Revista Colibri | El jolgorio de los santos
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El jolgorio de los santos

Por Facundo Pirola

 

Con la dramaturgia de  Alejandro Lifschitz. Actúan Juan Aráoz De Cea, Osvaldo Djeredjian, Ailín Hercolini, Alejandro Lifschitz, Olave Mendoza, Ariel Moldes, Alvaro Moya. Dirección: Alejandro Lifschitz, Gustavo Slep

https://youtu.be/ZLvbJAM9EcI
Perdedores Hermosos, Luca Prodan

 

    México se viste de fiesta para recibir a sus santos. El Día de todos los Muertos se acerca y la Vecindad del Pasaje se prepara con un concurso a puro teatro en contra de la vecindad rival (aquellos snobs de la Boulevard).   Llevan fracasos de años anteriores a sus espaldas. Burlados, menospreciados deciden poner un alto a la deshonra y ganar el concurso.
La organización en asamblea es rápida y eficaz: deben encontrar a alguien capaz de llevar a buen puerto el barco maltrecho de las buenas intenciones y la falta de talento. La respuesta es un director apasionado y avergonzado por haber llegado 80 años tarde a la revolución estética en el Teatro. Se ve un desfile de personajes bastante estereotipados. Cada une cuenta con un rasgo particular que le caracteriza y define: La Pereza, La Resignación, La Ira, La Tristeza, La Melancolía, La Alegría y la Pasión.  Cada une con su pequeña tragicomedia detrás. Seres patéticos que no dejan de sonreír y generar ternura a pesar de no parar de perder.

    La obra transcurre en el esfuerzo que un director maldito impone a su grupo de cachivaches para generar alguna chispa que encienda al jurado. Lucha con la mediocridad de las actuaciones, la falta de tiempo, talento, el ego del actor que busca la verdad, y de pronto surge la epifanía desde los vapores del alcohol y la borrachera: hacer una obra que hable de cómo se hizo la obra que se le quiere mostrar al jurado. El director maldito descubre así una verdad: Cuando el teatro carece de talento se vuelve autoreferencial. El Teatro cuando no tiene de qué hablar habla de sí mismo. Es en ese sentido que se desenvuelve el espiral. En ese rasgo de intelectualización que fuerza la realidad para volverla ficción. Se busca la explicación; se razona que debe ser así; las cosas DEBEN tener una causa, un sentido. Y por esa necesidad de hacer surge el Teatro para hablar de sí mismo, porque no queda otra. Porque de no hacer Teatro Autoreferencial, el elenco está bien chingado porque no llegaran a montar ninguna obra.  

   

    Desde la trama, el recurso surge para compensar la falta de talento de esos perdedores hermosos; de estos personajes que están menos dispuestos a actuar que a pelear. Pero los une una pasión y la necesidad por encontrarle paz a su alguito que late en el pecho. La tradición se resiste a la invasión cultural. La vecindad se resiste a ser olvidada;  a que ya nadie quiera las calacas; a tener que comprar y vender y comerciar y tomar gaseosa.

    Es la primera vez que se ve en escena una crítica tan bien hecha a un mecanismo escénico tan bastardeado como la auto referencialidad. Porque está bien escrita explota el recurso sin caer en él. No utiliza artilugios dramatúrgicos; no genera absurdos ni extrañamientos ni ambientes oníricos ni extremos. Sobre todo que no cae en el mero ejercicio actoral de “actúo que actúo y te vendo humo con mi obra”. Acá se invierte y les actores, actúan que nos saben actuar. Podría buscar justificaciones semióticas y profundizar en los efectos de la crítica a un movimiento artístico. Pero eso sería forzar la realidad. No es una obra para intelectuales de cafetín. Sencillamente es una obra de trama simple, muy bien escrita actuada, que conmueve y narra y logra todo lo que el teatro nos tiene que hacer sentir: liberar por momentos el alguito que todes llevamos dentro, y si no puede ser libre, que por lo menos esté de fiesta un rato.

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