Revista Colibri | EL OJO DE LA CASCADA – Las Sobras vs Las Obras
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EL OJO DE LA CASCADA – Las Sobras vs Las Obras

Reseña de Florencia Errecarte sobre EL OJO DE LA CASCADA


En El ojo de la cascada el lector se sumerge en una experiencia parecida a la que se vive dentro de una sala de cine, a oscuras, frente a una proyección luminosa. Como si tuviera la fórmula de la rareza dentro de un gotero, Paula deja caer una dosis en cada uno de los elementos que toca. Las gotas se desparraman, no se sabe si hacia arriba o hacia abajo y se absorben al igual que una molécula de tinta sobre el papel, creando manchas surreales.

En este cuento, la autora solo le pide al lector que adopte la misma postura que la de tirarse por un tobogán altísimo, cuya altura solo se puede apreciar al bajar, con los pies en la tierra y los ojos apuntando hacia arriba. Si El ojo de la cascada fuera una textura, sin dudas sería la de un tejido, donde las agujas abren una hilera de puntos y luego los cierra de atrás para adelante para formar un dibujo trenzado. El cuento abre muchas puertas y no se olvida de cerrar ninguna, como un capullo que se abre y al llegar a su máximo esplendor comienza a marchitarse; un proceso imperceptible para el ojo humano, pero posible para el de la cascada.

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EL OJO DE LA CASCADA, por Paula Uzal

“No necesariamente somos tan diminutos como para ser insignificantes, ¡tal vez representemos algo en el universo que es muy especial, muy hermoso y que puede suceder en todas partes!”.

Caleb Scharf

Solo en un lugar y en algunos momentos pueden verse esas especies. Ellas viven justo donde cae la cascada en un bosque que no se sabe bien dónde está. No es cualquier cascada, es una que queda por otro camino, el que no está señalizado. Queda trepando cinco metros la montaña, metiéndose entre los árboles, saltando algunos troncos, cruzando tres pumas. El bosque es tan tupido que entran a penas unos rayos del sol, que se cuelan y zigzaguean entre las ramas. Decir que la cascada cae siempre distinta y que un milisegundo no es igual al otro en el correr del agua es casi una cursilería. Pero en este caso era realmente así y no hacía falta mirar con lupa: la cascada podía llegar a caer para arriba. El viento, capaz de ganarle a la fuerza de gravedad, era de 122 kilómetros por hora, y a veces inclinaba el agua levemente para un lateral o para el otro. El río parecía desarmarse y los habitantes más livianos eran los que menos chance tenían de aferrarse a su medio acuoso. Miles de especies animales y vegetales eran arrancados disparando del lugar y otras, extranjeras y todavía más exóticas, aterrizaban por primera vez.

Era bastante común encontrarse con especies desconocidas, pero había una que llamaba más la atención, quizás por su rareza, o por la dificultad para encasillarla en algún molde. Ninguna había circulado tanto en el boca en boca. Los testimonios coinciden en algunas descripciones. El último fue el de Carmen. Ella siempre se perdía cuando salía a caminar por su barrio. Pero esa vez se perdió por un camino distinto y se vio rodeada de árboles. Subió cinco metros la montaña, aunque su corazón casi deja de latir.

Cruzó unos árboles y comenzó a apurar su marcha cuando divisó un grupo de pumas. Una vez un guardaparques le había dicho que las especies animales no atacan si no se sienten amenazadas.  Carmen usó su negación para tranquilizarse y seguir caminando. El viento hacía que tenga que agarrarse fuerte de las ramas, aunque se encontraba renovada físicamente. Estaba sorprendida por una energía nueva que empezaba a fluir por su cuerpo y esto lo adjudicaba al viento. Sin ese plus de energía Carmen no hubiera podido llegar. A medida que se iba acercando el ruido del agua se hacía cada vez más fuerte, ella intuía que se encontraría con una cascada a pocos metros. Después de caminar cinco minutos más entendió que no era tan cerca, el sonido ya era molesto y Carmen estaba aturdida. Siguió porque no le quedaba otra, ya su alto nivel de estrés no la dejaba pensar y se había activado su instinto de supervivencia.

El viento le sacaba como diez años, pero también la asustaba mucho, por eso decidió seguir avanzando sentada, pegarse a la tierra. Cuando empezaron a caer gotas de agua en su cara Carmen se alegró, después vio el rio destartalado y la cascada. Una cascada que caía con fuerza para arriba. La expresión que se dibujó en su cara no cabía en ninguna arruga. A sus ochenta años era una expresión desconocida, para algo nunca visto: esferas gigantes disparadas por el aire, con escamas de pez y ojos en todos lados. Algunas eran amarillas y otras animal print. Sin aletas, ni cola, pero más rápidas que una raya. Carmen pegó un grito ensordecedor, aunque no esperaba ningún tipo de respuesta humana.

Algo la escuchó. La contactó visualmente y la hizo ver. Vio cómo se sintió su hija cuando ella le recriminó su primer embarazo. Vio a su marido llorando un día después de casarse. Se vio escribiendo una carta a sus padres. Los que nunca fueron a su encuentro tras la migración al continente prometido. Se vio navegando en ese barco con el nombre de esa nieta que un principio había rechazado, pero ahora adoraba. Se vio acercándose a un grupo que tomaba mate, aunque ella pensó que estaban fumando algo raro. Se vio cacheteada por su tío al encontrarla de la mano con un chico. Se vio decidiendo tener dos hijos, se vio decidiendo no tener algunos más. Vio a alguien que podría ser la abuela de su abuela materna desplumando un pato, vio al pato corriendo desconcertado ya despojado de su cabeza. Vio a su hija chiquita que se asustaba al ver a su tío matar las gallinas.  Vio a su mamá obediente al mandato de casarse con ese hombre mayor. Se vio confesándose mientras el cura le decía que las costumbres y tradiciones eran cosas del mundo. Se vio no soltando la culpa, condenada de la misma manera que había condenado a su hija. Cuando se encontró repentinamente en su sillón viendo la novela turca de las siete de la tarde decidió volver a ser la misma, aunque haya tenido el privilegio de ver como se borraban esos bordes sufrientes que siempre le habían parecido tan nítidos. Si el pato podía seguir moviéndose sin ver, ella también podía hacerlo.

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