Revista Colibri | Primer amor – A R D E
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Primer amor – A R D E

Esto es A R D E. Un híbrido entre ciclo y taller de escritura autoconvocado, organizado de manera autogestiva que tiene lugar cada 15 días en diferentes espacios culturales de la Ciudad de Buenos Aires. En cada encuentro se leen tres textos inéditos y en proceso: a cada uno corresponde una ronda de devoluciones hecha por el público. Los textos publicados en esta sección de la revista Colibrí han sido leídos y luego editados por sus autores en base a las devoluciones.

El ciclo-taller es horizontal y heterogéneo, porque no hay una idea directriz o escuela que nuclee a los escritores y lectores. Es abierto, porque para participar solo hay que ir (no es requisito tener ningún tipo de formación, simplemente curiosidad por la literatura) y es gratuito porque no se cobra entrada.

 

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Reseña de Paula Gorriz sobre PRIMER AMOR

Primer amor es el enamoramiento y la desilusión de la infancia.  El cuento hace sentir que el amor es un chicle Bubbaloo rosa que se pega en el pelo, que hay que cortar de un tijeretazo. Tironeas un poco, pero luego hay un alivio.

Pablo describe cómo la idealización sacraliza el cuerpo de un otro al punto que no es necesario tocarlo. El otro está allí, impoluto. Alcanza con mirarlo a la distancia.

El cuento nos sumerge en el pegoteo adrenalínico del primer amor, en donde el protagonista puede colgar su camiseta futbolera ya que su enamorado seguirá jugando hasta el cansancio por los dos, gritando goles con su voz cascada. Encontrar un amor al que no se puede resignar, el amor del padre. El vacío que surge en el final es el de la idealización cayendo en picada, el de la mirada atenta de un padre sobre los cuerpos sudorosos de niños que corren atrás de una pelota, que quiere al hijo de sus sueños, pero no lo encuentra. Ese regusto amargo, en la versión melancólica del amor, está matizado por la imagen poética del final en donde la belleza genera cierto efecto calmante.

 

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PRIMER AMOR, de Pablo Salas

 

Me enamoré por primera vez a los ocho años. Se llamaba Bruno Cardozo. Era alto, casi tan alto como yo, tenía una boca enorme, como un payaso, pecas y el pelo muy corto, casi siempre rapado.

Jugaba muy bien a la pelota, pero no era el mejor del grado. Sin embargo, era de los primeros en ser elegido en el pan y queso, y hacía de capitán, o mejor dicho, oficiaba de sacerdote del equipo. Por Bruno entendí que no importa tanto jugar bien o mal, sino cómo se expande el tamaño de tu corazón en la cancha. Por eso, cada vez que jugaba al fútbol y hasta la última vez que lo hice, corría como un lunático, buscaba todas las pelotas y enfrentaba a los más temibles del equipo contrario, mientras el corazón amenazaba con reventarse dentro de mis costillas. Fue Bruno quien me impulsó a jugar así y jamás pude hacerlo de otro modo.

La luminosidad de sus jugadas me hacía pensar que, si fuéramos novios, yo no necesitaría volver a jugar al fútbol, porque él lo haría por los dos.

A diferencia de la curiosidad que sentía hacia mis otros compañeros, nunca me interesó verle el pito a Bruno. Tenía la sensación de que ya se lo había visto, o incluso él cariñosamente me lo había mostrado, como si ya los dos nos hubiéramos mostrado todo. En las duchas, antes de entrar a la pileta, jamás me detuve a mirarlo cuando se bajaba sus pantalones grises y gastados de gabardina para ponerse la malla. Sólo recuerdo una vez que lo vi en un slip colorado y atiné a pensar únicamente que yo no tenía ningún calzoncillo de ese color.

Cumplía años el 18 de julio, era de River y, como era de cáncer, su caballero del Zodíaco favorito era Ikki.

Tenía una voz extrañamente cascada para su edad. Yo suponía que era la voz de alguien que había gritado muchos goles. En mi memoria, no tengo de él un rostro de llanto, un rostro de queja o de duda, sino sólo una risa amplia de recreo, salpicada de sudor bajo los rayos de sol que quemaban el cemento del patio.

Una vez quise invitarlo a mi casa y me asaltó el terror de que no teníamos nada en común ¿Qué íbamos a hacer? ¿Jugar a la pelota? “¿Se puede jugar a la pelota de a dos?”, recuerdo que me pregunté. De todos modos, fui valiente y se lo dije a mi madre: “Quiero invitar a jugar a Bruno”. Ella no lo registraba, ni tampoco conocía a su madre, y yo me moría de vergüenza de invitarlo por mi cuenta.

Finalmente, la única ocasión en la que vino a mi casa fue para mi cumpleaños número 9. Me puse muy feliz cuando lo vi entrar por el patio y de inmediato me molestó la presencia de mis demás compañeros, ya que no tendríamos ni un minuto sólo para los dos. Mi papá todavía vivía y ese día organizó un partido de fútbol en un rectángulo de cemento que teníamos junto a las lomadas de pasto. Bruno se destacaba en el juego y me sentí feliz de traer a mi casa a alguien que jugara tan bien. Supongo que mi papá habrá visto en Bruno al hijo que siempre quiso tener: ágil, adicto al amor de los adultos, leal a un deporte. Fue la primera y única vez que vi a mi papá con un silbato. Era obvio que lo había conseguido especialmente para ese día y después el silbato iba a perderse, como cualquier objeto sin importancia. Arbitrar el juego sería su regalo de cumpleaños.

A los pocos minutos, el partido me aburrió y dejé el cuadrilátero. Siempre me gustó trepar árboles, tramar confabulaciones para molestar a los grandes, esconderme. En ese momento, me fui seguramente para hacer alguna de esas cosas. Cometí el error, casi un descaro, de no alejarme lo suficiente y quedarme merodeando con desgano en la canchita. Mi papá detuvo el juego y me retó en voz alta y frente a todos por haber abandonado el partido a la mitad.

No recuerdo la mirada de mis compañeros, pero sí la de Bruno, que no era incriminatoria o brutal, sino compasiva, pero también severa y esquiva. Los demás ya se distribuían por los laterales de la cancha, esperando que el juego volviera a encenderse, pero él estaba de pie, como un insecto lento que se distraía en el centro del cuadrilátero. Con la pelota engarzada a los pies, esperaba que mi padre terminara de decir sus palabras, sin comprender, o sin querer comprender, el vacío que de repente me arañaba por dentro. Cuando el silbato sonó, Bruno se dio vuelta hacia su arco para dar un pase y abrir el juego de nuevo.

En ese momento entendí que Bruno y yo jamás podríamos estar juntos, ni siquiera esa tarde, ni ninguna otra. Y el amor era entonces la distancia, la silueta de un cerro en el fondo de un paisaje, y más allá, la remota lejanía.

 

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Próximo encuentro de A R D E: viernes 3 de mayo
Lugar: Wara Wara – Martínez Rosas 973, Villa Crespo 
Horario: 20 horas (puntual)

 

Para saber más sobre A R D E:
FACEBOOK: https://www.facebook.com/arde.escritura/

 

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