Revista Colibri | ANTIOQUÍA – Las Sobras vs Las Obras
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ANTIOQUÍA – Las Sobras vs Las Obras

Reseña de Germán Moreto sobre ANTIOQUÍA

De chico tenía una mejor idea de lo que era el terror. De grande se fue diluyendo, sobre todo a medida que empecé a dar nombre a varios de mis temores. De manera que el terror, hoy, es encontrar todos los calzoncillos en la bolsa del lavadero un viernes a la tarde; sentarse en una silla plástica de juego de jardín, de esas que se abren, sabiendo ante todo que no existe tal cosa como un yeso para el huesito dulce. El terror es un audio whatsapp de tres minutos. El terror es Marcos Peña CEO del año.

¿Pero, qué es el terror? No soy analista, y sobreviví al secundario sin copiar la tarea de wikipedia, así que aventuro una definición propia: el terror es una amenaza, real o imaginaria, a la cual no podemos enfrentar, y de la cual tampoco podemos huir.

Cuando era chico, el terror no era nada de esto que acabo de enumerar: en esos rincones oscuros de mi casa, en ese garaje devenido en depósito de cosas viejísimas, esa cocina donde tenía que ir a buscar algo durante un año nuevo, esa pieza donde había olvidado una campera antes de salir, había algo. Una presencia que nadie percibe.

Pablo me recordó el temor por este tipo de residente.

Una vez le pregunté el porqué del nombre de este relato increíble. Me contó que todo partió de una historia teológica: en la ciudad de Antioquia, los apóstoles Pedro y Pablo se pelearon por la manera en la cual convertir a los paganos al cristianismo. Después de esta explicación que me pareció increíble, completó con una frase que me impactó: “lo estaba leyendo y fui tras la idea”. Cada vez que releo este relato, vuelvo a los zapatos de ese niño protagonista. Este niño varado entre dos amenazas: una real, otra imaginaria. Una que no puede enfrentar, otra de la cual no puede huir. Por suerte, como soy grande y tengo mecanismos de defensa más o menos bien constituidos, escucho una declaración pública de Marcos Peña y todo ese terror profundo se me va. O quizá no.

* * * * * *

ANTIOQUÍA, por Pablo Domínguez

¡Hijo de puta! Aulló desde el piso. El insulto con el seseo infantil que producen los dientes apretados. El pulso de odio paralizaba su maxilar. La tela del pantalón absorbía la humedad del pasto a la altura de las rodillas. Todo le daba vueltas por los nervios, y el dolor del puñal… lo doblaba sobre el césped del patio. Miraba a su hermano Pedro, que se reía frente a él, todavía con el cuchillo en la mano. Lo sorprendió que apareciera así, de la nada. A traición. La herida del brazo no paraba de sangrar; ya cubría el suelo y se acumulaba en su cabeza haciéndole latir la sien. Hasta el sol de la tarde bajaba rojo sobre sus cabezas e iluminaba la cara de Pedro, que todavía se reía y lo miraba.

La madre lo vio desde la ventana de la cocina. Corrió hacía él y lo levantó del piso. Revisó su herida en un silencio nervioso. Primero se aseguró de que no era grave, no se iba a morir; después escupió al piso de bronca. Lo levantó y se lo llevó a la guardia del hospital. La sangre del hijo se mezcló con la saliva de la madre. El patio oscureció y solo Pedro quedó de pie, agitando el cuchillo en el aire, hasta que tan rápido como había decido apuñalar a Pablo, lo clavó en la tierra y salió corriendo. La casa quedó en silencio, abandonada por sus habitantes se oscurecía y enfriaba. En la cocina quedaron los tomates a medio pelar y el agua de las pastas sobre la hornalla. Pedro pasó su mano por la mesada y se llenó los dedos pálidos con pulpa de tomate. Giró su cabeza, como buscando compañía. Vio que estaba solo y se secó las manos con sus calzoncillos roñosos. Subió hasta el cuarto que compartía con Pablo y se quedó ahí encerrado, mirando las manchas de sudor que su hermano dejaba en las sábanas con cada pesadilla.

