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Techno- desierto-camino: la poética política espiritual de Sirat | Revista Colibri
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Techno- desierto-camino: la poética política espiritual de Sirat

Por Paula Colavitto

“Sirat.Trance en el desierto” (2025), la última obra del director Óliver Laxe, se presenta a la pantalla grande como una revelación mística y política. Para los ojos de este Colibrí transfeminista y con un fuerte espíritu comunitario, la película deja de ser una simple travesía por el desierto para convertirse en lo que verdaderamente es: una gran metáfora de la complejidad de la vida y su paso hacia la muerte, un tránsito que puede ser incómodo pero si es colectivo será profundamente transformador.


La disolución del relato: cuando la trama se hace polvo

Al comienzo, Sirat nos presenta lo que podría ser una historia de cine clásico. Arranca presentando un tiempo lineal, una estructura de  «camino del héroe»: un padre que llega a Marruecos con su hijo pequeño en una búsqueda desesperada por encontrar a su hija mujer, perdida en una rave. Es un gancho narrativo reconocible, sin embargo, a medida que la peli avanza en la profundidad del desierto, toda esa trama principal pareciera hacerse polvo bajo el cielo de Marruecos y su crudo horizonte dorado. Laxe se aleja de la urgencia primordial, estira los tiempos y disuelve el objetivo inicial casi por completo. ¿Por qué? Porque en el desierto, el pasado y el futuro dejan de existir, lo único importante pasa a ser el momento presente. Quizás, ¿es así cómo deberíamos vivir esta vida? 

Esta metamorfosis temporal puede desconcertar, más aún si algune expectadore entra seducide por el brillo contracultural de la fiesta electrónica y se topa con una crudeza tan incómoda que obliga, en muchos casos, a apartar la mirada. 

En una primera reflexión, la obra puede generar mucha amargura; es una película de digestión lenta donde la ficha de su potencia metafórica y simbólica cae recién cuando se la mastica en el silencio. Bajo la dirección de Laxe y una impecable dirección de fotografía -que convierte la luz del desierto en una presencia física agobiante-, el film se consolida también como una obra política: fiestas techno en el medio de la nada, la utopía del nuevo mundo, la disputa del sentido común occidental sobre el paso de la vida a la muerte, la comunidad como base de resistencia y supervivencia, el volar por los aires (¿literal?) ataduras y miedos.A nivel industria audiovisual, la historia no solo rompe con la estructura clásica del cine, sino que a su vez a nivel producción, trabaja con no actores y verdaderos ravers.



Yo vine por el techno

Frente a la desolación y las lógicas individualistas del sistema capitalista que nos enferma, mutila, desaparece y aísla, la película planta bandera roja y negra con la comunidad raver y la música techno. En Sirat, la música electrónica y el baile no son formas de mero entretenimiento o  consumo; se configuran como un ritual pagano moderno, una auténtica herramienta de resistencia colectiva y un arte transformador capaz de alterar la concienci

Las raves simbolizan la creación de un oasis efímero en medio de la hostilidad del mundo, levantan enormes paredes de parlantes que desafían la inmensidad de las montañas y se plantan con la soberanía política de sus propios cuerpos. Son lo que el escritor Hakim Bey definió como las “Zonas Temporalmente Autónomas (TAZ)”: espacios libres y transitorios donde las leyes del mercado y del Estado se suspenden y sustituyen por la colectividad y el trance.

El techno aquí es pura fuerza de resistencia: un lenguaje sin palabras donde los cuerpos rotos se sintonizan en una misma frecuencia para soportar el peso de la existencia, bailar en la arena, armar red en los márgenes y sostenerse mutuamente.  

El desierto como espejo y como campo de batalla: aquí todos somos un solo cuerpo

En la tradición islámica, el Sirat es ese puente finísimo que cada alma debe cruzar después de la muerte. En la peli, ese puente es el desierto: la alegoría de la vida misma, lo desconocido, las amenazas del capitalismo y el peligro en los márgenes.

En este transitar, los personajes funcionan como fragmentos de un espejo roto: todos conforman a un solo ser, una sola humanidad doliente donde cada quién carga su historia, sus traumas y sus roturas físicas o espirituales. 

La película misma se va rompiendo cada vez más, espejando a sus propios personajes fracturados. Pero es justamente en esa rotura donde encuentra mayor profundidad. Porque al final nos habla de la vida misma y de nuestro tránsito por ella. De esta vida en la tierra y de cómo la tierra es el polvo, y mucho polvo es el que habita ese desierto: ese escenario feroz y descarnado donde nos descubrimos rotes pero juntes, al fin.

 

El despojo del equipaje y el desapego del dolor

A medida que el territorio pide sacrificio, todas las cargas se van quedando en el camino. Al final, cuando ya no quedan casas rodantes, autos, ni caparazones materiales, los personajes se quedan descalzos, con una sola mochila a cuestas. Es la metáfora perfecta del paso por la tierra: nacemos del polvo, nos vamos cargando, alienando, enfermando, rompiendo y al final, todes nos vamos despojando de todo lo accesorio para partir lo mas livianes posibles. Cada quien hace lo que puede con la valija de su pasado, sus materiales y sus dolores.

Este aprendizaje del desapego se vuelve desgarrador con la muerte del niño en la trama. Nadie va a buscar su cuerpo. En esa frialdad aparente reside un potencial poético brutal: la necesidad de aprender a vivir con el dolor, de soltar lo que ya se fue y, en un sentido simbólico, cómo el padre para poder sobrevivir entre semejante crudeza, se ve obligado a dejar morir a su niño.  

Pero quizás la clave de la supervivencia del  protagonista se da cuando los demás personajes, asombrados, le preguntan cómo logra cruzar el terreno minado sin explotar y él responde con simpleza y honestidad: «No lo pensé, simplemente pasé». Una declaración de principios vital: ir hacia la vida, avanzar el cuerpo a través del peligro sin el freno del sobre-análisis, a pesar de que la existencia a veces nos cague a palos.

El último plano: el camino único

El cierre de Sirat es, a mi parecer, el plano más importante de la película. Ese plano final del camino que avanza de manera rectilínea condensa toda la mística del film. Nos dice que no importan las vueltas, los desvíos, los traumas o los laberintos que des en tu biografía: al final del día, solo hay un único camino donde nos cruzamos todes. En el caso de la peli, en esa especie de camión donde todes se encuentran al final, les ravers, el padre de familia, les viajeres y la gente local…Es la continuidad eterna: la búsqueda de dios, en el amor, en le otre, el dios en el techno, el dios en el trance, el dios en el goce colectivo. Lo que entiendas por dios… 

PLUS + Recomendación lectora


Si la propuesta estética y simbólica de Sirat te conmovió, vas a hacer match con la novela “Chamanes eléctricos en la fiesta del sol”, de la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda. El libro comparte ese mismo mood: la crudeza de la realidad y la pulsión de la música electrónica como un trance místico y un espacio de resistencia comunitaria. Sin embargo, Ojeda traslada su historia a los Andes, aportando una mirada profundamente latinoamericana, donde el mito ancestral, el polvo andino y la herencia indígena se funden con los sintetizadores modernos. Es la continuación perfecta para seguir profundizando en la temática, la música como potencia y refugio frente a la violencia del mundo.


M
ás contenidos de la autora
«Todos los hongos son magicos» – Entrevista a Sole Barruti
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