimidad y la justificación para llevar a cabo esta denuncia. Esto es una puesta en valor, y hasta un caso representativo y beneficioso, porque implica que lo que viene haciendo (el movimiento) está impactando en la subjetividad de estas personas, que creyendo que estaban inmerses en un sistema alternativo de cómo entender el mundo del teatro, las corporeidades, y las emociones, estaban sometides a un tipo que les pone a un nivel de opresión y violencia que no habían podido ver hasta que el feminismo no le pone nombre eso”, Marcela País Andrade

-¿Qué imagen construía Omar de él mismo ante estas situaciones?
-Que las críticas que le hacían esas personas en realidad eran problema de ellas: no podían superar su individualismo, entender que el proyecto iba más allá de ellas mismas. Toda esta idea a partir de discusiones que se daban entre estas compañeras y él. Todo el que se iba de ahí no se había permitido crecer, los que se iban para nosotros eran traidores. El construía una relación cuasi-amorosa en la que decía que no lo dijeran al resto porque podía perjudicar al grupo, porque además una regla cabal era no tener relaciones afectivas al interior del grupo porque sino “yo ya te conocía desde un lugar muy social y eso no permitía que yo me encuentre con tu verdad”.

-Tanto que criticaba la ortodoxia, él la ejercía.
-Sí. La cantante de tango es del grupo primario que compra el teatro. Ella había comentado la publicación. A su vez, esta compañera se pone en contacto con su grupo de aquel momento. En un medio en el que el escrache es una herramienta del feminismo, para nosotras desde el principio el objetivo fue que deje de dar clases, que deje de estar al frente de pibas y pibes vulnerador para que él pudiera hacer lo que quiera. Porque además lo particular de estas dos relaciones más íntimas que habían tenido estas compañeras, era que las dos habían iniciado su “coqueteo” en trabajos de piso. Las encontraba en ese estado de vulnerabilidad y a las dos las besó en esa oportunidad o les metía la mano por debajo de la ropa. Cosas que claramente no estaban bien. Y después desde lo social, lo seguía. “Me pasa algo muy fuerte con vos, me lo tengo que permitir”.

“El escrache es la manera que tiene la sociedad civil de complementar de alguna manera esta falta que el Estado no está pudiendo suplir”, Marcela País Andrade

-Y con la falta de comunicación entre ustedes…
-Muy justificado, en el sentido de que nosotros entendíamos que no éramos un grupo de amigos, sino un grupo profesional de teatro. “No venimos a hacer amigos acá, venimos a trabajar”. Y en un punto, una lo podía entender y decíamos: “va a tener sus resultados que nosotros podamos entender el trabajo así, de esta manera tan dura y disciplinada”. No se podían tener relaciones tanto con él ni entre nosotros tampoco, lo cual eso hacía que nosotros no habláramos entre nosotros de nada, porque además no nos juntábamos por fuera.

-Sus obras tenían que ver con las mujeres y su sufrimiento. La pre-producción de la obra, ¿era algo en conjunto o sólo Omar Proponía?
-La mayoría de nosotras participábamos de una producción que llevaba más de 11 años en cartel. Es decir, nosotros la agarramos armada ya. No fuimos parte del proceso de creación de esa obra. Simplemente aprendíamos los diseños, experimentábamos lo que era el contenido sensible o de mensaje, y lo interpretábamos. Pero no estuvimos en el armado. Sí lo que él planteaba era que no creía en los horizontalismos. Siempre que le preguntaban sobre esto, él decía que trabajaba sobre la matriz que proponía el actor y la actriz. No era una director conductivista de decir “pone la mano acá”, sino que tenía que ver con pequeñas secuencias que se iban armando y que tenían mucho que ver con la impronta que pusiera el artista. En ese sentido, sí había una explotación desde la creatividad porque todas las obras no eran solo de él, sin embargo en las publicidades o notas era “la obra de Omar Pacheco” y ni se mencionaba el grupo. La figura estrella siempre era él. Nosotros no teníamos ni un nombre como grupo. Teatro Inestable era el nombre del método.

-¿Cómo interpretan hoy su suicidio?
-Como cualquier suicidio, es decir, una persona que no pudo consigo mismo. No nos parece que sea algo que nosotras tenemos que abordar en nuestros procesos, es una pena que muchas veces se haya puesto esa situación por sobre todo lo que se estaba visibilizando atrás. Porque una de las cosas que decía la compañera del grupo anterior fue: “Qué bueno darme cuenta de que hemos sabido resignificar la violencia, que lo que para mí en ese momento no era abuso, hoy me doy cuenta que lo es. Pero a la vez, todavía nos queda un montón”. Si uno revisa el perfil de gente que iba al espacio, tenía que ver con gente que soñaba con un mundo diferente, gente que amaba a los otros, que era solidaria. Había un sueño colectivo y Omar supo aprovecharse muy bien de esa falencia que la realidad tiene.

-¿Y cómo sigue el grupo ahora?
-Ahora estamos conteniéndonos un montón, entiendo que desde lo grupal vamos a tener que hacer un proceso porque es muy difícil desactivar lógicas de convivencia o de maneras de mirar a la otra que no esté entendida por su óptica. Todos teníamos construida una mirada del otro muy atravesada por lo que él decía que vos eras. El abuso de poder, esta cuestión de que él realmente se sentía superior a todo el resto. Y ahora no podemos creer toda nuestra intuición, tantas veces golpeando para decir “Che, esto es raro.¿Este sufrimiento se justifica?”, yo creo que esa es la tarea que nos queda ahora, purgarlo de toda esa sombra oscura que él le posó arriba y que él se la apropió. En realidad es una necesidad nuestra que estaba ahí y que, porque tiramos nuestro cuerpo, pudimos reconocerlo. Pero estaba en nuestro cuerpo, no era de él.

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