María manejaba el auto a toda velocidad por la avenida. Sabía que la herida no lo iba a matar, que no tenía por qué correr, pero la velocidad la calmaba. Si la paraba un policía – pensaba – la remera ensangrentada de su hijo, y, sobre todo, su cara de pánico, la salvarían de una multa.

Llegaron a la guardia del Hospital Álvarez e ingresaron al consultorio casi sin esperar. Pablo permaneció en silencio mientras le cocían unos puntos en el brazo. María lo observaba con los ojos llorosos, el olor a medicamentos le invadía el olfato, casi hasta el fondo de la garganta. La sensación de náusea anestesiada le daba ganas de fumar y le traía malos recuerdos. Sentado en la camilla, Pablo se agarraba el brazo y la miraba. Los manchones verdes de sus rodillas y la salpicadura de sangre que le cruzaba el pecho le daban un aspecto de nene huérfano, abandonado.

Respondió las preguntas de los médicos de mala gana. Estaba muy cansada de esa rutina. Por lo menos una vez al mes terminaba en una guardia con el nene lastimado. Ya no quería ni pisar la clínica privada de la obra social. Sospechaban que maltrataba a su hijo ¡Hasta tuvo que hablar con la policía! Y después le recomendaron que lo mandara con algún psiquiatra infantil. Esas miradas compasivas sobre su hijo le ponían los pelos de punta. El chiquito desgraciado, de un patetismo incipiente, no volvería a cruzarse con eso. Ella tampoco. Siguió pagando la cuota, pero no fue más. El anonimato de los hospitales públicos había aliviado un poco esa rutina de mierda. A la vuelta manejaba más tranquila, había pensado en poner un disco, pero el solo hecho de cruzar palabras con Pablo, para pedirle el pendrive que guardaba en la guantera, le desagradó. Por el momento no quería habilitar un canal de comunicación. Pero él le habló:

–Fue Pedro.

Le dijo

–Parala ya con eso. Qué Pedro, ni qué mierda.

–Pero má, en serio, fue mi hermano.

–Callate un poco.

–Pero…

–¡Callate!

No quería gritarle por el momento, pero tampoco iba a aguantar esas cosas. Ya no podía más. Detestaba la sensación que le generaba: primero miedo, después bronca y por último lástima. Todo por esa criatura que la ataba a su trabajo, a sus labores diarios de madre soltera.

Llegaron en silencio. Pablo se acurrucó en el sillón y puso unos capítulos de Padre de Familia. Ella abrió una lata de cerveza y se sentó en el comedor. La casa estaba helada. Pensó en seguir con la comida, pero ya no tenía ganas ni fuerza. Pidió una pizza. Desde el comedor podía ver el pelo de su hijo sobresalir del sillón. A veces la sacaba de quicio, tenía la misma mirada que su papá y ese tono de voz indefenso. Al papá del nene lo había conocido en un recital del Indio Solari. Ese fin de semana la pasó genial. Por eso cuando volvieron de la gira ella no dudó en irse a vivir a La Plata con él. Al principio estuvo todo bien, pero resultó ser un triste drogadicto. Violento cuando estaba zarpado y lastimero y culposo en la resaca. Ella odiaba principalmente el segundo estado, le daban ganas de ahorcarlo. Se acordaba cuando le dijo que estaba embarazada y él le juró que se iba a rescatar. Odiaba recordarlo. Una mañana con tres meses de embarazo, salió a buscarlo. Lo había encontrado tirado a unas cuadras de su casa, con una sobredosis fatal. Se había congelado en el frío matinal, con esa mirada patética en sus ojos, como suplicando al cielo algún tipo de perdón. Era la misma mirada que Pablo ponía cuando sangraba por algún lado. 

 Se había dormido mirando la televisión. Se despertó en su cama tapado y sin zapatillas. A veces se sorprendía de esos gestos maternales. Hace tiempo que vivía en estado de alerta. Vivir con ella era horrible. Hace unos meses, y de un día para el otro, había decidido ignorar a su hermano. En el fondo sentía un poco de lástima por Pedro: ser ignorado así, por tu propia mamá.

