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Inglaterra para la Ciudad | Revista Colibri
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Inglaterra para la Ciudad

En todos los barrios -o en casi todos- hay enclaves que quizá no cumplen con el patrón estético de la zona; bien es sabido que se buscó establecer, en un principio, una correlación étnica entre la Ciudad de Buenos Aires y el resto del mundo: una especie de pequeña Europa levantada en la nueva tierra prometida de progreso y futuro, para no sufrir tanto el desarraigo. Así se verifica en diversos documentos históricos que datan de dicho movimiento proveniente del Viejo Continente.

Tal el caso del Barrio Inglés, que tiene como límites las avenidas Pedro Goyena y del Barco Centenera y las calles Valle (una de las más lindas del lugar) y Emilio Mitre. Son seis manzanas que trasladan al visitante ocasional a la fisonomía de algún barrio de Londres, aunque claro está, sin la mínima posibilidad de encontrar por ahí algún actor o alguna estrella de rock. ¿Se imaginarían cruzarse a David Bowie, luego de caminar unas cuantas cuadras desde la estación José María Moreno del E? Alucinante.
Este barrio está protegido por una ordenanza del Gobierno de la Ciudad que impide modificar las fachadas, edificar en altura y otras reglas, con la finalidad de que todo siga igual, al menos desde afuera. Después de todo, es una forma de preservación de la edificación autóctona y de cuidar la arquitectura original.

Un buen plan es caminar por sus calles, donde la tranquilidad campea y el tiempo parece correr más lento una tarde de sol. Si se quiere movimiento, no hace falta caminar demasiado. Hay avenidas donde la gente se mueve como en Matrix, pero en esas seis manzanas todo parece adquirir la cadencia lenta de una película europea.
La historia data del año 23, cuando el Banco El Hogar Argentino llevó a cabo el emprendimiento para facilitar el acceso a la vivienda; el director de dicha entidad financiera, Antonino Ferrari, cuenta con un pasaje en su nombre a modo de recordatorio de aquel que aseguraría la edificación de tamaño barrio. Éste -como casi todo lo Inglés- está asociado al Ferrocarril desde casi sus inicios; tal es así que los primeros habitantes eran los jefes del Ferrocarril Oeste.

El Barrio Inglés es un “bocatto di cardinale” para curiosos, buscadores de algo nuevo e incluso para estudiantes de arquitectura, fotógrafos o artistas en general. Las casas van desde un estilo Tudor hacia algo más ecléctico, pero todas tienen su atracción.
A veces los barrios se vuelven estándar -me atrevo a decir que muuuuy- con lo que respecta a sus construcciones -y también en quienes los habitan- y buscar lo distinto, las gemas o lo especial, puede ser un buen desafío. Y más cuando te topás con fenómenos que hacen la diferencia.
Tanto para el que llega casualmente perdido por alguna de las avenidas y se mete para el interior del barrio, como para el que va especialmente para salir del ruido y adentrarse en un especio diferente, el lugar es una invitación a las fotos, las caminatas descontracturadas, y (¿Por qué no?) una mateada espontánea. Está allí y a la espera de todo tipos de planes, desde hace casi ya 100 años.

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