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"Cómplices en la creación de una imagen" - Entrevista a Dahian Cifuentes | Revista Colibri
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«Cómplices en la creación de una imagen» – Entrevista a Dahian Cifuentes

Fotógrafe del mes – Dahian Cifuentes
Edición #74
Por Alana Rodriguez

 

Dahian Cifuentes (34) es una realizadora audiovisual colombiana, especializada en Dirección y Producción de cine. Su trabajo fue publicado por medios digitales e impresos como El espectador y Cartel urbano (Colombia), El estornudo y El toque (Cuba), Presenta (España), Polvo (Argentina), Récord (Portugal) y actualmente trabaja en la productora artística Buen ayre visual, que visibiliza iniciativas de arte y derechos humanos en Latinoamérica. 

En 2020, antes de la pandemia, realizó un viaje a México y en la ciudad de Bacalar conoció a la comunidad religiosa menonita de nombre Ejido Nuevo Salamanca. Intrigada por la cultura y hábitos de les integrantes de la comunidad, decidió investigar y llevar adelante un proyecto documental titulado Menonitas.

 

 

-¿Cómo surgió tu interés por la fotografía documental?

 Desde siempre me ha interesado el tema documental. Inicialmente, desde lo audiovisual siempre preferí la realidad por encima de la ficción, creo que es allí donde una se encuentra de frente con lo inverosímil, con aquello que no necesita ningún tipo de tratamiento porque es tan real que asombra. Con el paso del tiempo me he vinculado más a fondo con la fotografía documental, estuve en Buenos Aires haciendo una especialización en lenguajes artísticos combinados y después una diplomatura en fotografía documental. Trabajé varios años en Brandy con caramelos, una revista de cultura rock en argentina, ahí empecé a pulir y a entrenar mi ojo con varios recitales a la semana, dándole mucha prioridad a la puesta en escena de las bandas y los artistas desde un punto de vista más documental. Después con mi pareja hicimos corresponsalías para diferentes medios en varios países de la región. Él, escribiendo y yo, fotografiando. Acá empecé a trabajar temas de interés más personal como migración, derechos humanos, feminidad, entre otros. 

-Sobre la comunidad Menonita, ¿cómo te adentraste en esta comunidad? 

A la comunidad menonita la encuentro en un viaje a la península de Yucatán, Xcalak puntualmente. Un día caminando por el pueblo veo a un niño que parecía disfrazado y no era Halloween. Al día siguiente lo volví a ver y me ofreció galletas y quesos frescos, le compré y enseguida veo que lo acompañaba su madre con un atuendo particular como del siglo XIX. Pregunto y me dicen que son menonitas. Ahí empecé a investigar y a seguir sus pasos hasta que llegué a una comunidad a 20 kilómetros adentro de Bacalar, donde viven unas dos mil personas pertenecientes a la comunidad religiosa menonita. Ahí empezó mi interés por este pueblo y posteriormente decido retratarlo.

-¿Cuánto tiempo pasaste ahí, conociendo a la comunidad? ¿Hay algún momento que hayas compartido con algune de elles que te haya llamado a la reflexión, que nos quieras compartir?

Fue un reto poder fotografiar dentro de esta comunidad, la primera barrera con la que me encuentro es el idioma. Hablan muy poco español, sus lenguas son alemán u holandés, así que mi primera comunicación fue a través de señas o sonrisas. Con el paso de los días, fui estableciendo una suerte de comunicación sin palabras, directamente por medio de la fotografía. Durante un par de semanas estuve realizando visitas esporádicas a la comunidad . Los mejores momentos que encontré para fotografiar eran los días hábiles en donde los varones estaban trabajando en el campo y las mujeres, en sus casas con sus hijas y sus hijos.

