Revista Colibri | Milimétrica – A R D E
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Milimétrica – A R D E

Esto es A R D E. Un híbrido entre ciclo y taller de escritura autoconvocado, organizado de manera autogestiva que tiene lugar cada 15 días en diferentes espacios culturales de la Ciudad de Buenos Aires. En cada encuentro se leen tres textos inéditos y en proceso: a cada uno corresponde una ronda de devoluciones hecha por el público. Los textos publicados en esta sección de la revista Colibrí han sido leídos y luego editados por sus autores en base a las devoluciones.

El ciclo-taller es horizontal y heterogéneo, porque no hay una idea directriz o escuela que nuclee a los escritores y lectores. Es abierto, porque para participar solo hay que ir (no es requisito tener ningún tipo de formación, simplemente curiosidad por la literatura) y es gratuito porque no se cobra entrada.

 

* * * * * *

Reseña de Facundo Pirola sobre MILIMÉTRICA

 

Si la Estética es la maquinaria de la emocionalidad, entonces ¿cómo llamamos a
aquello que genera sensorialidad en estado puro?

Paula Uzal explora los límites de los sentidos con un relato que podría ser
tranquilamente el de un psicótico o, lo que sería lo mismo, de una persona bajo
efectos de la lisergia. Pero Lucy no está en el cielo con sus diamantes. La protagonista
(digámosle Lucy en honor a los Beatles, aunque la Alicia de Carroll se acercaría más
desde la épica) camina de pronto con una escala reducida a unas pocas unidades de
medida. Parece haberse olvidado de todo registro previo de su vida y el
mundo se le presenta nuevo, extrañado. Sus reglas se redefinen y ya no basta con
simplemente existir: necesita saltar, absorber el sol, luchar contra bestias que la
superan en tamaño y habilidad. Se somete a sí misma a la pura y simple supervivencia
primigenia. Lucy, abandona todo rastro de su humanidad anterior en este nuevo
mundo que se le revela en cada oración. Pero el amor, único anclaje a su historia,
queda hoy descartado. Primitivo y visceral, no basta en su vitalidad para compensar las
diferencias que ahora se le plantean desde las perspectivas reducidas de la existencia. Donde antes había una sola realidad, ahora conviven dos mundos en lucha por
reencontrarse.

¿Será que el cambio de escala cambió efectivamente las cosas? ¿Un objeto es objeto
solo por el cristal por el cual se lo mira? ¿O un objeto es todos los objetos, pero se
delimita su función en pos de la persona que lo mira? No quiero ponerme borgiano ni
posmodernista, pero estas son preguntas que surgen naturalmente al
vislumbrar ese universo sensorialmente estallado que explota Milimétrica.
Sensorialidad que recuerda a Clarice Lispector, porque los sentidos son lo primero que
entran en crisis cuando la tela misma de la realidad se pone en juicio. El mundo
extasiado del hoy versus la monotonía gris de la rutina que agobia. Milimétrica es un
relato, pero también es un transitar de vida. Es menos cuento que reflexión sobre el
presente. Menos reflexión que descripción moderna de la realidad.

* * * * * *

MILIMÉTRICA, de Paula Uzal

 

Desde ese día ya nada fue igual. Había una pieza que se había movido. Las cosas
habían crecido en tamaño y todas eran nuevas. Aunque empezaba el invierno, sentía que
respiraba primavera. Una bola de fuego distante irradiaba calor y se colaba entre mis poros.

Vivía un instante de esos que se esfuman como el polvo, me sentía simplemente bien. Había
atravesado texturas rugosas y estaba un poco mojada, porque una lluvia trepaba a mi lomo al
ritmo de mis pasos. Caminaba por un colchón que se hundía cuando avanzaba. El olor también
subía y el contacto de una superficie sedosa sobre mi cara me hacía sentir viva. Me había
entretenido un rato largo tocando cosas. Esa protuberancia que se plegaba como el chocolate
en rama, con retazos de telas verdes y amarillas en las diversas puntas tenía una temperatura
fría y era rasposa. En uno de sus huecos entraba mi cuerpo entero. Cerca, otra cosa se movía y
sentí curiosidad. Me llevó un tiempo llegar hasta ahí. Trepar fue la tarea más difícil, pero pude
llegar hasta su extremidad derecha. Me acurruqué en una de sus arrugas y me quedé dormida,
necesitaba esa calidez. La naturaleza dejó de ser amable cuando su sacudida me hizo volar y
aterrizar con un golpe fuerte. Un desfile de bestias negras empezó a pasar por al lado mío.
Nunca antes había visto esos movimientos tan sincronizados en un grupo de semejantes. Los
sonidos que venían desde diversos frentes me aturdían. No sé si eran voces, rugidos o cantos,
pero eran aflautados y penetrantes. Algunos estaban muy cerca pero llegaban tarde, no los
podía unir con nada de lo que veía y esa bola de fuego se había convertido en un puñal. Nunca
había pensado que un cambio en el espacio tendría como consecuencia un desajuste en el
tiempo: los sonidos se despegaban de las imágenes, todo era confuso. Las cosas se
presentaban con todo su potencial y hasta el nombre les quedaba chico. Recorrer el lugar me
había llevado mucho tiempo, aunque eso era una suposición. El calendario era un chicle de
sabor desconocido, porque a pesar de que mi cuerpo sintiera el cansancio, esa bola de fuego
permanecía inmóvil. Para salir de esa porción de espacio tuve que saltar un abismo que dividía
un plano más alto de otro más bajo, cruzar esos desniveles montada en alguna cosa gigante,
de esas que pasaban todo el tiempo. Luego de recorrer este otro plano, me encontré con unos
rectángulos que se propulsaban arriba de unos anillos inflables a alta velocidad. Cuando uno
de esos se acercó, no pude subir, pero salté y caí adentro del anillo.

