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Un grito de libertad | Revista Colibri
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Un grito de libertad

 

Por Santiago Carrillo

Los trabajadores del Zoológico de Buenos Aires protagonizaran un paro de actividades el próximo viernes 23 de octubre en reclamo de mejores condiciones laborales y por la reconversión de la institución. Esto sucede en el marco de un pedido que no fue atendido ni siquiera ante la primera huelga en la historia de la entidad, ocurrida en septiembre pasado.

Un elefante en su hábitat natural puede llegar a ingerir hasta 300 kilos de pasto por día. Sin embargo, Cuki que vive en el Zoológico de Buenos Aires desde que puede acordarse, tiene una dieta balanceada: Martín se encarga de proporcionarle un fardo de 45 kilos, bananas, manzanas y una mezcla balanceada con miel que llega a los 80 kilos. Racionaliza el alimento en dos tandas y cada vez que entra a su hábitat la abraza, la mira y ve en sus ojos tristes la desolación de la pereza y el encierro.

Más tarde, a última hora, cuando se dirige a las jaulas de los felinos, pasa por donde están las suricatas y las observa con nostalgia porque no paran de correr dentro de una pequeña caja de vidrio en búsqueda de la fuga. Al tigre le brinda los 10 kilos de carne, y lo hace al final del día porque sino se le complicaría encerrarlo durante la noche.

Cuando vuelve a su casa medita sobre el pésimo estado del Zoológico y piensa que no puede seguir de esa manera. Son muchos los compañeros que creen lo mismo y que además de sufrir viendo la vida que llevan los animales en cautiverio, también padecen condicionales laborales deplorables. Por eso, los trabajadores decidieron organizarse y el último 4 de septiembre protagonizaron un hecho sin precedentes: el primer paro de los trabajadores del Zoológico, desde su inauguración el 11 de noviembre de 1875.

Martín (quien nombraremos así para preservar su identidad) trabaja hace 18 años en el Zoológico y hace 15 que es cuidador de animales. Es uno de los delegados internos del Sindicato Único de Trabajadores del Estado de la Ciudad de Buenos Aires (Sutecba) y en diálogo con Colibrí explicó los motivos que desataron el conflicto.

“Hasta el año 1993 la dirección era municipal, pero después se privatizó y comenzaron todos los problemas”, dijo Martín en referencia a la concesión empresarial que se hizo en aquel momento. En el ‘99, cuando la era neoliberal estaba por explotar, la situación estaba “complicada” con respecto a los salarios. Por ello, los trabajadores comenzaron a formar asambleas para exigir sus derechos y luego, en 2008, volvieron a ser apoyados por Sutecba.

Además, Jardín Zoológico S.A. no entregaba la indumentaria y herramientas básicas para trabajar. “Estuvimos un año cumpliendo las tareas con zapatillas y pantalones nuestros”, cuando el convenio dicta que la empresa debe entregar dos pares por año.

En este sentido, Martín explicó la importancia del equipo apropiado: hay veces que los animales deben ser atendidos por veterinarios y para ello deben ser “capturados”. En esta tarea que conlleva un esfuerzo físico, es muy probable sufrir una lesión como una torcedura de tobillo, en el mejor de los casos.

Y fue una crónica con final anunciado. Muchos de los trabajadores se lastimaron mientras cumplían sus tareas, y la empresa, por su parte, aplicó el hostigamiento. Cuando el empleado presentaba el certificado médico, el patrón no le creía que el accidente había sucedido en el establecimiento laboral. Tal es así, que el año pasado hubo alrededor de 100 despidos en el Zoológico, entre todos los departamentos.

Los delegados aseguraron que en cuanto avanzaban en el diálogo con el Director del Zoológico, los accionistas lo cambiaban por uno nuevo y así terminaban estancados los reclamos. Entonces, al no encontrar acuerdo se dirigieron a la Subsecretaría de Trabajo, en 2011.

La otra rama del reclamo es la mejora del Zoológico como institución, que radica en la preocupación de los edificios históricos y la situación de vida de los animales que, sin dejar de ser complicada, tienen asegurados agua, comida y cuidado.

Los primates están en una antigua jaula de aves, lo que es un espacio muy reducido para su naturaleza; el rinoceronte tiene el brete lleno de piedras por falta de relleno, y por cada paso que efectúa se lastima, al igual que el elefante que tiene su ínfimo hábitat lleno de pozos y grietas. “Todos los animales necesitan un mínimo de metros cuadrados, que en estos casos son deprimentes”, dijo Martín. “No la están pasando nada bien”, remató.

Los delegados consideraron que hay una falta de inversión por parte de la empresa, quienes, además de negarse a una entrevista, se justificaron diciendo que no disponen del dinero. Sin embargo, el Director General de Concesiones de la Ciudad, Gabriel Asterloa, aprobó un presupuesto por casi 5 millones y medio de pesos para remodelar el acceso por Plaza Italia, en junio pasado. La obra la realizará la firma Rol Ingeniería S.A.