Cuando estaban las mujeres con sus parejas tenía que hablar con el hombre y pedir permiso para fotografiar pero si estaban ellas solas, lo gestionaba directamente con ellas. Entonces la mejor forma de interacción con ellas se dio a partir de una cámara instantánea que llevaba conmigo. Yo les tomaba la foto y se las mostraba, ellas sonreían sin entender mucho, pero me dejaban tomar luego con la cámara digital. Entonces era un intercambio, un trueque. En pleno siglo XIX nunca se habían visto retratadas, nunca se habían observado así mismas. En los niños causaba mucha sonrisas y se peleaban por ver la fotografía. En las madres siempre mucho nerviosismo, siempre miraban a su alrededor como si pensaran que hacían algo indebido. Pero finalmente la magia de verse con sus hijos, vencía cualquier temor. Ya frente a la cámara me regalaban miradas profundas e inocentes, éramos todos cómplices en la creación de una misma imagen.

Mi interés en este trabajo era retratar intimidad, soledad, profundidad en las miradas, poder construir un cuadro, una escena perfectamente dispuesta, disponer de los espacios, de los objetos y, sobre todo, del color, para enmarcar estos retratos familiares que terminan siendo retratos más culturales.

-En las fotografías mayoritariamente se ven infancias, ¿este enfoque fue intencional? 

Sí, creo que busqué la infancia en todo momento. Esa inocencia disfrazada de gente adulta me encantó. Esos niños y niñas vestidos casi que iguales con atuendos de gente grande, coches de tracción animal, llamaban mi atención. Era como una puesta en escena perfecta en términos estéticos, además tuve la oportunidad de acceder a un par de escuelas y fue maravilloso la capacidad de los niños de sorprenderse con una foto instantánea. Es impagable esa inocencia que hay con lo tecnológico, con lo desconocido, que es imposible de encontrar en otros lugares. 

-A veces al encontrarnos con una cultura que es distinta a la que habitamos, hay prejuicios o saberes previos que adquirimos, ¿te sucedió esto al encontrarte con esta comunidad? ¿Con qué mirada llegaste y con cuál te fuiste?

El primer día llegué a la comunidad con una falda corta y nunca pensé en esto… hacía mucho calor y fue lo primero que encontré. Pasaron pocos minutos y me di cuenta que tenía que cambiar mi atuendo para desenvolverme mejor. Hay códigos dentro de cada comunidad que por más que no compartas tenés que entender para poder ingresar y ser bien recibida. Por ejemplo, en la escuela los niños entran por la puerta derecha y las niñas por la izquierda, y así mismo se disponen en el espacio. Para abordarlos hay que hablar primero con los hombres y la mujeres mayores, ya que los niños y niñas si están con ellos difícilmente te miran a los ojos. El acceso a la tecnología o a los servicios de salud prácticamente no existe o es muy limitado. La interacción con personas por fuera de la comunidad está prácticamente prohibida a menos que sea para transacciones comerciales con personas que ya están habilitadas para esto. Y así con muchas cosas que crees que no existen o que no pasan en este mundo y que están a la vuelta de la esquina envueltas por hábitos de otros tiempos, lógicas que superan cualquier intento de ficción. Esas fotos retratan ese universo que permanece como confinado y no por pandemia sino por convicciones propias milenarias. 

-De todas las fotografías que sacaste ahí, ¿cuál es la que tiene más significado para vos y por qué?

Hay un par de imágenes que tengo muy presentes, una es el retrato de tres hermanos, dos chicas y un bebé. La mirada de ellos tres pero, sobre todo, la mirada de esta hermana mayor es una mirada demasiado misteriosa, demasiado mística, demasiado profunda. Cada vez que pienso en esta comunidad tengo sus ojos ahí clavados. La otra es una imagen demasiado espontánea, fue una de las primeras que tomé y la tengo muy presente. Es el retrato de una niña que tiene un vestido de flores color morado, está completamente sola, recta y hay unos vestido colgados que se mueven por el viento, el cielo está totalmente azul y es una imagen que me parece demasiado cinematográfica. Es como si el director o la directora de arte estuviera detrás planeando cada color cada elemento. 

 

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