Mi preocupación más urgente era comer, no sabía cuánto tiempo había pasado pero
mi cuerpo rugía de hambre. Como todo sucedía en cámara lenta me sobró tiempo para
subirme en algo que bajara de la cosa. Me subí en una extremidad adornada con cuero rojo y
corderito. Tenía una almohada adentro y como también tenía sueño aproveché para dormir un
rato. Cuando bajé el piso estaba caliente y supuse que sería el mediodía, pero la bola apenas
se había se corrido de su lugar. Siempre disfruté mucho de las superficies calientes sobre mi
piel y apoyar mi cuerpo ahí era sumamente relajante, tanto que tardé demasiado en llegar al
otro lado y, cuando empezaron a aproximarse los rectángulos, no sabía para dónde disparar.
Algunos eran enormes, otros un poco más chicos. Como el espacio entre los anillos inflables
era amplio, me convenía quedarme quieta. Tardé bastante en darme cuenta de que los
rectángulos paraban en forma sincronizada con un sistema de luces. Con la luz roja paraban y
yo tenía que correr. Cuando no llegaba tenía que parar calculando quedar entre los círculos
inflables. Llegué a otro lugar de sedas verdes donde esas cosas con extremidades parecidas a
tentáculos de pulpos tiraban granitos por el aire. Me sentí afortunada, alimentada por las
circunstancias. Corrí a comer. Las bestias negras no eran mi competencia, se conformaban con
pedacitos de seda, pero esos bichos narigones y flotantes sí lo eran. De hecho, se acercaban
demasiado sacándome los granos de la boca, metían sus narices puntiagudas y punzantes y
picoteaban a más no poder. Más cansada que saciada, me tiré ahí nomás. Pero unos sonidos
en cámara lenta empezaron de nuevo a invadir el aire. La imagen de los gigantes era un poco desfasada. Me quedé horas mirándolos. Mientras uno gritaba, el otro cambiaba muchas veces
de foco con su mirada. Sus gestos iban desde una sonrisa hasta casi llegar al llanto. Vi como
apretaba con fuerza su tentáculo mientras su mirada decía lo contrario. Giré la cabeza, porque
ellos ya se habían ido y yo seguía escuchando los gritos que dejaron. Vi que a lo lejos se
acercaba algo que me doblaba en tamaño. Quise subirme en su lomo, pero se movía bastante.
Era de un amarillo intenso, con los bordes rojos. Hecha de láminas bien finitas que parecían
filminas cortadas a tijera. Nos miramos. Su mirada me resultó familiar. Necesitaba que por un
momento el entorno no me sorprendiera y esa criatura me había traído la tranquilidad mal
llamada aburrimiento. En mi otra vida todo estaba planificado. Iba desde el local de ropa hasta
mi casa, donde me encontraba con Damián, y desde ahí de nuevo al local. Antes yo era esa,
ahora podía ser muchas, ya no sería esperada ni mirada por nadie, y podía disfrutar de una
dulce fuga identitaria. En el local nadie sabía dónde estaba y al principio eso fue como
tomarme unas vacaciones. Salirme de la rutina era un regalo que nunca antes me había
permitido, pero después todo se convirtió en un limbo. El eterno presente me condenaba a ver
todo distinto siempre, porque desde lo milimétrico las cosas nunca se repiten exactamente
igual.

