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Relatos del #28S: "Estoy embarazada y quiero abortar" | Revista Colibri
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Relatos del #28S: «Estoy embarazada y quiero abortar»

Por Tamara Grinberg

Era 10 ó 12 de septiembre de 2012, estaba dando clases, específicamente, participaba del acto por el Día del Maestro. Un acto chiquito, en la escuela Nº22 de Gral. San Martín.
Me puse a llorar. Por un segundo, se detuvo el mundo y quedé sola frente a la certeza de que estaba embarazada. No quiero ser madre. Salí de la escuela, fui hasta la farmacia de la esquina y me compré un test de embarazo.
Llegué a casa, me metí en el baño y las dos rayitas no tardaron más de un minuto en aparecer. ¿Qué hago? No quiero ser madre, quiero seguir estudiando, quiero viajar. No puedo cuidar una planta, ni siquiera un cactus que necesita poco riego.
Crucé en frente de casa, donde vive quien había sido mi pediatra, le toqué timbre y le dije: Necesito hablar con vos urgente. Me atendió en su consultorio. Nos sentamos. Lo miré y le dije estoy embarazada y quiero abortar. Tenía 24 años, ya no estaba para pediatra, pero se ve que sí, para que me digan que hacer con mi cuerpo. Acto seguido, me dijo: «Tamara, pensalo bien, hay mujeres que quedan muy mal después de hacer esto». El corazón se me estrujó, le dije: «Yo sé lo que quiero, ayudame». 

Como condición, me dijo que debía contarle a mis papas e ir al médico para saber de cuánto y cómo estaba. Salí, caminé tres cuadras completamente aturdida, crucé la estación y fui a los consultorios médicos de mi obra social. Le dije a la recepcionista que necesitaba ver a un ginecólogo. Me hizo esperar un ratito y una doctora abrió una puerta, «Grinberg», dijo y se me paró el corazón. Caminé hacia ella, me abrió paso y antes de tomar posición en su escritorio me preguntó qué me andaba pasando. Yo, haciendo el ademán de sentarme, le dije: «Estoy embarazada y quiero abortar».  Se levantó de su silla, dio vuelta a su escritorio y me dijo: «Yo no hago esas cosas, si querés hacer eso te confundiste de lugar». Me abrió la puerta y salí. 

Lloré afuera, ahora tenía más problemas que hace una hora atrás. Quería abortar y había un mundo que iba a juzgarme por hacerlo por más segura que yo me presente.
Decidí llamar a un amigo, en ese momento, él era estudiante de medicina, le dije: Estoy embarazada y quiero abortar. Me contestó «Por la tarde voy a tu casa, no te angusties, hay maneras». Le hice caso, me fui a trabajar.  Le conté a mis amigas, a mis papás y a mi hermano.  Ninguno juzgó mi decisión, ninguno me preguntó de quién era, qué había hecho. Nadie me dijo, «¿estás segura?, ¿lo pensaste bien?». Tuve la suerte de tener una mamá y un papá que me respetaban, respetaban que era mi cuerpo y mi decisión. Recibí amor, afecto y comprensión. Pero todavía faltaba mucho.

Puse la pava, llegó Mariano con un libro: “Todo lo que querés saber sobre cómo hacerse un aborto con pastillas”. Hablamos mucho, le conté todo. Me dijo: «Leelo, además de las cuestiones médicas, el libro explica todo lo relacionado con la ilegalidad». Me tomó dos o tres horas hacerlo, debía conseguir las pastillas. Era imposible conseguir una receta de un médico, imposible que te las vendieran sin receta. Mi desesperación iba en aumento. Dos días después seguía sin conseguirlas, moví todos los contactos que pudieran ayudarme.  Finalmente, en una farmacia perdida de Camino Negro, el padre de un amigo las consiguió. 800 pesos, que serían dos lucas de hoy. 

El 16 de septiembre de 2012 Maravilla Martínez le arrebataba el título mundial a Chávez en Las Vegas y yo practicaba un aborto con Misoprostol en mi casa junto a cuatro amigos.  No funcionó. Me dolió un poco la panza y nada más. Ni pérdidas, ni sangrado. En el libro decía: «Una vez hecho el procedimiento, tenés que ir al hospital y que realicen los estudios necesarios para saber si todo salió bien. Andá sola», decía, «el acompañante es cómplice del delito». Tenía que ir sola.