Se dio vuelta en la cama y vio en el piso a su hermano. Su espalda desnuda estaba negra de mugre, las gotas de transpiración formaban surcos de piel pálida, un dibujo indescifrable que temblaba por los movimientos de una respiración enferma. Al principio era difícil acostumbrarse a ese sonido ronco que helaba el cuarto. Muchas veces trató de acercarse y abrazarlo, acurrucarse con él abajo de la frazada, pero su olor era tan insoportable que se ahogaba. También trató de ignorarlo, siguiendo los consejos de su mamá, pero no era fácil. Pedro no usaba su ropa, ni sus cosas, solo deambulaba por la habitación. A veces dormía en el piso, a veces se paraba en el marco de la puerta y observaba a Pablo con los ojos brillantes de un gato.

Se levantó de la cama en silencio. Buscó un pijama y bajó al comedor tratando de no despertar a su hermano. En la mesa de la cocina encontró a su mamá. Estaba durmiendo sentada y vestida con la ropa del día anterior. Pablo preparó mate cocido y tostadas. La despertó con miedo. Ella reaccionó tranquila, hasta le preguntó cómo se sentía. El olor del desayuno generaba una atmósfera reconfortante. Pablo se sintió contento y miró detenidamente a su mamá. Le parecía linda. Ella le guiñó un ojo, él quiso hacerla reír y dijo:

–Un tajo más y me recibo de colador.

La cara de ella se transformó. Roja y furiosa le gritó:

–¡Callate, pendejo! Mejor callate.

Ella había empezado bien. Se había despertado sin resaca, a pesar de haber dormido en la cocina. El sol y el olor a comida la hicieron sentir mejor. Pablo le dejó sobre la mesa una taza de mate cocido y por un momento se sintió segura y aliviada. Parecía fuerte ese nene, se sintió bien pensar que no era como el padre. Que era sano y podía tener el control de su vida. Que ella podría en breve descansar un poco de él. Estaba muy cansada de cuidarlo. Se alegró de verlo tan seguro esa mañana, pero tuvo que hacer ese chiste pelotudo. Siempre había detestado a los tipos que pretendían ser graciosos burlándose de sí mismos. Esos chistes berretas que querían mostrar superación y seguridad no eran más que tristeza. Estaba convencida de que, atrás de los intentos cómicos de los hombres, de los idiotas y de los ingeniosos, se escondían la debilidad y la fragilidad. Detestaba a los graciosos, a los que se reían de sí mismos y trataban de sobrellevar su existencia con chistes más o menos divertidos. Mejor que se calle ese nene. En vez de enfrentar con seriedad su situación prefirió esconderse en un chiste idiota. Lo calló y dejó que el resto del desayuno continuara en silencio.

Le daba miedo cuando ella reaccionaba así, tan furiosa y después, la nada. Lavó su taza y se fue a bañar. Se desnudó y se sacó la venda. Ya se había acostumbrado al olor a Pervinox y la piel tirante, cocida con hilos gruesos. Miró detenidamente la herida. No parecía la gran cosa: era una más de la colección. Las primeras heridas que tuvo tenían formas, parecían letras. Pablo pensó que si unía cada una podría formar una palabra. Una respuesta. Pero no, con el tiempo las heridas ya habían perdido su forma, se volvían más rectas y profundas. Se metió abajo de la ducha y sintió que el agua caliente lo curaba, le relajaba los músculos del cuerpo. Los azulejos y la bañera eran blancos, se perdían en el vapor del agua, el olor del champú completaba la sensación de tranquilidad. En ese momento apareció la mano de Pedro. Negra de mugre y con las uñas larguísimas, como de animal, revolviendo el aire cerca de su pierna izquierda y de su pene. La mano aparecía desde atrás de la cortina, pero Pablo no podía ver la sombra de su hermano completando la silueta. Tal vez era el vapor que no lo dejaba ver. Ya había pasado una vez. Tenía una cicatriz en la pierna con forma de C. Esa vez ni siquiera había visto la mano, solo apareció desde la nada, desde el vapor y le cortó la piel y la carne. Recordó el dolor y el ardor del jabón metiéndose en la herida. Se aplastó contra la pared de la ducha, trató de contraerse contra ella, de pegarse como un sopapa: ser finito, imperceptible. La mano roñosa se retorció en el aire usando las uñas como garras, salpicando cada vez que tocaba el agua. Pablo no lloró, solo se quedó ahí mirando la mano. El pánico bajó poco a poco, y al rato reaccionó; corrió la cortina de un tirón sin pensar demasiado en qué iba a pasar. No pudo distinguir casi nada por el vapor, solo una sombra abriendo la puerta y yéndose. Pablo se sentó en la ducha con los ojos cerrados y así se quedó un rato más.

