Revista Colibri | ¿Quién era Ted Bundy?
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¿Quién era Ted Bundy?

Por Luz Rodríguez

“Para entender cómo pensaba, tenés que poder proyectarte en el cerebro de un sociópata”, Stephen Michaud, periodista, en Conversaciones con asesinos: las cintas de Ted Bundy.

El nuevo personaje de Zac Efron en su última película estrenada, Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile, causa controversia. Encarna a Theodore Robert Bundy, más conocido como Ted Bundy, un graduado de Psicología, que más tarde sería estudiante de Derecho, activista en campañas políticas y hasta miembro activo de una iglesia. Lograba seducir con una sonrisa contagiosa y unos ojos de color y brillo despampanantes, de la mano de un sentido del humor que despertaba simpatía y a la vez picardía. Pero, ¿quién era realmente Ted Bundy?


36 femicidios son los que se le conocen a Bundy, pero se estiman más del doble. Algo en su primera juventud le habría significado que el estereotipo de una mujer joven y atractiva podía resultar(le) peligrosa y a medida que fue respondiendo a su (subjetivo) mecanismo de defensa fue cometiendo los delitos por los que se lo conoce. Cada nueva víctima alimentaba en él las ganas de “más justicia”. Respecto al día que el jurado lo consideró culpable, supo decir: “Se negaron a considerarme algo parecido a una persona normal”.

Asesino como pocos -en los EE.UU de los ’70- y con un perfil que sirvió de base para identificar el modus operandi de futuros delincuentes mortales, el caso de Bundy movilizó a un alto porcentaje de la población estadounidense y también del mundo. El hecho de que socialmente el asesino fuera considerado como “atractivo” generó conmoción y su consecuente romantización en la época en que su nombre comenzó a estar en la boca de toda la población y prensa estadounidense. Ahora este morbo parece reflotar tras el nuevo estreno de Efron. Esto nos obliga a poner en tela de juicio el nivel de condena social que hay en estos casos y la consecuente selectividad para sentenciar a un criminal.

La lógica de un maníaco
La terminología clínica reconoce a la patología que sufría Bundy como un trastorno de la personalidad antisocial, comúnmente conocido como sociópata. Esta clase de sujetos se caracteriza por carecer de un reconocimiento hacia las normas y/o legalidades pactadas socialmente, como también una tendencia a engañar y a poseer grandes niveles de impulsividad. En conversación con Revista Colibrí, y en consonancia con las características que se encuentran presentes en este tipo de conductas, la psicóloga María Belén Rodríguez afirmó: “La falta de empatía es lo que prima en el rechazo a las normas sociales de común acuerdo. No siente literalmente nada por los hechos que comete y no hay arrepentimiento, porque no está dentro de su estructura la noción de que esté cometiendo un crimen o algo indebido. A Bundy le habían diagnosticado trastorno maníaco depresivo y los hechos cometidos se relacionan a esta fase”. Sobre los dichos de Bundy hacia la pornografía y su presunta influencia, Rodríguez comenta que “él lo tomó para justificar, más que como una influencia directa”.


El entorno familiar poseía un juego de roles invertidos: creció pensando que su madre era su hermana y que sus abuelos eran sus padres, siendo esto resultado de una crianza forzada debido a ser un hijo extramatrimonial (quien jamás conocería a su padre biológico). Su madre, avergonzada por haberlo tenido sin estar casada, lo dejó en un orfanato y al poco tiempo -por presión parental- se vio obligada a desistir de su decisión y criarlo. Las disparidades estaban a la vista. Rodríguez explica que al no haber una estructura familiar afianzada ni las funciones de los adultos definidas, les niñes pueden desarrollar este tipo de psicopatologías.

El patrón a seguir en su práctica era, casi, el mismo: mujeres jóvenes, blancas, en su gran mayoría de ojos claros, delgadas -lo que se podría decir, hegemónicamente atractivas-, estudiantes universitarias, con rangos de edad entre 18 y 26 años. Su único caso disruptivo: una niña de 12 años. El forcejeo seguido de una muerte dolorosa era su plato fuerte, seguido de necrofilia para condimentar un poco las cosas. Las piezas dentales, para corroborar su culpabilidad, fueron claves: se le realizaron placas para contrastar las marcas de mordeduras que portaban algunas de sus víctimas y el resultado fue el buscado. Los cadáveres presentaban mutilación genital y mordidas en el resto del cuerpo. Bundy iba a fondo. Carol DaRonch es el nombre de la única sobreviviente -al menos conocida- de este sujeto. Ella se encontraba prestando atención a una vidriera en el Flashion Place Mall- Murray, Utah-, cuando Bundy la sorprendió, haciéndose pasar por oficial de policía, con la excusa de que habían intentado robarle el auto. Ella, sospechando, fue con él hacia el estacionamiento del mall y allí fue atacada. Luego de un forcejeo, Carol logró zafarse del femicida y, tras escapar, presentó una denuncia de inmediato.

Las cintas de Ted
Conversaciones con asesinos: las cintas de Ted Bundy es una serie documental dirigida por Joe Berlinger que narra, a lo largo de cuatro capítulos, esta serie de femicidios junto a policías, periodistas, abogados y hasta el propio Bundy, que dan su testimonio sobre los acontecimientos.
El problema de trasladar estos casos a un trabajo audiovisual es que el morbo se hace presente con gran peso en los espectadores y eso lleva a que las condiciones de lectura de estos discursos se conviertan en idealizaciones fantasiosas del propio asesino. No son seres superiores a nosotres, no son mentes brillantes por hacer lo que hacen, no son “perdonables” por ser lindos o carismáticos, por tener dos carreras estudiadas o por ir a la iglesia. Estos seres son paridos por esta sociedad, que protege a algunes y lastima a otres, que en cuestión de raza, étnia, largo de la pollera u orientación sexual, condena. Estos sujetos son soldados y reproductores de las lógicas implícitas que moldean a la sociedad y es importante dejar de apañarlos. Hay que tener extrema delicadeza a la hora de abordar la historia de estos personajes, no sea cosa que terminemos, mediante el embellecimiento que trae el morbo, defendiendo lo indefendible, en vez de generar repudio.

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