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Por Facundo Pirola


Dirección y puesta en escena: Felipe Rivera

Adaptación: La Frenética María Lolita

Actúan: Emiliano FigueredoEsteban Pecoche

Vestuario: Federico Castellón Arrieta

Fotografía: Jenny Castillo Araya

Instalación visual: Alejandro Chen

Asistencia de dirección: Julio Bustamante

Coreografía: Aymará Abramovich

“Todo aquí es distinto de lo que parece”
Nadie es profeta es su tierra –
de Jorge Díaz.

“Reprodujiste en tu casa el ambiente del bar” son las primeras palabras luego de una bienvenida a pura música y cuerpo sensual. Vemos y percibimos lo sórdido de la situación. Hay algo malicioso; algo sucio en la forma de comportarse. Un hombre de traje y una travesti juntos en la casa de ella. Pienso en Once, pienso en Constitución pero algo descoloca con el traje o con cierta versión de la prostitución. Porque todavía no hay prostitución y tampoco parecería que esas son las intenciones. Más bien la necesidad de desahogo y de no estar solo; de juntarse con alguien que sabemos que no va a decir que no. Porque el traje parece que solo quiere hablar: rechaza el sexo y la droga que un cuerpo más que dispuesto ofrece.

Felipe Rivera reescribe y reinterpreta esta obra del chileno Jorge Díaz. Una obra que viene del Rojas para establecerse en el Teatro Belisario todos los sábados de marzo y abril a las 22.30hs, aquella casa dirigida por Marcelo Savignone. Felipe -me cuenta- viene del estallido del rock, de las luces y las intervenciones-performance. Esta es su primera “obra más teatral, digamos”, pero su origen se vislumbra cada vez que la multimedia cobra vida para completar la narración de la trama. Sin embargo no es una obra que abuse de recursos escénicos para generar ambiente. Dos actorazos se bancan cada segundo y nos venden y regalan ese mundo peculiar construido desde lo mínimo: una mesa, dos sillas y un poco de vestuario. La multimedia completa el ruido y el quilombo, lo oculto. Estalla con proyecciones, imágenes de recuerdo o de pasado narrativo que dan fuerza y explicitan la trama. Música al palo, bombas molotov, papel picado, reinas de la noche y tristes bufones de corporaciones vestidos de dinero. Los disfraces con los cuales ocultamos nuestra esencia en el día a día y la necesidad de trascender las propias trabas de la sociedad y el miedo a quebrar las reglas. Los personajes son opuestos en plena sinergia, retroalimentación. Un Yin-Yan humano que busca el gris. Una puesta que invita a pensar, que incomoda, que por momentos hace reír por absurda o por ridícula pero sobre todo por lo real del patetismo humano en acción.

Me noto incómodo en la butaca. No termino de entender. No termino de desear que se concrete la tensión escénica del levante sugerido. El histeriqueo que va y viene. El hombre de traje que quiere pero no concreta ¿Será el miedo de conocerse lo que frena sus impulsos? “Con esas piernas y esa cola, no me importa lo que es”, dialoga con el público como consigo mismo. Invita a la seducción, pero es más un argumento a favor de sí mismo, dándose impulso y fuerza racionalizando una decisión que ya está tomada si bien no por él, por sus deseos y sus ganas.

Los ´70 aparecen en escena en una secuencia detectivesca con más trampa que habilidades de deducción. Aquel contexto de represión y muerte que llevó a dos personas a militar en la Izquierda y que se encuentran toda una vida más tarde en situaciones opuestas. Pero es solo una punta minúscula de la trama. Los ’70 siempre estarán presentes en Latinoamérica. Las trampas, el escondite, la persecución, se repiten en el tiempo circular del presente. ¿Será que el pasado nunca pasó? ¿Será que la historia se repetirá siempre hasta que la honestidad con uno mismo estalle por acumulación de frustración? Golpes en la puerta, armas preparadas, tensión, estrés y lágrimas, pedidos de ayuda y socorro.

 

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