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¿Que hacías cuando te mató el Estado?
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¿Que hacías cuando te mató el Estado?

Por Pablo Hernan Velazquez

Ibas a comprar una gaseosa o solo manejabas tu auto por la calle cuando de pronto te comienzan a perseguir a los tiros. Vendes mercadería en una manta o estampitas para poner un plato de comida en la mesa cuando una “bala perdida” se roba tu vida. Usabas visera y como a un uniformado no le gustó tu rostro, eso te hace merecedor de un balazo.

Aunque parezca ficción, estas y muchas otras acciones cotidianas les costaron la vida a miles de pibas y pibes desde el retorno de la democracia –a la vida política, pero no a la institucional-, que con sus historias, sus vidas, sus trayectorias y la lucha inquebrantable de sus familias por justicia, han convertido las calles en gélidos e improvisados patíbulos donde reina la pena de muerte express.

No hay preguntas ni interrogatorio, solo balas y muerte. La brutalidad de aquellos que dicen ser los guardianes de la seguridad y de la ley, son un conglomerado de gorras que se autogobiernan, se autoregulan, y fuerzan la ley para fortalecer su caja chica y su poder.

Hay una realidad que excede toda simpatía u opinión: jamás hubo una política o una plataforma de gobierno de partidos “representativos” que contemple el abordaje del gatillo fácil, y la falta de voluntad o poca capacidad de acción de unos se agravó con la capitalización de otros para hacer de la violencia institucional una política de estado. El perro guardián es el mismo, pero con una correa más larga.

La Masacre de San Miguel del Monte: no era una linterna

Se había cumplido la primera hora del 20 de mayo, y por la Colectora 9 de Julio circulaba un auto Fiat manejado por Aníbal Suarez, un joven misionero de 24 años que hacia algunas changas para mandarle a su familia la plata del auto. Junto a él iban Gonzalo Domínguez, de 14 años; Camila López, Danilo Sansone y Rocio Guagliarello, todes de 13 años.

Al llegar a la altura de Ruta 3, un oficial que ocupaba el asiento del acompañante de un móvil de la Policía Bonaerense saco su torso por la ventanilla y comenzó a disparar en dirección al vehículo manejado por Aníbal, al que luego comenzaron a perseguir sin motivo aparente.

La desesperación del escape y el miedo de percibir que alguien te está persiguiendo a los tiros sin saber por qué, fue el ingrediente decisivo que desencadeno la brutal masacre: a la altura del kilómetro 111 de la colectora, el Fiat chocó violentamente contra el acoplado de un camión estacionado. El impacto tuvo tanta potencia que el auto se partió en dos. Las mitades del rodado quedaron separadas por una distancia de casi 50 metros.

Fallecieron todes les ocupantes del vehículo salvo Rocío, quien permanece en estado crítico y “sumamente delicado”, según el parte informado por el cuerpo médico del Hospital de Alta Complejidad “El Cruce-Néstor Kirchner”, de la localidad de Florencio Varela.

La versión policial cuenta que los efectivos respondieron a un llamado del 911 por el cual fueron en búsqueda de este auto “ya que estaría vinculado con un supuesto acto delictivo”. Y pese que adujeron solo haberles alumbrado con una linterna para identificar la patente –en una autopista con optima iluminación-, en las cámaras de seguridad del municipio se observa claramente como un oficial saca su cuerpo por la ventanilla y dispara contra el auto. Las versiones de vecines y familiares distan mucho de la de los oficiales. Aseguraron haber escuchado disparos y ya se recolectaron cuatro casquillos de proyectiles calibre nueve milímetros, como los que usa la policía, que serán cotejados con las armas de los efectivos.

Les testiges que escucharon disparos, denunciaron hostigamiento y amenazas para que no declaren sobre lo ocurrido. Al mismo tiempo, les familiares denuncian la no recolección de pruebas y la eliminación de muchas de estas.La policía tergiversa los hechos, habla de un seguimiento a un vehículo sin tiros cuando fue una persecución feroz”, comentó la abogada Dora Bernárdez, quien representa a las familias de Camila y Gonzalo.