Escuchó el ruido de la ducha. Su hijo se estaba bañando. A ella también le vendría bien estar bajo el agua caliente un rato. Aprovechó que Pablo no estaría dando vueltas por la casa y se metió en su pieza con la laptop. Cerró la puerta, se sacó un poco la ropa e inició una sesión en chatroulette. Hace meses había descubierto la página de chats aleatorios y disfrutaba masturbarse con el programa abierto, filmándola. Le gustaba sentirse deseada por los tipos que buscaban alguien dispuesto a hacerse la paja con ellos. Los encontraba ahí, re calientes, con la pija dispuesta a cualquier petición. A ella apenas le gustaba mostrar un poquito, lo necesario para despertar el deseo y la ansiedad del que la observaba, una vez que picaba, que caía en su juego, ella escondía cada vez más. Mientras más se desesperaba su voyeur, ella más se excitaba. Un juego de gato y ratón en donde ella siempre ganaba. La computadora estaba apoyada sobre su cama y ella, en bombacha y corpiño se rozaba apenas los labios. Había encontrado un boludito al que se le iban los ojos tratando de mirarla un poco más. Tenía el control y empezaba a mojarse. Sonreía. Entonces lo vio. ¿Pablo? Bajó la tapa de la computadora de un golpe y se tapó con las sabanas. Estaba roja de vergüenza y de bronca. La sombra había desaparecido.

Pablo estaba sentado en su cama. El baño lo había dejado asustado. Hace tiempo que no podía descansar de la presencia de su hermano. Sentado en la penumbra de su cuarto se preguntaba cuánto más iba a poder aguantar. El espejo de su placar devolvía su imagen como una sombra, y se sentía así. Oscuro e imperceptible. Mirándose en el espejo se aterrorizó al ver que su sombra se hacía más grande sin que él se moviera. Era como si el espejo se acercara solo, pero eso era imposible. Para su desgracia se dio cuenta que no era su sombra la que se hacía más grande, sino la de su hermano. No sabía cuánto tiempo había estado detrás de él compartiendo el mismo espacio en el espejo, pero se acercaba por su espalda. Pablo se dio vuelta y lo vio venir. Pedro estaba pálido, sucio y parecía un esqueleto. Los calzoncillos amarillentos apenas podían disimular una erección. Sonreía con una boca enorme y la mirada de gato, brillante y furiosa. Extendió las manos en dirección a su cuello. En ese momento, la madre prendió la luz y encontró a Pablo desnudo y en posición defensiva. Entró al cuarto y le pegó una piña en la mandíbula. Pablo cayó de culo al piso y empezó a sangrar. Vio a su madre irse tan silenciosa como había llegado. Solo el ruido del portazo lo espabiló.

* * * * * *

Las Sobras vs Las Obras es un grupo de escritura que funciona como taller cada 15 días en diferentes espacios culturales de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Es horizontal, porque no hay una figura que imparta el saber, todas las voces tienen lugar por igual; es abierto, porque para participar solo hay que ir (no es requisito tener ningún tipo de formación específica, simplemente curiosidad por la lectura y la escritura); y es gratuito, porque no se cobra ningún tipo de entrada. ¿En qué consiste cada encuentro? Tres autores leen un texto propio. Los textos se caracterizan por ser piezas inéditas, obras en construcción, no publicadas. Al finalizar cada lectura, el público -quien lo desee-, puede hacer una devolución al texto. Las devoluciones vienen a ser lo que rebalsa de la obra, lo que sobra y la enriquece a la vez. Les escritores suelen tomarlas e incluirlas en una futura edición de la obra. Este fue el proceso de edición con el que el grupo autogestionó su primer libro “Esto no”.

Próximo encuentro de Las Sobras vs Las Obras: viernes 22 de marzo.
Lugar: Casa Dasein – Avenida Estado de Israel 4116. 

Horario: 20 horas (puntual).

Para saber más:
Facebook: https://www.facebook.com/lapsuscalami0/
Instagram: @sobrasvsobras

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