Que mi familia no me buscara era un alivio, ya no me agarraban ataques de asma. No
había vuelto a mi casa desde el día en el que todo cambió. De Damián no supe más nada hasta
que apareció en esa superficie lisa y brillosa interrumpiendo una de mis mañanas de ese largo
día. Había aprendido cómo buscar comida y estaba en uno de esos lugares en donde se juntan
mucho los gigantes parecidos a pulpos. Ahí sirven un líquido marrón oscuro con un aroma
fuerte. Me había metido en esa estructura de vidrio que genera frío polar. Mientras toda mi
cara estaba empapada en la esponja húmeda de un sabor dulce y amargo, entendí que antes
vivía en una realidad disminuida, aunque ahora la disminuida fuera yo. En ese rectángulo
multicolor estaba él, con una foto mía de fondo. Vi mi cara, cuando era otra, cuando tenía
historia. Mientras mi lengua rozaba ese rulo mantecoso y experimentaba una sensación
orgásmica, apareció él emitiendo sonidos gangosos y el bocado se volvió angustia. Los sonidos
iban in crescendo hasta volverse gritos y lágrimas. Después de una pausa volvía a empezar la
secuencia. Decidí buscarlo, no podía seguir como si nada después de verlo. Tuve que dormir
varias veces, subirme a varios rectángulos y rebuscármela para comer en el camino. No
recuerdo en mi vida anterior haber emprendido un viaje de tantos días. Cuando llegué, la bola
de fuego había teñido todo de fucsia y estaba cerca del horizonte. Logré pasar por una
hendidura que se formaba debajo de esa enorme estructura. Adentro, todo era un desastre y
llegar hasta el lugar donde él dormía fue como meterme en un safari. Había una montaña de
telas distintas, con olor a sucio que se interponía entre Damián y yo. Cuando lograba subir, me
resbalaba porque chocaba con el raso rojo que estaba arriba de todo. Al tocarlo tuve una
ráfaga de recuerdo corporal, se lo había regalado yo y él me lo agradecía cada noche con esos
abrazos suaves envolviendo mi cintura. Llegué hasta la cima y me deslicé como si fuera un
tobogán. No pude evitar divertirme, aunque los obstáculos no son divertidos cuando se quiere
llegar. Al acercarme sus ronquidos amplificados eran como los truenos que llegaban después.
Le grité desde debajo, pero el zumbido de esas criaturas voladoras era más fuerte. Tuve la
suerte de que Damián se diera vuelta haciendo colgar una extremidad, a la que pude llegar con
un salto. Trepé rozando su piel. A pesar de que nunca más pudimos hablar, sentí electricidad al
tocarlo, y al caminar sobre esa superficie de fibra y pelos me sentí de nuevo en el medio de la naturaleza. Sus poros se abrían y sus latidos se parecían cada vez más a tambores africanos.
Nuestros cuerpos sí estaban dialogando. Subí hasta su parte más hermosa, de donde salían los
sonidos, los ronquidos y las miradas. Me acerqué a esos agujeros por donde largaba viento y le
tiré de un pelito. Infló su cuerpo como un sapo y exhaló un tornado que me hizo volar. Me
dormí en el piso frío, al otro día seguiría intentando.

La bola seguía cayendo y sus gestos se iban convirtiendo en piedra. El fucsia dio lugar
al violeta y la claridad daba paso al anochecer más largo de mi vida. Al principio Damián estaba
pegado a una cosa lisa y brillosa y le decía mi nombre, la única palabra que yo podía entender.
No paraba de buscarme. Sus gestos eran pinceladas de desesperación, pero variaban cada vez
menos. Por primera vez tuve ganas de volver a ser la de antes, tener una vida más corta, una
rutina más chata, ver y sentir menos, seleccionar en qué poner la atención. Era por Damián,
porque no podía ver así a quien amaba. Para mí nunca habían estado tan juntos el placer y la
agonía, y prefería esta vida intensa a aquella paleta de grises. Si lograba hacerme ver por él
quizás las cosas serían distintas, pero pasaba el tiempo y él me buscaba cada vez menos. Hasta
llegué a meterme en esa superficie ahuecada llena de arena blanca, la que derramaba todas
las mañanas en el líquido marrón de aroma fuerte. No me veía aunque resaltara en el
contraste blanco. Siempre estaba pensando en otra cosa, no miraba cuando miraba, y yo
quedaba nadando en temperaturas muy altas. Un día casi me succiona, pero antes de tomar el
último sorbo me vio flotando, seguro me confundió con alguna de esas islas esponjosas que
también nadaban por ahí. Nunca se detuvo a mirarme. ¿Su lucha era una mueca para
mostrarle al mundo que me quería? ¿Tan idéntica tenía que ser a su propia proyección que no
podía verme como quién soy? La bola me había abandonado. Todo era negro y frío y
empezaba a perder fuerzas. Es verdad que había conocido otro pliegue de las cosas, había
cruzado miradas nuevas, pero esa oscuridad me trajo también una respuesta clara: un gigante
y una milimétrica estaban a años luz de encontrarse.

* * * * * *

Próximo encuentro de A R D E: viernes 17 de mayo
Lugar: Wara Wara – Martínez Rosas 973, Villa Crespo 
Horario: 20 horas (puntual)

 

Para saber más sobre A R D E:

Facebook e Instagram: arde.escritura

 

 

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