Si bien las pericias preliminares no hallaron algún tipo de impacto de bala en los restos del vehículo, el fiscal general de La Plata, Héctor Bogliolo, confirmo que una de las víctimas fatales tenía un disparo en un glúteo. Por esta razón, la abogada Bernárdez solicitó pericias exhaustivas en dichos restos. Fueron separados de la fuerza el subcomisario Julio Franco Micucci, el capitán Rubén Alberto García y el oficial Leonardo Daniel Ecilape.

Gladys, la madre de Danilo, poco después de lo ocurrido, tuvo la visita de un policía para informarle que debía reconocer un cadáver, haciendo gala de la insensibilidad que caracteriza a la fuerza: “fíjese si no le falta alguno de sus hijos” le dijo el efectivo. Ya en el sitio donde se encontraban los cuerpos para ser reconocidos, a Gladys le dieron otra muestra del maltrato institucional cuando le dijeron: “para que tuvo tantos hijos si no puede cuidar a uno”.

El martirio y el calvario al cual son sometidas las familias y amigues de las victimas del gatillo fácil y de la violencia estatal, es un denominador común en casos que se detallarán a continuación. Una muestra muy pequeña del dolor que es capaz de generar el abuso de poder.

Luis Alberto Bolaño, nunca llegó a casa

Luis tenía 27 años, vivía con su familia en Grand Bourg, y a causa de problemas nutricionales tanto en el embarazo como en la niñez, sufría de un retraso madurativo significativo y una atrofia severa en una pierna y en un brazo con mano “en garra”.

Vendía estampitas en la estación del tren para ayudar en la economía de su familia, a la que no se sobraba nada. El 13 de marzo de 2009, fue a un campeonato de penales en un predio compartido con la granja educativa municipal Yhuhuasi, cerca de su casa.

Esa noche, el estado le puso en frente al policía Juan Pablo Rodríguez, quien trabajaba en la empresa de seguridad privada Clave Seguridad S.R.L, y recibió cinco tiros de parte del uniformado que no solo lo confundió con un ladrón, sino que además creyó que la mejor medicina era vaciarle su revolver 9 milímetros.

Era una persona muy buena que no tenía nada; amable y querido por todos, y voluntarioso con la gente” relato en una carta su madre, y lo recordó con estas palabras: “hijo mío, te fuiste y me dejaste con todo mi dolor, pero yo sé que de allá vos me cuidas y me das fuerzas para luchar. No voy a bajar los brazos nunca, mientras ese hijo de puta está trabajando. Lo va a pagar”. Quisieron hacerle creer a la justicia y a la sociedad que Luis estaba armado, a pesar de que su discapacidad le impedía empuñar un arma. Rodríguez solo fue condenado a dos años en suspenso, sin pisar una cárcel.

Yamil Alexis Malizia, solo iba a comprar una coca

Tras jugar al fútbol, iba en su moto a un kiosko por una gaseosa para compartir con sus amigos cuando cuatro patrulleros de la policía de Córdoba comenzaron a hostigarlo y perseguirlo hasta hacerlo chocar fuertemente contra un auto estacionado.

Según testigos de lo ocurrido, luego del choque, los oficiales siguieron golpeando al malherido Yamil que falleció seis días después por las graves lesiones sufridas. La justicia de la provincia mediterránea al día de hoy –a casi siete meses del hecho- continúa investigando “un accidente de tránsito”, y los asesinos de Yamil seguramente siguen hostigando pibes por las calles de Colonia Almada.

David Vivas y Javier Alarcón, como matar pajaritos

David de 21 años y Javier de 15, junto con otres chiques, volvían a Villa Luján, desde la Ribera, luego de ir a bailar. Mientras caminaban por una calle de tierra, se toparon con el capitán Alfredo Alberto Veysandaz, que salía de su turno en la comisaría 1° de Quilmes.

Veysandaz les tiró encima el coche y comenzó una discusión, que resolvió sacando su arma y disparando por la espalda a David y Javier, hiriendo también a Marcelo Luques, hermano de Javier. “Nos tiraba como si fuéramos pajaritos”, dijo luego una de les testiges que en 2013 –momento en el que ocurrió el hecho- tenía 13 años. Luego de tres años de lucha, se logró condenar al policía a 21 años de prisión, ratificado por la Corte Suprema Provincial, luego del último intento de la defensa por evitar que el asesino vaya preso.

