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David | Revista Colibri
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David

 

Por Santiago Carrillo

17 de diciembre de 2001. En la mañana que se presentaba soleada en la ciudad de Buenos Aires, David se quedó sin trabajo. Cerca del mediodía, se encontraría en una confitería con su novio, Martín, y le contaría la triste noticia que Gillete ya no precisaba sus servicios como modelo.

-Tenemos que hablar-, le dijo Martín mientras le ponía edulcorante a su lágrima en jarrito.
-¿Qué pasó?-, replicó David temiendo lo peor.

En unas pocas horas, David perdió el empleo y a su pareja. Cuando volvía a su casa -que compartía con sus padres y hermanas- en la localidad bonaerense de Merlo, recordó que dentro de una semana sería navidad y visualizó una imagen repetida en sus 22 años de vida: otro 24 de diciembre sin comida en la mesa.

David estudiaba para ser masajista deportivo y necesitaba costear los gastos. La falta de dinero lo acechaba por todas partes: no podía perder tiempo. A la mañana siguiente, hirvió agua en una pava, preparó un mate amargo y abrió el diario directamente en la sección de clasificados.

RUBRO 69: “Haceme todo lo que quieras”; “Cumplo todas tus ilusiones”.

Luego de leer las publicaciones, David sintió una fantasía que le recorría todo su cuerpo, una extraña sensación que lo invitaba a explorar el mundo de la prostitución.

-¡Quiero tener sexo y que me paguen!-, se levantó y gritó. Por suerte para él, en ese momento estaba solo en la casa. Más tarde lo visitó imprevistamente un amigo suyo de la infancia y David le contó, casi como un desahogo, su nueva intención laboral. Luego de escucharlo con atención, le pasó una dirección y le dijo que se presentara allí en nombre de “El Tarta”.

Días después, David se dirigió a una casona vieja en el barrio porteño de Constitución y tuvo una entrevista con el encargado del prostíbulo.

-Sos lindo, che-, dijo el proxeneta mientras miraba con deseo el cabello castaño oscuro de David, su cutis delicado y sus ojos almendrados llenos de tristeza y miedo.
-Gracias-, contestó David.
-Vamos a ver lo que tenés-
-¿Me saco la remera?-, replicó tímidamente.
-Sí. Sacate todo y ponete en cuatro ahí-, ordenó y señaló una cama matrimonial que parecía la cucha de un Gran Danés.

El proxeneta tuvo sexo con David dos veces aquella tarde. Él lloró desconsolado y se sentía arrepentido y humillado, pero se autoconvenció entendiendo que no tenía otra opción.

Poco a poco se fue acostumbrando al trabajo y a que el proxeneta lo penetrara todas las veces que quisiera, a medida que los días pasaban como los clientes que atendía en aquellos cuartos minúsculos donde las cucarachas se camuflaban entre la mugre y las manchas de humedad. Pero David cada vez tenía más ganas de irse y era consciente que el dinero sería el único que rompería sus cadenas.

En el gimnasio infló sus pectorales, brazos y glúteos; en la cama no guardó lujuria alguna. Las propinas empezaron a ser satisfactorias. Al poco tiempo, David logró alquilar su primer departamento, el dinero ya no era un problema y Martín quiso volver a tocarlo y besarlo, aunque también lo hicieran al menos otras cinco personas todos los días.

El trabajo independiente era diferente al prostíbulo: David trabajaba cuando quería, como quería y si quería. Una noche dejó su celular encendido a la espera de un llamado que no tardó en llegar. Al igual que al comienzo de su aventura, la curiosidad lo desafiaba y esta vez quería conocer de que se trataba el turno cuando el sol se esconde. Lo llamó un hombre con voz ronca, le pasó el domicilio y David fue en remis hasta el lugar.

Se encontró con un departamento vacío de muebles; las pocas cosas que había estaban puestas en cajas sin rotular: los libros se mezclaban con las ollas y la ropa estaba desparramada por todos lados. David pensó que se estarían mudando.

También había una mesa en la que una botella de whisky estaba apoyada al lado de una bolsita con cocaína. Un hombre gordo, que tenía en el pecho los pelos que le faltaban en la cabeza, se masturbaba en el piso, y su estimulación parecía ser la imaginación. El otro hombre, quién había abierto la puerta, vestía una bata, tenía alrededor de 50 años y le chorreaba un polvo blanco por las fosas nasales.

David tuvo sexo varias veces. Con ambos al mismo tiempo. Con uno entretanto el otro se drogaba. Con el otro mientras se seguía drogando. Esparcieron sus genitales por la cara a David, de forma grotesca y desagradable. Los hombres acabaron tres veces cada uno y siempre eligieron algún lugar del cuerpo de David para alojar el semen. Luego, fumaban un cigarrillo, llenaban su vaso con más whisky y armaban una nueva línea de cocaína.

Mientras los hombres retomaban energías, David estaba tirado en el piso. Tomaba aire y suspiraba ansiando el momento para irse de aquel perverso lugar. Estaba arrepentido nuevamente. Quería llorar, pero no podía. Pensó en asesinarlos, pero no podía. Deseaba dejar de ser un taxy boy, pero no podía. No podía elegir, porque necesitaba dinero.

 

Ilustración de Juan Paz

FB Disculpen la molestia

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