Entré a la guardia de la Corporación Médica de San Martín, dije a la chica que me atendió: Intenté un aborto con Misoprostol, quiero ver a un ginecólogo. Me dieron un número y me senté a esperar. Dijeron mi apellido otra vez, «Grinberg». Entré al consultorio y le conté a una doctora como fué. No me habló. Extendió dos o tres órdenes de estudios y me explicó dónde ir. Tampoco me revisó. El tipo que me hizo la ecografía me dijo: «Es un bebé fuerte, mira lo que bancó», mientras pasaba el aparato por mi abdomen. «Tiene dos centímetros y un mes y una semana». 

Dos de mis amigas y mi hermano me esperaban afuera. Había vuelto a donde empecé.

Conseguí otro contacto en el Hospital de Virreyes. Fui. Me acompañó mi mamá. Esperé un montón y, finalmente, escuché otra vez, «Grinberg». Entré al consultorio y un médico me esperaba sentado en su escritorio. «Estoy embarazada y quiero abortar». Me preguntó si estudiaba, sí, le dije, estoy haciendo la Licenciatura en Artes. «¿Vivís sola? dijo». Sí. Siguió: «¿Trabajas?». Sí doy clases, soy Docente de Artes Visuales. Y su conclusión fue: «Pareces una chica bien, no una negra villera». Se me llenaron los ojos de lágrimas, mi suerte era mucha. Sabía lo que quería y estaba muy bien acompañada por mis amigos y mi familia. Pero las pibas estaban solas y cruzándose con fachos como estos. 

Ya no recuerdo las palabras que utilicé pero le dije, «me parece terrible lo que decís y mi cuerpo es mi decisión». Me fui.  Mi mamá me abrazó en la puerta del Hospital y me compró un alfajor. «Ya vamos a solucionar esto, no te calientes», me dijo.  De hecho, fue ella quién consiguió el contacto para realizarme un aborto inducido.  La consulta era con un obstetra, fui con mi papá y mi mamá. Entramos los tres al consultorio. Le mostré la ecografía y le dije «quiero abortar». Me dijo: «¿Estás segura?» Sí. Me revisó y me dio fecha para el 1 de octubre de 2012 en un  sanatorio privado. Me contó cómo iba a ser el procedimiento y el costo del mismo: 7.000 pesos (Hoy, unos 30 mil pesos). La plata me la dió mi hermano. Mis papás me acompañaron. A las 17 horas empezó todo y a las 19 horas, ya estaba volviendo a casa. Cenamos con mis viejos y unos cuantos amigos, les conté de la anestesia y cómo fue mi despertar.

 

Pude decidir lo que quería para mi vida.

Pude verbalizar.

Pude confiar en mi familia y amigos.

Pude pagarlo.

Tuve suerte. 

Puedo decir que mi militancia feminista empezó en ese momento. Fue paulatina, claro. Pero fue a partir de visibilizar a miles y miles de pibes soles. Sufriendo, llorando y con miedo. Nosotres y nuestres cuerpes violentades por un sistema opresor, que anula la posibilidad de elegir y decidir cuándo ser madre. 

Ya pasaron seis años de esto y es la primera vez que puedo escribirlo. Si bien jamás me arrepentí y siempre lo conté cuando me sentí cómoda, el peso negativo de haber hecho algo que todo el mundo hace, pero mira mal, me ponía en un lugar oscuro. Un “Si supieran lo que hice”.  Cuando lo cuento, siempre es en lugares donde creo que podrían generar empatía o donde un testimonio como el mío podría sumar a la reflexión. He recibido abrazos y mimos y también me han dicho asesina y cobarde. Hoy siento una fuerza inmensa que brota de la sororidad, del poder de estar juntes, del amor y de la lucha. Sobre todo de la lucha. También nace de la mirada de les pibes en las primeras marchas de Ni Una Menos, de les chiques poniéndose glitter verde en los primeros pañuelazos, de cada martes en el Congreso bancando la parada y por su puesto de la gran vigilia por la media sanción en Diputados. 

Miro las fotos y me veo en cada une de las pibes, yo soy elles.

Está es mi historia de aborto de feminista y de fotógrafa. 

Esta soy yo. 

Tamara Cecilia Grinberg (junio 2018)

 

guarda
Celeste Lambert también nos cuenta sobre su experiencia abortando, aquí
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