Sonia Colman, vendía cosas para navidad

Era 23 de diciembre de 2007, y en la esquina de Valentín Gómez y Ruta 26 (Del Viso) tenía su manta, con toda su mercadería desplegada para juntar unos mangos más que sirvieran para poner alguna sidra en la mesa de nochebuena, y pedir sus buenos deseos. No tuvo ni tendrá jamás la culpa de tratar de ganarse la vida en una esquina que se convertiría en el transitorio escenario de una cacería.

Tres patrulleros perseguían a dos pibes que habían hurtado una billetera, y al no poder darles alcance, el teniente Oscar Benítez hizo uso de su escopeta, el disparo dio en el corazón de Sonia.

Cuando nos matan al ser amado, podemos quedarnos llorando en nuestras casas o salir a la calle a luchar contra el gatillo fácil y el aparato represivo del estado”, comento Antonio, esposo de Sonia.

La lucha se hizo dura, pero nunca en soledad. Finalmente lograron llevar a Benítez ante la justicia, y aunque solo recibió 8 años de prisión, para CORREPI fue perpetua porque “murió preso cuatro años después” en la Unidad Penal de Campana. Perpetua, como la injusta ausencia de los seres amados.

Gonzalo Fernández y Maximiliano Reynoso, los “suicidios” en la comisaría de Temperley

Gonzalo tenía dos hijas, una compañera, y muchos proyectos en la casa que estaban construyendo para vivir juntes, cuando el 18 de junio de 2017 a las 4:30 A.m., lo visitaron dos policías que lo llevaron a la Comisaría 3ra de Temperley por una contravención: “disturbios en la vía pública”.

Pese a ser una contravención, se lo llevaron detenido. Y pese a tratarse de una “averiguación de antecedentes” estuvo más de 14 horas preso sin motivo. Los mecanismos de intimidación de la policía son quizás la única de las “tareas” que los oficiales cumplen a la perfección.

Luego de impedirle a su compañera Verónica llevarle comida a la comisaria, le informan a la madre de Gonzalo que su hijo “fue hallado muerto en su celda”. “Se ahorco con su remera” fue la explicación que le dieron confirmándolo luego con la realización de la autopsia.

Poco después, la familia de Gonzalo se contactó con la familia de Maximiliano Reynoso, detenido por una contravención y averiguación de antecedentes que apareció muerto de la misma forma que Gonzalo, en la misma comisaria. Y eso no es lo peor. Otres vecines del barrio pudieron confirmar que, previo al fallecimiento de Maximiliano y Gonzalo, hubo más pibes que aparecieron muertos en la misma comisaría, bajo las mismas circunstancias.

Nicolás Soriano, “pibe de San Cristóbal”

Nicolás vivía en Virreyes junto a su familia, y tenía una pasión incontenible por el Club Atlético Tigre a tal punto que vendía sanguches para poder ir a la cancha a ver al equipo de sus amores, actividad que le ganó el apodo de “sanguchito”.

El 21 de diciembre de 2016, el sargento Sergio Damián Lucero le disparó en la calle Carlos Calvo a la altura de Jujuy. Luego, otros oficiales fueron a la casa de su familia para avisarles que estaba detenido y que aún no lo pidan visitar.

Pero Nicolás no estaba detenido, sino internado en terapia intensiva, en soledad, en el hospital Ramos Mejía, al que fue ingresado como NN. Deliberadamente, la fuerza –actuando corporativamente para proteger a Lucero- oculto la identidad del joven que finalmente falleció junto a su familia, la cual fue localizada por CORREPI. La “Justicia” eligió creerle al policía y a su absurda tesis de la legitima defensa para cerrar el caso y dejar impune a un tipo que aun hoy anda armado por las calles.

Enumerar los casos, además de llenar el corazón de tristeza y de bronca, plantean un interrogante que da por tierra con el discurso más extremo de gatillo fácil: ¿puedo ser le próxime?

 

Agredecimientos a Carla Sosa y Romina Torres de CORREPI, Familiares y amigos de Nicolás Soriano, Familiares y amigos de Nicolás Romero, Asociación Contra la Violencia Institucional y a Gloria Abregú.

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