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LITERATURA | Recuento | Revista Colibri
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LITERATURA | Recuento

Por Charo Zeballos

Como todas las mañanas formaban fila hombro con hombro para el recuento.
Lo único que se les permitía decir era su número, un vulgar número al que habían sido reducidos. Luego debían volver al silencio, el más profundo y funerario silencio

***

Léntamente subís la mirada. Él está frente a tus ojos, con ese rostro tan familiarmente extraño. Sentís la necesidad inminente de que las palabras opresoras salgan y te liberen. La verdad recorre tu cuerpo, se apodera de tu mente y se detiene en tu garganta. 

Tu rostro en mueca delatora se congela en el momento que vas a hablar. Hay polvo en tu garganta

***

Él, el que todolové y al que muy poco se le escapa, daba las órdenes precisas para comenzar con el protocolo. Acomodó su gorra y se subió el pantalón tomándolo por la hebilla. Llamó al oficial primero: «Asegúrese de que todo esté en órden, de acá nadasale«. Ambos asintieron. 

La seguridad en las puertas estaba alerta, como siempre. 

***

Lo sabés, y en cierta forma él lo sabe. Sigue conservando la inocencia de antaño. Los silencios añejados nunca maduran, se quedan perpetuamente en ese instante en el que decidís callar. 

Lo mirás soplar las velas de la torta por trigesimosexta vez. 

***

Uno tras otro comenzaron a decir su número. Empezó el uno y calló, le siguió el dos  y calló. Sucesivamente tuvieron su momento de pronunciar la única palabra que se les permitía. La hilera  era respetada, hasta que en un momento hubo un silencio…

***

Te acercás y lo abrazás. Él te mira y la sensación opresora en tu garganta se extiende y carcome tu pecho. Respirás con dificultad. 

Te sigue mirando y te sonríe. Falsamente le devolvés la mueca y lo soltás. 

***

El oficial primero miró al segundo, el segundo miró al tercero, el tercero al cuarto y por fin el último miró al que todolové. Sus ojos estaban ensangrentados de ira. El último no soportó. apartó la mirada y la dirigió a su antecesor. “Comiencen nuevamente el recuento», ordenó.

***

Una pelea interna se da en tu cuerpo, la opresión parece querer recuperar terreno, volver a la normalidad. Mitigar aquel desacato de la verdad queriendo salir a la luz. 

No soportás esa mueca y ya no podés sostener ese esbozo de sonrisa. Endurecés tu cara y bajás la mirada. Contemplás tus pies. 

***

Uno a uno comenzaron a repetir su número. Repitió el uno y calló, le siguió el dos y calló. Pudieron repetir la única palabra que se les permitía. La hilera fue nuevamente respetada, hasta que en un momento se repitió el silencio…

***

Tus zapatos son marrones, el color es desparejo y tus suelas cargan barro seco. La luz tenue entra por la ventana de tu casa, que sigue oscura esperando que se prendan nuevamente las velas de cumpleaños. Pensás que solo vos estás iluminado, pero apartás la mirada de tus pies y descubrís que también él lo está. 

***

Las miradas recayeron sobre la seguridad en las puertas donde nadasale y muy poco se escapa. Los oficiales miraban estupefactos  el cartel de Neón luminoso que permanecía arriba. 

***

Lo mirás nuevamente, su mirada apunta al piso. Apretás los puños, inspirás como si no hubieras recibido oxígeno por minutos. Inundás tu nariz, tu garganta, tus pulmones y tu sangre de ese nuevo aire. 

Despejás el polvo. 

***

El oficial primero, el segundo y el tercero no podían apartar los ojos de aquel verduzco destello que en Neón rezaba «114». 

Al fondo sonó el grito de él, el que todolové y al que muy poco se le escapa. 

«Recuento», anunció.

* Este texto se escribió en agosto del 2014, mes en el se encontró al nieto 114, Guido Montoya Carlotto.

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