Los trabajadores, que no se sorprendieron al conocer la noticia de que el dinero iba a ser utilizado para la estética, contaron un hecho de corrupción en una de las obras dentro del Jardín Zoológico. Se trata del proyecto de la granja, en el cual se enviaron dos presupuestos para su construcción: uno caro y otro barato, que se diferenciaba por la calidad de las maderas. “Se aprobó el proyecto con la financiación más costosa, pero se hizo con el 80 por ciento de materiales reciclados”, afirmó Martín.

Por otro lado, Ricardo Bruno, veterinario y especialista en comportamiento animal, que se desarrolló en la Sociedad Protectora de Animales de Alemania, explicó que en Sudamérica no hay ningún tipo de formación profesional para el cuidado de animales. Martín estuvo de acuerdo y contó un episodio en el que fue protagonista y casi lo lleva a la muerte.

Sucedió hace varios años, cuando Martín tenía una relación similar a la de un padre con un hijo con “Cuki”, la elefanta. La falta de conocimiento lo llevó a pensar que él era quien mandaba, hasta que una noche le tocó alimentarla, junto a su compañera de jaula, “Pupi”.

Era una tarea habitual. Le ponían el alimento por separado y cuando se acercaban a comer las ataban. Primero fue el turno de Pupi; pero Cuki, que era la hembra alfa, se acercó para comer y así demostrar dominio. Martín se ofuscó y le ordenó como siempre a los gritos que se retirara.

Pero Cuki estaba en un período de celo y lo atacó con su trompa mientras intentaba aplastarlo con sus 7 mil kilos; Martín, se defendió como pudo hasta que para su suerte se escapó por unas rejas de protección en las que cabía su cuerpo.

Luego de comprender el error de que el animal en realidad tolera al humano para que sea parte de su manada, Martín junto a sus compañeros comenzaron a formarse por su cuenta para tener otro trato con los animales, gracias a personas que “les abrieron los ojos” y sin ningún apoyo de la institución.

Actualmente, los trabajos se realizan a partir de “un refuerzo positivo del condicionamiento y con la construcción de un vínculo”. Por ejemplo, a la jirafa hay que limarle las pezuñas por un fin veterinario, y entonces se le enseña a levantar la pata a partir de un premio, que puede ser comida. “No hay necesidad de pegarle ni generarle un estrés al animal”, sentenció Martín.

Los animales que se encuentran en cautiverio padecen un trastorno psicoide, conocido como zoocosis. Ricardo Bruno explicó que se trata de síndromes compulsivos debido a un ambiente empobrecido y al encierro. Los síntomas son la auto-mutilación, atrofia sexual, anorexia y comportamientos obsesivos, como sacudir la cabeza constantemente.

Por este motivo y en sintonía con una tendencia de modernización mundial que pregona el cierre de los zoológicos, en la Legislatura porteña se está tratando un proyecto de ley para la reconversión de la institución. En 2010 se venció la concesión empresarial, pero un decreto del Poder Ejecutivo firmado por Mauricio Macri y evadiendo las leyes vigentes, estableció una renovación que vence el año próximo.

La organización SinZoo, que hace varios años tiene un fuerte activismo en el cierre del jardín, redactó un plan que fue tomado por el diputado por el Partido Socialista Auténtico, Adrián Camps, que se está tratando en comisión junto al presentado por su colega de Suma+, Hernán Rossi, por la similitud que tienen.

En diálogo con Colibrí, Camps explicó que la iniciativa pretende a mediano-largo plazo reconvertir al Zoológico en un centro ecológico, principalmente de especies en peligro de extinción y los autóctonos, además de un paseo público con fines educativos que no esté basado en la exhibición de los animales.

Se establecería un centro de investigación para la recuperación de la fauna silvestre que se rescate del tráfico y, luego, readaptarlos en la naturaleza. “El zoológico es una antigüedad, un resabio de la era victoriana, que en la era actual no tiene ningún sentido”, dijo Camps.

A su vez, el diputado contó que hay una propuesta desde el macrismo, llamada “zooverde”, que pretende desprenderse de las especies exóticas y no profundizaría en la práctica de la conservación y cuidado de animales.

De todos modos, tampoco es una tarea sencilla. Martín explicó que, por ejemplo, en cuanto al elefante, son pocas las reservas que están en condiciones de recibirlo. Si hay suerte, el transporte también es complicado porque se le genera estrés por un viaje dentro de una caja que puede durar dos días. Por ello, una opción es que terminen su ciclo biológico dentro del zoológico.

Camps, explicó que el proyecto de ley contempla a los actuales trabajadores del zoológico y que no corren riesgo en sus puestos. Los delegados, por su parte, creyeron que deben ser parte de la reconversión porque ellos son quienes los vienen cuidando hace años y que “no va a haber otra gente que lo haga mejor”.

 

 

 

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